Chancemanía

Que el ejercicio de la política termine en manos de chanceros y de sus asociados tiene riesgos

Por: HUMBERTO BENÍTEZ
octubre 22, 2019
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Chancemanía
Foto: Twitter @robertoortizu

La plutocracia como práctica nos da gobiernos inmerecidos e injustos. El logro de victorias políticas que no pasan por las ideas o el mérito sino por los recursos monetarios que se disponen trae como consecuencia políticos y gobiernos oscuros y con muy poco desarrollo del bien común.

El chance es un negocio de muchas ganancias injustas y ventajistas. Muchos chanceros —algunos de ellos verdaderos billonarios— disfrazan la naturaleza de sus negocios con remoquetes simpáticos (La gata, El perro, El cafeterito), buscando darle un carácter infantil e inofensivo a esa maquinaria dedicada a aprovecharse de la trampa matemática que es el chance. Un juego de azar en donde gana siempre la ley de las probabilidades, como en la ruleta de los casinos. Lo triste es que muchas personas pobres y gente sin recursos en Colombia se dejan una fortuna apostando al chance toda su vida y poniendo de $2.000 y 3.000 pesitos diarios a este juego de adivinación.

Los premios que ofrece el chance generalmente no son acumulables, es decir, pese a que muchos apuesten a diversos números, los premios ofrecidos son fijos, todos los números pueden ganar. Por ejemplo, la probabilidad de ganar siempre será solo una entre diez mil en un chance de cuatro números. Solo uno gana y los otros 9.999 pierden, así de sencillo. Ese es el truco del chance que le quita billones a los colombianos más pobres de Colombia con la bendición del estado pues hasta en el Plan de Desarrollo actual le ofreció “seguridad jurídica” y es por ello que los chanceros, en contraprestación suelen financiar generosamente muchas campañas políticas.

Pero también hay otra derivación perniciosa de este montaje que es el papel de los chanceros en el poder político. Algunos chanceros se han dedicado a la política tradicional. El inmenso poder del dinero generado por los soñadores jugadores de chance pasa a través de concesiones hacia los chanceros. Y con dinero de sobra se comportan igual que muchos ganadores de dinero fácil: operaciones estéticas, grandes mansiones y camionetas, muchos guardaespaldas. Son organizadores de eventos regalavidas y por supuesto, caen burdamente en la búsqueda de poder político. Desde luego, el poder del chance tiene también un lado muy oscuro. La Gata fue sentenciada a más de 30 años de prisión al ser encontrada culpable de homicidio, su poder le había permitido hacerle fintas a la justicia y al cumplimiento de su condena. El Perro, dueño del chance en Bolívar, fue asesinado hace dos años.

Cuando el gobierno local está en manos de chanceros y de sus asociados políticos, como sucede en muchos municipios del viejo Caldas y en la Costa, el ejercicio de la política se contagia con las lógicas y riesgos del sector de las apuestas y su entorno. Hoy muchos departamentos y zonas del país están prácticamente tomados por hordas politiqueras que mal gobiernan en esas regiones.

Los chanceros del Valle han tenido amigos en la política como Serpa, Abadía e incluso Angelino cuando era de izquierda, pues este realizó la repartija actual del negocio entre varios chanceros que estaban en pugna. Por interés, se han paseado desde ser aliados de la izquierda sindicalista hasta ahora que al parecer han aterrizado con oportunismo y torpeza en el uribismo, haciendo juego al miedo como argumento. Si no se vota a este, entonces, queda aquel.

El negocio del chance enriquece a sus dueños e ilusiona a sus jugadores. El chance necesita pobreza y la reproduce. No es una opción de desarrollo, ni un modelo de negocio, ni una “industria” ni quienes lo manejan alcanzan el nivel de empresarios. Muchas personas empleadas en el sector carecen de seguridad social y prestaciones. Muchos de sus directivos no están preparados para gobernar una ciudad tan compleja y en problemas como puede ser el caso de Cali. El chance es una explotación de un entramado de apuestas y las apuestas son un negocio de vender el sueño de pegarle a un numerito. Y si hay gente que lo juega pues está en su derecho, pero no es conveniente que nuestros municipios sean manejados con la lógica chancera, ni por los políticos e interesados asociados a este tipo de actividad. Y los ciudadanos no podemos —por despiste o miedo— restaurar un mandato al estilo del destituido alcalde Apolinar Salcedo, con todas las consecuencias negativas que seguramente traerá para esa ciudad. Cali tiene que avanzar.

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