Ciudadanía, relaciones interculturales y economía naranja

El vínculo entre las dos primeras se identifica en las expresiones culturales, que al final del día son actos de incitación a la resistencia y al desafío

Por: OSCAR EDUARDO POMBO BURITICÁ
octubre 09, 2018
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Ciudadanía, relaciones interculturales y economía naranja
Foto: Pixabay

Los nexos conceptuales que hay entre la construcción de ciudadanía y las relaciones culturales se identifican en las expresiones culturales cotidianas. También es posible identificar la incidencia que tiene el dúo tecnología política-publicidad en la latencia de la cultura. Las estrategias de tecnología política, en este caso la bautizada como economía naranja, se valen del instrumento de la publicidad para producir imaginarios artificiales, o mejor, imaginarios como proyectos de referencia de bienestar, como expectativas de felicidad humana, que podrían traer en consecuencia una sensación y necesidad inaplazable de competir en los productores y consumidores de propaganda, que buscan el éxito o al menos la notoriedad individual, logrando que se cumpla uno de los propósitos de la tecnología política: fracturar los nexos de la cohesión social.

Las culturas nacionales que existen por su vigor esencial, superpuestas, interrelacionadas, fortalecidas o reinventadas que pretenden seguir siendo reconocidas en el ámbito oficial deben disponerse a ser objeto de penetración, por razón del designio gubernamental de convertirlas en el frontal de ciudadanía ante la inevitable estrategia de negocios que se conoce como la economía naranja. Se les utilizará desde el aparato publicitario estatal como símbolo para la comercialización de un imaginario artificial de movimiento cultural unificado, homogéneo y en el principio de reconciliarse políticamente con las comunidades. Veremos así más pronto de lo que pensamos la tensión creciente del forzamiento de la noción de ciudadanía ponderada en el civismo, la paz, la prosperidad, la protesta en orden, un ecosistema amigable con la cultura y otras perfumadas declaraciones similares, como un útil, como máscara para el ocultamiento de las muchas culturas, como la pretensión cosmética de invisibilizar la heteroglosia que vive en los saberes individuales y colectivos y que se siente en las elaboraciones artísticas. Es muy probable que pronto veamos de gira por todo el país algún stand up comedy con un pomposo título como “Territorios Exitosos en Crecimiento” o una muestra de artes plásticas llamada “Primer Salón Nacional de Emprendimientos y Estéticas Asistidas” o un renovado carnaval decembrino en memoria de algún célebre procurador, quizá una producción en serie de monumentos ecuestres que adornen los parques de pueblos evocando las andanzas de algún famoso jinete criollo.

Muchos dirigentes políticos, gestores culturales y artistas han creído en los valores generados por la iniciativa llamada paradójicamente industria cultural, criterio hoy renovado y rediseñado como economía naranja, que viene a ser la subordinación de unas sospechosas demostraciones de cultura y arte por encargo para un triple propósito: baños de cultura para los consumidores, silenciamiento de la esencia artística y cultural y captación de negocios gravables.

En la ciudad de esquinas y calles, en los senderos y fondas veredales, se construyen a cada momento vínculos de solidaridad o tensiones esenciales por el deseo, por las urgencias, por el dolor, por la ausencia, por los desafectos, por las reivindicaciones, por la añoranza, por las alegrías después de esfuerzos inauditos, por las transacciones o simplemente por celebrar el seguir con vida. Ahora, en la construcción cotidiana del concepto de ciudadanía y sus periferias, con todas las variables aludidas que existen para la sobrevivencia en el espacio y tiempo reales, hay un combate intenso y sin tregua entre los instrumentos de la tecnología política hegemónica y la enorme capacidad de invención que tiene el artista o gestor cultural quienes se defienden o atacan con la imaginería en marcha, con su cultura como patrimonio y territorio. El triunfo o la derrota en ese combate contra los feroces empresarios de la creatividad dependerá de la lucidez que deberán tener los dueños legítimos de los saberes para que sus actos de mudanzas y disfraces sean las licencias, gravables o no, que esgriman para negociar sin renunciar a su autonomía, para remover la exclusión laboral en la cultura por razón de su pensamiento divergente, y para que sean los valores de una nueva estética social los que determinen el rechazo de la censura malintencionada desde las curadurías serviles. Al fin y al cabo, las expresiones de arte y cultura son actos de incitación a la resistencia, son actos de desafío sin importar el color del espejismo.

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