Ciudadanía en las calles, y no solo contra la reforma tributaria

Son varias las razones que tiene la gente para salir a las calles. La Ley de Solidaridad Sostenible solo fue la gota que rebosó la paciencia

Por: Lilia Solano
abril 30, 2021
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Ciudadanía en las calles, y no solo contra la reforma tributaria

El 20 de julio de 1810, José González Llorente perdió un florero por él sumamente preciado y se vino una movilización ciudadana que hoy nos da la disculpa para gozar de un día festivo patrio. En obediencia al rigor de la historia el adjetivo ciudadano, no es el más exacto para describir esa movilización. Eran muy pocos los criollos que por entonces estaban al tanto de nuevos conceptos como el de ciudadanía. Quizás Antonio Nariño, quien estaba preso por esos días precisamente por haber traducido ese concepto, y José María Carbonell, el verdadero héroe de esa jornada y el único que entendió el protagonismo de la gente, de los pueblos, de los verdaderos motores de la historia.

Ese sujeto, el colectivo, llámese pueblo o de otra forma, con el paso del tiempo ha venido conquistando el espacio central del que siempre se han valido los intereses creados que, generalmente lo manejan. El asunto es que, de una masa movilizada al antojo de una élite criolla, los colectivos ciudadanos y populares han aprendido a asumirse como un sujeto que, a fuerza de reconocer su condición de inferioridad, de subalternidad, se movilizan en torno a demandas que les son comunes.

La demanda ciudadana es lo que hemos visto en las recientes movilizaciones ciudadanas en Colombia. A Los poderes dominantes les sigue tomando por sorpresa el valor de la ciudadanía se sustente en demandas rigurosamente informadas (por ejemplo, los ciudadanos saben en qué consiste la reforma tributaria, o por qué es nociva la Ley 100 que rige la salud), con la fuerza para apelar a sus derechos y con movimientos sociales que les permitan aliarse en trincheras comunes. Esto es, ya no es una consigna de pobres vs. ricos, proletarios vs. oligarcas; no al menos en lo que concierne los intereses de las demandas ciudadanas que entendió que tiene poder de decisión.

Los índices crecientes de brutalidad policial para reprimir las protestas y la creación de nuevos imaginarios de control social (medios de comunicación a su servicio, cultura de masas que le es funcional, domesticación del sector religioso, etc.), así como la domesticación de las instituciones de derecho (ataques al derecho a la tutela, abolición de la separación de poderes, mercantilización de los bienes sociales, etc.). Estos poderes han aprendido a nutrir una polarización de cuya existencia acusan a los subalternos, con todo y que estos, en su práctica concreta, hace ya mucho rato superaron el temor a la estigmatización.

Así los sectores dominantes hoy anuncian una reforma tributaria cubriéndola del neolenguaje que ha alcanzado altos niveles de sofisticación: “Ley de Solidaridad Sostenible”. Un sustantivo (solidaridad) tomado de las luchas sociales y con el hálito de caridad cristiana propio de la cultura local, con un adjetivo (sostenible) que recuerda los esfuerzos por la defensa del medio ambiente. Mediante la cooptación del lenguaje, el gobierno de turno busca la domesticación de la gente.

Este aprendizaje de control ha dado un paso más al punto que mediante esa reforma, amenazan igualmente los intereses de las capas medias que suelen constituir, si no su base electoral, sí aquel sector que históricamente se aísla de las luchas ciudadanas más frontales. La reforma busca depositar todo el peso de la responsabilidad tributaria en lo que se ha dado en llamar clase media. El exabrupto de esa medida ha tomado a todo el mundo por sorpresa, incluso a los más aguerridos defensores del régimen uribista. No han faltado quienes vaticinan el fin del uribismo por la vía del suicidio.

Entonces, mientras la ciudadanía se volcaba a las calles para expresar su rechazo teniendo en poco la amenaza del contagio de un virus y la infaltable violencia policial, se empezó a escuchar con mayor claridad que una aún más regresiva reforma a la salud sigue su curso camino a su aprobación e implementación.

La ciudadanía ha aprendido a asumirse como el sujeto diverso, motor de la historia, en cuyas manos y mediante cuyas demandas está la implementación de políticas propias de un Estado social de derecho y tiene la urgencia de avanzar en la construcción de una verdadera democracia.

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