Cleptrocracia digital, un incordio

"El problema es que este cáncer hizo tanta metástasis que comienzan a escucharse gritos y movimientos ciudadanos que se indignan por el robo descarado en las naciones"

Por: Nelson Germán Sánchez Pérez -Gersan-
noviembre 18, 2019
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Cleptrocracia digital, un incordio
Foto: Pexels

Modificar la conducta de los individuos usando algoritmos, influir en ella para manipularla de manera subrepticia a través de contenidos en redes sociales cada vez más personalizados o dirigidos a usted de forma particular es una realidad hoy y el gran peligro al cual todos estamos expuestos.

También eso se busca hacérselo a grupos de ciudadanos de ciertas características, condiciones sociales, económicas, religiosas, culturales, políticas, sexuales y de etaria, al identificarlos a través de sus rutinas digitales, o sea, a que le dan like, que interacciones y con quienes las tienen, los comentarios que hacen, las horas de ingreso a internet, las búsquedas temáticas y los compartidos, entre otros.

Pero ojo, la persuasión no es solo con el contenido dirigido en las redes sociales, si no también con saber cómo usan sus tarjetas de crédito y débito, en qué gasta el dinero plástico, en dónde, cada cuánto, qué montos, en qué horarios; las apps bajadas a teléfonos inteligentes; así como el manejo que da a su tarjeta personalizada del sistema de transporte público —donde exista—, entre otras cosas. Esa es la información que se recopila hoy en grandes servidores sobre usted.

Pues ese riesgo ya no es ni un cuento chino, ni mucho menos una exageración, sino una realidad constante y sonante que ha dado pasos agigantados a la instalación de la llamada cleptocracia digital. Ya escritores como Jenaro Villamil, en su libro Cleptocracia un nuevo modelo de corrupción, lo han advertido, lo mismo que opinadores como José Mármol.

Ahora que sabemos que efectivamente esta práctica se dio en el triunfo electoral de hace tres años de Donald Trump en EE. UU., pero también en países de Europa, Asía e islas del Caribe, al igual que en nuestro patio latinoamericano, es hora de interesarnos y conocer más de él, alejados de la manida discusión entre derechas, izquierdas o centros, porque lo cierto es que todas las ideologías usan esa herramienta digital de control ciudadano para instalar sus cleptocracias.

La palabra cleptocracia viene del griego clepto (robo) y cracia (poder) que se traduce como el dominio de los ladrones. Para algunos autores y definiciones generales se trata “del establecimiento y desarrollo del poder basado en el robo de capital, institucionalizando la corrupción y sus derivados como el nepotismo, el clientelismo político y/o el peculado, de forma que las acciones delictivas quedan impunes debido a que todos los sectores del poder están corruptos, desde la justicia, funcionarios de la ley y todo el sistema político y económico”, cualquier parecido con la realidad nacional, pues…

Por su puesto, eso también parece ocurrir en Venezuela, Nicaragua, Cuba, Rusia, China, Bolivia, Chile, EE. UU., entre muchos otros países del mundo.

Para algunos estudiosos de ese fenómeno político, la diferencia de la cleptocracia digital de hoy con lo que antes se llamaba la mafia del poder es que en esta el robo se institucionaliza, es decir, se vuelve el Estado mismo. Es la regla y no la excepción de la conducta desde las instituciones públicas, pues genera que los bienes públicos, que deberían ser de todos, se vuelvan privados, pero para unos pocos, los que ostentan el poder mismo dentro del gobierno y sus socios de los sectores económicos o productivos que los llevaron ahí.

El problema es que parece que el cáncer de la cleptocracia digital fue tan rápido e hizo tanta metástasis, que comienzan a escucharse gritos y movimientos ciudadanos que se indignan por el robo descarado en las naciones, lo cual no permiten progreso, bienestar ni poder adquisitivo real a buena parte de los habitantes de esos territorios. Y por eso los estallidos y movimientos de ciudadanos indignados de hoy.

Esta cleptrocracia digital ha sabido utilizar muy bien lo que Jaron Lanier llamó el incordio, es decir, la tarea de las multinacionales digitales de tratar de imponer una sola forma de vida, de verla, recalcar que solo pasa o tiene valor si está en lo digital o virtual, para desde allí modificar la existencia real o lo que cree, piensa o siente el individuo que es bombardeado sistemáticamente con cierto tipo de contenidos hechos para él o para anular su sentido crítico o independiente.

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