Opinión

Claudia López, el egocéntrico monstruo que montamos en Bogotá

Mientras todos se quejan en las canchas, las redes y los buses, Claudia actúa como si fuera la alcaldesa de Madrid, ¿quién no ha perdido la fe en esta mierdópolis?

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noviembre 10, 2021
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Claudia López, el egocéntrico monstruo que montamos en Bogotá
Claudia es, lo que llaman en mi tierra, una sangripesada de marca mayor a la que el poder emborracha

Es tan horrible trabajar con Claudia López que es menos nocivo para la salud compartir espacio con Gutavo Petro. Al menos eso dicen los que lo conocen. Es, lo que llaman en mi tierra, una sangripesada de marca mayor a la que el poder emborracha. Yo fui uno de los incautos que voté por ella. Me sedujo su labor en Arco Iris, al lado de mi maestro León Valencia, encargada en los oscuros años de Uribe de desenmascarar a los políticos que estaban fletados por los paramilitares. Eso, y su propuesta anticorrupción, hicieron que cerrara los oídos y la razón a lo evidente: su única fuente política, su influencia máxima es Enrique Peñalosa. De ahí su obsesión por tumbar árboles, por mandar el Esmad cada vez que bloquean una calle, su obsesión por abrir calles a diestra y siniestra, su desprecio por los pobres, por los venezolanos y hasta por los músicos que se montan en Transmilenio. Esta imagen es claramente fascista:

Qué se viene señora Claudia, ¿brazalete amarillo para los venezolanos?, ¿muros para su barrio, Ciudad Bolívar? Es increíble la poca consciencia de clase. Esta señora hizo su carrera explotando que había nacido en la parte más deprimida de la capital y ahora, que subió de estrato, se ha convertido en la enemiga de todo aquel que se rebele contra el orden establecido. En Ciudad Bolívar están realmente desilusionados. Las ayudas que prometió durante la pandemia nunca llegaron, pero, eso sí, para hacer cumplir la cuarentena apeló a lo que mejor sabe: gritar, reprimir, atacar. Que se pasee sola por Ciudad Bolívar y compruebe el cariño que le tienen. Que se compare con Petro y verá cómo sale de chiflada y tomateada.

Lo que me crispa es que mientras todos se quejan en la plaza de mercado, en las canchas, en las filas de los bancos, en las redes, en los buses, de que Bogotá es un hueco infecto de inseguridad, maldad y demencia que debe ser tapado en el acto, Claudia actúa como si fuera tan respetable, cool y eficiente como Isabel Diaz Ayusso, la alcaldesa de Madrid. Pasarse por su Instagram o el de Angélica Lozano da ira. ¿Con qué derecho están felices? ¿Qué pensará el familiar de un apuñalado en urgencias al ver sus foticos sonrientes, celebrando la vida con mami, con una copa, con un perrito o cómodamente viendo un partido de Djokovic mientras afuera la lluvia ácida corroe hasta el Palacio de Liévano?

No señora, usted no tiene derecho a exponer la felicidad de su vida privada porque su gestión ha sido desastrosa. Se lo dice alguien que votó por usted porque creyó que ya era la oportunidad de alguien diferente, pero hasta la propia comunidad LGBTI está desilusionada, ¿quién no ha perdido la fe en esta mierdópolis?

Estoy parado un mediodía de miércoles en la calle 100 con Avenida Suba. Todo lo que veo es destrucción, como el guayabo después del Napalm. Ya no hay árboles, las calles están abiertas, los carros, convertidos en una serpiente demoniaca, escupen podredumbre. Miro los cerros y ya no están. Una nata de contaminación los ha borrado. Intento moverme pero ya no puedo. La calle de Iserra acaba de ser aniquilada. Las obras llevan más de seis meses. Pocas veces veo a obreros trabajando, ¿cuánto tiempo más aguantaremos en el infierno?

Ya no se puede andar ni a pie, ni en taxi, ni en bus. Lo que provoca es huir, no regresar más. Con razón todos tienen cara de culo en la ciudad de la mierda. Y la lluvia y el frío y los rolos señora Claudia, tenga un poquito de piedad con nosotros. Ya no le pedimos que asuma su cargo con la dignidad y humanidad que creíamos iba a tener sino que, al menos, le baje a las fotos de Instagram. No nos interesa su felicidad, al contrario, nos molesta. Lo único que pedimos eso, que deje por un momento el mal vicio de publicar su vida privada en Instagram. Mire que muy pocos en esta ciudad de porquería podemos ser felices.

 

 

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