Colombia: el país del odio

"Nuestros odios no parecen limitarse al terreno de la política. Odiamos al equipo de fútbol rival. Algunos incluso han sido capaces de matar"

Por: David Sáenz Guerrero
julio 05, 2017
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Colombia: el país del odio

Llama la atención que los colombianos nos ufanemos de nuestra felicidad y nuestra solidaridad. En el imaginario que tenemos de nosotros mismos se resalta que somos alegres, divertidos, chistosos, colaboradores y piadosos. Creemos que todo esto nos une y, no obstante, nuestro cordón umbilical pareciera ser el odio.

En este momento odiamos a Uribe u odiamos a Santos. Este odio nos ha nublado el entendimiento. Por un lado, quienes odian a Santos no han logrado comprender la trascendencia del acuerdo de paz y la dejación de las armas por parte de la guerrilla más antigua de América Latina. Por otro lado, quienes odian a Uribe se creen mejor educados que los otros y han creado una cierta clase social en la que, para ser admitido, hay que vociferar el odio a este caudillo.

Ahora bien, nuestros odios no parecen limitarse al terreno de la política. Odiamos al equipo de fútbol rival. Algunos incluso han sido capaces de matar a una persona por llevar puesta una camiseta de un equipo contrario. Y, como si fuera poco, en la época de Pablo Escobar, se mataban árbitros y jugadores de fútbol para demostrar que el odio es más grande que el mismo sentimiento de goce que produce el fútbol.

También nos une el odio a la educación. Estudiamos porque nos toca. No leemos porque nos parece aburrido y tedioso. Solamente queremos aprender aquello que se traduce en renta. Por consiguiente, no nos damos cuenta de que la educación nos prepara para entender la complejidad del significado de vivir con el otro y así mismo nos proporciona las herramientas necesarias para ser ciudadanos activos de la democracia.

Por otra parte, tácitamente odiamos a los homosexuales, al punto de hacer más debate sobre la adopción o el matrimonio entre parejas del mismo sexo, que indignarnos y protestar por situaciones realmente infames, así como la corrupción de las instituciones del Estado. Sin ir más lejos: hasta el fiscal anticorrupción es un corrupto. Esto parece un chiste o una broma que infortunadamente se está convirtiendo en parte de la cotidianidad colombiana.

Aparte de esto, odiamos a quienes se atreven a “blasfemar” en contra de la religión o el culto que profesemos. Si somos católicos, detestamos si un evangélico habla mal de la Virgen o si un ateo se atreve a cuestionar los dogmas del credo. Y si somos evangélicos odiamos a quienes tienen relaciones sexuales antes del matrimonio o se emborrachan de vez en cuando, o a quienes adoran imágenes, y por supuesto, a quienes no escuchan atentamente las largas charlas sobre la Biblia.

En fin, son tantas cosas por las que el odio nos une que podríamos cambiar una expresión de nuestro Himno Nacional y, en vez de cantar “júbilo inmortal” podríamos entonar “odio inmortal”. Pero esto ya sería demasiado, sería más preciso cambiar nuestras actitudes de odio. Concretamente, conversar pacíficamente con un opositor político, o sentarnos en la gradería del estadio junto a una persona que tiene una camiseta distinta a la del equipo predilecto. También podríamos empezar a leer un libro mensualmente y así estudiar para encontrar una guía en el ejercicio de la ciudadanía. También podríamos reconocer que la homosexualidad es una de tantas maneras de ser y que ninguno debería imponerle a un ser humano a quien amar o a quien no. Igualmente, aceptaríamos que Colombia, desde la Constitución de 1991, es un Estado laico y que, por ende, es urgente respetar y no imponer las creencias propias. Por último, podríamos incluso llegar a comentar este escrito o tantos otros sin emplear palabras soeces y denigrantes a las opiniones diferentes.

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