Colombia y la banalidad del mal

Parece que acá hemos normalizado y hasta justificado hechos que deberían ser rechazados por sus dañinas consecuencias

Por: Fabian A. Fonseca C.
junio 30, 2020
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Colombia y la banalidad del mal
Foto: Pixabay

"Es muy común escuchar decir frases como: ojalá se muera, por eso les pasa lo que les pasa, o por algo sería que lo mataron, estas dando a entender esa naturalización y conciencia violenta que ya vilmente adoptamos como nuestra, como costumbre de vida, como impronta de nuestra realidad y como justificante y argumento de las malas actuaciones y prácticas que realizamos".

La anterior cita es tomada del capítulo titulado El país de la conciencia violenta del libro Manual de funciones para ser un "buen" colombiano (2019), una obra que refleja aquellas dañinas y negativas prácticas asociadas al colombiano, que de una u otra manera llevan a la sociedad a su propia decadencia.

Pues bien, precisamente ese capítulo (El país de la conciencia violenta) me lleva a repensar y a poner en contexto de nuestra dura e innegable realidad ese hecho aberrante, desolador y muestra de la sociedad enferma la en que estamos. Me estoy refiriendo a la noticia de la violación de una niña indígena a manos de siete militares activos del Ejército Nacional.

Este vergonzante y desgarrador hecho ha dejado ver aún más la decadencia en la que hemos llegado, donde hasta los que supuestamente nos deberían proteger resultan siendo nuestros verdugos y perpetuadores. Además, muestra ampliamente esas debilidades que tenemos como pueblo y sociedad, dejando entrever esa realidad que ya sabemos, pero que a como dé lugar tratamos de ocultar o negar más de tres veces.

Realidades innegables como que somos un país que gracias a sus desigualdades es más propenso a que nuestros niños sean más vulnerables, que gracias al abuso del poder muchos se creen con el valor de cometer delitos e infringir las leyes, que gracias a las injusticias de su sistema unos ven en la trampa su mayor oportunidad, que gracias la amnesia generalizada y el borrón y cuenta nueva todo se queda en la impunidad, y que gracias al fanatismo de muchos la verdad queda obnubilada por la negación.

Sin embargo, creo que uno de esos otros males que posa junto a usted y yo en este momento, y que ha sido también causante de nuestras desgracias como pueblo, que está acompañado del fanatismo, de la ignorancia, la trivialidad, de la barbarie y de nuestras palabras, es eso que Hannah Arendt llamaba en su obra Eichmann en Jerusalén (1963) como la "banalidad del mal"; esta entendida como la normalización de un hecho que debería ser repudiable o rechazado por la humanidad por sus dañinas consecuencias, pero que es aceptado, ejecutado, aceptado y justificado por quien o quienes los cometen o pregonan.

Es preciso que Colombia ha llevado y tildado a hechos tan aberrantes como el de las violaciones, el bombardeo a niños en un supuesto campamento guerrillero, el asesinato de jóvenes a manos del Ejército (falsos positivos), entre otros, como daños colaterales, como trampas de la oposición, como mentiras y conspiraciones de unos que quieren destrozar la institucionalidad, el Estado y sus estúpidos y someros sistemas, esos que en sí se parecen al sistema creado para hacer y no pensar, para cumplir y obedecer, es decir, la banalidad del mal. Esa que se jacta de la conciencia de un país violento, con conciencia violenta, que justifica los actos violentos y desalmados de unos, que niega desde su fanatismo la innegable y dura realidad, esa que hace que hasta los miembros de una secta y banda duden de la veracidad de los hechos, así como una sectaria senadora negaba dudosamente del hecho cometido por los siete militares.

Cabe repensarnos como sociedad si esa banalidad del mal ya está en las entrañas de un país que ve día tras día cómo sus realidades brotan más podridamente del fondo de su oscuro pasado, de sus malas decisiones, de sus abismal corrupción, de sus pecados como pueblo, de esos pecados que hacen que muchos sigan avivando los fantasmas de un país con conciencia violenta, es decir un país donde la maldad se banalizó o se naturalizó.

"Esa naturalización de la violencia ha formado una conciencia violenta, cargada y emanada de odios y rencores que se pueden evidenciar de manera recurrente en el lenguaje y praxis de muchos que vociferan a esta como una instancia justa y necesaria, sabiendo que es esa la que nos ha traído el descalabro como nación".

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