¿Colombia le niega la verdad a sus víctimas?

Negar hitos históricos como la existencia del conflicto armado repercute en la búsqueda de la verdad y en el reconocimiento de víctimas y victimarios

Por: LEGUIS ANTONIO GOMEZ CASTANO
febrero 13, 2020
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¿Colombia le niega la verdad a sus víctimas?
Foto: Mesa Nacional de Victimas

Negar la existencia de algo, no supone borrarlo de la realidad, pero sí que afecta sus dimensiones y dificulta su total comprensión. Sin embargo, en estos ires y venires de la historia, que, dicho sea de paso, es narrada por quienes han ganado las disputas sociales sobre género, etnia, clase y origen, los hechos desaparecen como por arte de birlibirloque. Si buscásemos algunos momentos de la historia para identificar si sucedieron o no, podríamos contar con la suerte de encontrar ciertas pistas que nos lleven a confirmar su existencia en el continuo espacio temporal en el que los seres humanos vivimos.

Pongamos de ejemplo la Matanza de las Bananeras en la historia de Colombia. Es relativamente poco lo que sabemos de ella. Las fuentes documentales de la historia colombiana no aportan evidencias suficientes como para llegar a la conclusión de que tal matanza haya sucedido. Sin embargo, ¿será que se la inventó Gabriel García Márquez? ¿será que la memoria histórica de aquellos que oyeron hablar de ella en los días venideros a cuando ocurrieron los hechos, les está jugando una mala pasada? ¿Es el rumor histórico algo que pueda tener validez, o peor aún, que podamos borrar de la memoria? Una cosa es inventarse personajes y eventos ficticios como parte de una construcción retórica literaria y otra muy diferente es citar hechos históricos dentro de una obra literaria, como creo que hizo el nobel en su obra al referirse al suceso que nos convoca. Al fin y al cabo, su obra literaria completa es el resultado de las historias que a él le contaban de niño, maquilladas con las dotes de un excelente escritor.

Pongamos ahora otro ejemplo al que curiosamente se le atribuye mayor relevancia: la “solución final” de los nazis contra los judíos, y me refiero al exterminio como la solución final, porque ese era precisamente el epíteto que usaban los alemanes para no nombrar lo impensable. Nadie les creyó a los rusos, quienes fueron los primeros testigos externos de lo allí ocurrido, de la barbarie a la que podíamos llegar los seres humanos cuando se nos atizan con discursos nacionalistas e identitarios mezclados con xenofobia y racismo. Y luego, en medio de las imágenes atroces por demás, de cientos de cadáveres acumulados, el humo de las chimeneas donde se incineraron otros miles, sus huesos, vestidos, y hasta montones de cabellos recortados a las víctimas; a no pocos historiadores seguidores de la postmodernidad, se les ocurrió cuestionar las cifras reales de dicha opción por la solución final.

Del mismo modo, la historia de la conquista y colonización de América, ejemplo este de mayor envergadura que los dos anteriores, es igualmente matizada en sus cifras y de nuevo el peso del exterminio de millones de indígenas en las primeras décadas del proceso, es ahora reducido casi a cenizas por la variante de las enfermedades. Ya no parecen importar tanto las descripciones de los primeros cronistas en las que las dimensiones de las ciudades, los templos, la arquitectura y, sobre todo, la cantidad de nativos encontrados, que, dicho sea de paso, era subrayada como sorprendente ya que era superior al de cualquiera de las urbes europeas, son ahora minimizados. Tampoco parecen importar las razones por las que algunos religiosos sentaron sus voces de protestas por los malos tratos y vejaciones a los que fueron sometidos los primeros esclavizados en América. Hablo aquí de los nativos, quienes también fueron exterminados, pero de tal forma que fue necesaria la traída de nuevas manos esclavizadas desde el otro lado del Atlántico para poder continuar un proceso colonizador de tamaña naturaleza.

Y claro, las enfermedades, que de hecho trajeron los colonizadores al nuevo continente, que de nuevo no tenía nada, pasaron a convertirse en la explicación más plausible de por qué desapareció el otro, el sujeto conquistado casi hasta su extinción y desencadenó el comercio con mano de obra esclavizada de origen africano. No obstante, si bien las enfermedades diezmaron la capacidad de reacción de los pueblos indígenas en América, esta explicación deja un vacío que no se puede borrar como pretenden aquellos que ensalzan la grandeza de Hernán Cortes y de Francisco Pizarro al lograr conquistar civilizaciones del tamaño de los Aztecas y los Incas.

Ahora bien, en esto de entender la historia, no es gratuito que se nos indique por acción u omisión que esta no sirve para nada, pero no se nos explica, casualmente dentro del argumento de lo que no es importante, por qué el mundo capitalista no les ha pedido perdón primero a los indígenas y luego a los negros por todas las vejaciones que estos sufrieron en el proceso de acumulación primaria de capital. De esto saben mucho todos aquellos que traficaron con la fuerza de la mano de obra esclavizada. La historia, no la que transcurre con ideologías o sin ellas, con víctimas y victimarios, la del mundo real, sino aquella que se construye retóricamente en los textos que luego son enseñados en las escuelas y demás centros de estudio, narra principalmente a los vencedores y menoscaba a los vencidos. Los judíos, por ejemplo, son victimizados de formas que legitiman su preeminencia como pueblo elegido teológicamente. La historia que se narra de ellos, verifica que, a pesar de todos sus sufrimientos, han sobrevivido por ser precisamente elegidos por fuerzas sobrehumanas. En las iglesias evangélicas se enseñan sus hazañas con una teleología que abruma a cualquiera que no tiene claro lo que está pasando en Medio Oriente.

El mundo indígena y el africano, sin pretensiones de pertenecer a nada sobrenatural, ni a etnias con ínfulas de superioridad, sobreviven, por el contrario, en sociedades que los menosprecian por demás, sin siquiera considerar que mucho de lo que estas se ufanan procede precisamente del sacrificio de aquellos. Es la construcción de una existencia superior basada en el sufrimiento del otro. El sufrimiento del pasado les acompaña desde el pasado y se podría decir que se justifica en su presente, con pocas esperanzas de que cambie dicha percepción en su futuro.

Y en este universo de víctimas y victimarios, entre menos se reconozca el impacto que los segundos han ejercido y siguen ejerciendo sobre los primeros, mejor se intenta narrar la historia oficial, pero, una vez más, no la historia de lo sucedido en las relaciones de poder y en la que los intereses ejercen una influencia que permite borrar ciertos hechos que impiden la búsqueda de la verdad.

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