Opinión

Cedo mi privacidad

Por:
noviembre 02, 2013
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Cedo mi privacidad. En esta época de gran debate acerca de la privacidad, tomo la iniciativa de entregarla, de no desearla, de llegar a ser absolutamente público y transparente.

“Privado” tiene diferentes acepciones según la Real Academia de la Lengua Española, la primera es “que se ejecuta a vista de pocos, familiar y domésticamente, sin formalidad ni ceremonia alguna”; otra dice “particular y personal de cada individuo”; curiosamente existe una que dice “Muy contento, lleno de gozo”, como en la expresión señorial —Estoy privada con la noticia— (vale decir llena de felicidad). Uno más del celta es “presto, luego, al punto”.   Prefiero estas últimas connotaciones.

Dejando de lado las disquisiciones lingüísticas, el mundo se puso  feliz con Wikileaks, porque todo lo que hace de conocimiento público a los gobiernos nos fascina, en parte por el morbo de ver expuestos en la picota a nuestros presidentes, congresistas, generales y demás personas que nos parecen intocables. Cuando su privacidad, la de ellos, queda a la vista, podemos saber realmente quienes son y cómo nos manejan. Es una pequeña revancha ante su autoritarismo.

A los políticos les aterra (de temor, terror, miedo) que les chucen los teléfonos, esto solo puede suceder si quieren hacer cosas a espaldas de sus colegas del mismo u otro país. La privacidad se usa para engañar, mentir, ocultar hechos que  serían inadmisibles a la simple vista. Para hacer pactos bajo cuerda y traicionar a quien estrechan su mano en público. La privacidad —bajo una máscara pasamontañas o careta- se obtiene cuando sabemos que haremos algo que va contra la justicia, la ley, la equidad y la moral.

La privacidad en el hogar con las claves en teléfonos y computadores, se utiliza para alejar de la vista a quien puede conocer nuestras facetas humanas que juzgamos de maldad, negativas o perversas. El cuerpo desnudo —sin privacidad—, luego del estigma religioso de siglos, sigue teniendo que ocultarse bajo la ropa, aún cuando es bello y natural.

El llanto reprimido, o las lágrimas que fluyen cuando no estamos a la vista de nadie, es la privacidad en las emociones. Ocultar emociones aleja, nos vuelve ermitaños de sentimientos, disfraza nuestro lado frágil como seres humanos que somos. Qué dicha llorar a mares ante todos en la iglesia, mientras enterramos un ser querido. El llanto no expresado, lo apropia el cuerpo con dolor físico, con enfermedad.

La corrupción en las empresas, por no hablar más de los gobiernos, solo permanece impune mientras exista la privacidad. Impunes nos roban derechos laborales, de salud, legales, bajo el manto protector de la privacidad.

Guerras y conflictos terminarán el día en que nuestros pensamientos y sentimientos sean tan visibles como el pez que nada bajo el agua cristalina. La privacidad es lodo, es agua turbia, que oculta la maldad, pero también oculta la belleza y la bondad. La confesión del culpable, en el momento que lo hace, libera su ser. Por eso buscamos la verdad ante la matanza, el asesinato, la crueldad. La verdad solo se consigue cuando la privacidad cede su lugar. La privacidad cae al confesar, exponemos nuestra debilidad en busca del perdón.

Mi esposa se mofa de mi por mi “adicción” a Facebook, donde la privacidad puede no existir — no tengo ninguna restricción—. Mi hijo menor se pone furioso cuando pongo una foto de él en una red social. Estoy rodeado de personas que anhelan la “privacidad”. Yo no, tanto es así que expongo pensamientos profundos y controvertidos como este, en un medio masivo, periodístico.

Finalmente considero que la privacidad es también una forma de evitar la responsabilidad directa por aquello que hacemos o dejamos de hacer.

Termino aludiendo al poema Relato de Sergio Stepansky de León de Greiff, que dice: “Juego mi vida, cambio mi vida, de todas maneras la llevo perdida...” La privacidad también termina para todos, sin importar nivel social o político, cuando tenemos que desnudarnos ante el médico, desnudar cuerpo y alma, si queremos curar. La enfermedad y la cercanía de la muerte nos iguala, nos mide por el mismo rasero. Por eso prefiero ceder mi privacidad desde ahora, estaré mejor preparado para los momentos en que la vida nos la quite por derecho propio, de ella, de la vida.

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