Opinión

Cohabitación en paz, como en los viejos matrimonios

La ruptura entre Presidencia y Congreso, el bloqueo de las políticas oficiales que vivimos, hace pensar en un sistema parlamentario, y una Constituyente para arreglar ese entuerto y otras cosillas

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Mayo 07, 2019
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Cohabitación en paz, como en los viejos matrimonios
on tantos partidos políticos es casi imposible que un presidente llegue al poder sin que tenga que hacer coaliciones, tanto para ser elegido como para gobernar Fotos:Las2Orillas

Lo que ha sucedido en las recientes elecciones generales españolas y en los avatares de la política británica, es un juego político muy interesante que pone de presente la importancia de tener un régimen parlamentario por oposición a uno presidencialista. Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, amplía en las elecciones una frágil coalición de gobierno y aunque su partido el PSOE, no tiene la mayoría absoluta si le permite decidir si gobierna solo, o con quién se alía sea a la izquierda o a la derecha para fijar el carácter de su gobierno. Teresa May, Primera Ministra del Reino Unido, pierde en las elecciones la cómoda mayoría que le permitía sacar el brexit adelante y recibe del electorado el mensaje de que su propuesta de retiro de la Unión Europea no gusta.  El régimen presidencial en cambio es una camisa de fuerza. Trump, cuatro años, llueva, truene o relampaguee.

A los redactores de la Constitución de Filadelfia, los llamaron la Asamblea de Semidioses, por la gran visión que tuvieron de establecer un gobierno democrático en un mundo de déspotas ilustrados, que se ha considerado el modelo ideal a seguir. Como venían huyendo de la persecución religiosa y del absolutismo real, crearon un régimen presidencial que respetaba la autonomía de los 13 Estados originarios y la independencia del Congreso. Un Senado representante de los Estados en igualdad de condiciones y una Cámara representando al pueblo (de hecho a los ciudadanos blancos y con propiedades), proporcionalmente. Las funciones presidenciales no estaban muy bien definidas y dejaron que George Washington, el primer presidente, fijara sus alcances sobre la marcha, las cuales siguieron creciendo a través de las épocas.

América Latina copió ese modelo. Sin embargo, hay mucho de nostalgia monárquica en el régimen presidencialista continental, que ha hecho crisis. Quienes no querían un rey terminaron creando una presidencia todopoderosa, al mismo tiempo que se desarrollaban partidos políticos para todos los gustos. Así se ha llegado a la situación absurda de que haya presidentes que no tienen el apoyo mayoritario del Congreso, o sea del pueblo, y por tanto no puedan gobernar, a no ser que se sometan a las imposiciones parlamentarias.  La culpa, por supuesto, no es del presidente, elegido a veces en votación diferente a la del Congreso, sino del sistema.

Lo cual quiere decir que hay que cambiar el sistema por un régimen parlamentario, a la manera inglesa, italiana o española, o semiparlamentario a la manera francesa. El único régimen presidencialista que opera razonablemente bien es precisamente el estadounidense gracias fundamentalmente a la existencia de dos grandes partidos fuera de los cuales no hay salvación, que impide un sistema de coaliciones. Que el presidente sea elegido al mismo tiempo que la totalidad de la Cámara de Representantes y la tercera parte del Senado, ayuda a que exista una relación de gobernabilidad entre su partido y las mayorías en el Congreso. La renovación de la Cámara cada dos años permite hacer los ajustes políticos necesarios para el avance de las políticas oficiales y sentar las bases reales para una reelección. Pero es un caso excepcional.

En Colombia, por ejemplo, el Congreso se elige cada cuatro años, en fecha diferente y anterior a la del presidente. Lejanos están los tiempos en que había dos partidos que controlaban por completo el espectro político, en que el Congreso se elegía el mismo día del presidente y en que había elecciones de mitaca para la Cámara.  En ese escenario era casi inimaginable que el presidente elegido no tuviera las mayorías parlamentarias. Pero esos tiempos, como las golondrinas de Bécquer, no volverán. Ahora existen tantos partidos políticos que es casi imposible que un presidente llegue al poder sin que tenga que hacer coaliciones, tanto para ser elegido como para gobernar. Son las nuevas reglas de juego y entre mejor se entiendan menos costos políticos se pagarán.

 

El sistema parlamentario tiene la enorme ventaja
de que el primer ministro, que es el que gobierna,
solo puede estar en ese cargo si tiene las mayorías parlamentarias para hacerlo

 

El sistema parlamentario, que para algunos es muy inestable, tiene la enorme ventaja de que está basado sobre el hecho de que el primer ministro, que es el que gobierna, solo puede estar en ese cargo si tiene las mayorías parlamentarias para hacerlo. Que se compongan o se descompongan en el camino, es un riesgo que termina siendo una ventaja, porque si las políticas gubernamentales no tienen la mayoría del respaldo del Parlamento, no se ejecutan y hay que formar un nuevo gobierno. El sistema francés semiparlamentario es una opción atractiva. El presidente es elegido por voto popular, antes de las elecciones parlamentarias, por cinco años, pero el primer ministro es el resultado del juego de coaliciones en la Asamblea Nacional. Ha sucedido que presidente y primer ministro, sean de partidos diferentes y cohabiten en paz, como los viejos matrimonios.

Todo ello mejor y menos penoso que la ruptura de los vínculos políticos entre la Presidencia y el Congreso, con el consiguiente bloqueo de las políticas oficiales que nosotros estamos viendo, por culpa del sistema. ¿Habrá alguien que piense que no es necesaria una Asamblea Constituyente, para arreglar ese entuerto y otras cosillas?

 

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