Celulares en las aulas, ¿sí o no?

Además del debate y la legislación pertinente, este asunto requiere de la intervención decidida y objetiva de los padres de familias

Por: Álvaro Ramírez Anichiárico
abril 01, 2019
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Celulares en las aulas, ¿sí o no?
Foto: Max Pixel

Nuevamente está en el ambiente educativo y legislativo la discusión sobre la prohibición del uso de celulares en las en los colegios del país, específicamente en las aulas de clase. El tema ha sido debatido en Colombia y en otros países, especialmente los europeos, en muchos de los cuales existen normas claras sobre este y otros temas relacionados con la regulación del uso de algunos recursos tecnológicos en los menores y adolescentes. Por ejemplo, desde el año anterior Francia prohibió el uso de celulares, tabletas y relojes inteligentes a menores de 15 años en el aula de clase. Otros países líderes en educación, como Singapur y Dinamarca, han tomado medidas para eliminar o disminuir el uso de celulares en las clases. En Dinamarca, los estudiantes ganan 10 puntos por cada 20 minutos que pasen sin usar el celular entre las 7 de la mañana y las 11 de la noche cada día entre semana, y esos puntos pueden ser intercambiados por productos y servicios. En algunas escuelas de los Estados Unidos se exige mantenerlos apagados o en silencio.

En Colombia, aunque solo sea una estrategia de mercadeo, las instituciones educativas hablan de incorporar herramientas tecnológicas a los procesos de aprendizaje, con lo cual se pretende estar a la altura de los retos que plantea la educación de siglo XXI, acorde con las necesidades del mundo globalizado y con los estándares establecidos por algunas organizaciones internacionales. Real o no, el que estas instituciones dispongan de normas e infraestructuras para el uso didáctico de la tecnología a este nivel haría incoherente restringir el uso del celular, que es el más común y el más accesible por parte de los estudiantes. Desde este punto de vista se hace necesaria otra discusión.

En el tema subyacen aspectos de fondo relacionados con los modelos o enfoques pedagógicos de las escuelas, la actitud de los estudiantes frente a su propio aprendizaje, la falta de normas claras y coherentes con los derechos y deberes del menor, los nuevos paradigmas culturales de la población joven, y finalmente, el componente familiar, donde reside tal vez uno de los mayores inconvenientes.

Al momento aterrizar el tema, es decir, en la praxis de un directivo o un docente, la situación debe analizarse con detenimiento. Indudablemente el uso de celulares en las clases podría ser de gran beneficio para trabajar algunas actividades en algunas asignaturas, más si se vende la idea de que la información está a un clic y que los temas son solo excusas para desarrollar las habilidades de pensamiento y las competencias. Sin embargo, este planteamiento pierde validez si se tiene en cuenta que no todos los estudiantes cuentan con equipo y planes de navegación, además, los mismos docentes podrían no estar capacitados para trabajar con este recurso, y menos cuando simultáneamente deben responder por un ambiente de orden y disciplina en el aula, por el desarrollo curricular y el cumplimiento de objetivos académicos que establece la institución, la mayoría de los cuales está enfocado a resultados cuantitativos y no a procesos de aprendizaje a mediano o largo plazo. Resulta realmente complejo el tema para el docente.

El uso de celulares en las aulas, aún de manera regulada, es un factor que genera distracción, se presta para trampas en los exámenes, pone en riesgo la intimidad del discurso pedagógico del docente, se utiliza para hacer matoneo y para la circulación de información íntima entre los mismos estudiantes, además de generar conflictos durante el ejercicio de la autoridad y la disciplina. Inclusive se utiliza para intimidar a los docentes, a lo cual se le agrega el conflicto con los padres de familia cuando se “retiene” el equipo, ocasionando hasta demandas. Aunque los manuales de convivencia tengan normas claras sobre su uso y los procedimientos a seguir cuando se transgreda lo establecido, no se ha logrado un consenso armónico entre padre, estudiantes y colegio para atacar de la mejor manera el problema.

Un factor que tiene importante incidencia en el tema es la costumbre que hay en algunos sectores sociales, en los cuales, un celular es sinónimo de prestigio y tenerlo marca diferencia. El celular es una extensión de su vida, sus acciones están determinadas por lo que el “clic” les ofrece en la pantalla, en las redes sociales, en el WhatsApp. Su mundo casi que se limita a los contactos y los lacónicos mensajes que recibe de éstos. Para el joven escolar nuestro, estar sin celular representa una sensación de inseguridad, de aislamiento, de abandono, de depresión, se hace intolerante ante otras formas de interacción y hasta pierde interés por sus responsabilidades académicas. La conexión a las redes sociales le ofrece un mundo simbólico, donde hay felicidad, inmediatez, frivolidad, donde la verdad y opinión son sinónimos, donde belleza y perfección le ayudan a decidir en el amor, donde las opiniones de famosos legitiman la verdad, donde abundan las recetas hasta para ser infiel, en fin, se sumerge en un mundo superfluo que no requiere de mayor esfuerzo para interpretarlo y le permite construir estados de felicidad condicionados por el utilitarismo material y el hedonismo moderno.

Le cabe responsabilidad a los padres de familia que, además de descuidar el uso del tiempo libre de sus hijos, muchos les facilitan los elementos necesarios para que “sean felices”, “estén tranquilos” y “no sean menos que otros”,  inclusive hay padres de familia que se atrasan en el pago de las pensiones pero a su hijo le compran un celular de alta gama, con datos incluidos, y cuando el colegio toma decisiones disciplinarias por su mal uso se convierten en contradictores de las políticas institucionales y recurren a cuanto artificio legal hay para hacer restituir el derecho supuestamente violado.

Es un tema que requiere, además de legislación, la intervención decidida y objetiva del padre de familia, y no necesariamente dejando de comprarle el celular al hijo o estableciendo normas domésticas que se acomodan a los intereses del momento, o al perfil de autoridad que proyecten por separado el padre y la madre. Se requiere que la familia cumpla su papel de formadora natural del individuo, que trabaje en valores, sobre la base del respeto y el uso de la libertad con responsabilidad.

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