La autocomplacencia de los caucanos

"Siguen confiados en que las cosas malas solo les pasan a los demás y que solo suceden en otras partes"

Por: omar orlando tovar troches
julio 16, 2020
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La autocomplacencia de los caucanos
Foto: popayan.gov.co

Si uno se atiene a las cifras de contagiados y fallecidos por causa de la actual peste que padece la sociedad mundial, el departamento del Cauca, en apariencia, saldría bien librado. Sus guarismos son bajos al ser comparados con las trágicas cifras de Bogotá, las de la vecina ciudad de Cali o las del departamento del Valle. En ese orden de ideas, lo más fácil para el caucano promedio es seguir con su tendencia histórica de la autocomplacencia y seguir situado en la periferia de la realidad, al extremo opuesto de la prudencia, la previsión y la planeación, característica esta a la que la clase politiquera de siempre le ha sacado provecho, desde que el Cauca es el Cauca, acá en el extremo occidente de Colombia continental.

La sociedad caucana es en extremo segregacionista por causa de taras culturales resultantes de la imposición del proyecto eurocentrista de la contrarreforma católica, que impuso un sistema de castas sociales, en el que, hasta hace escaso tiempo atrás, quien no era descendiente de algún español venido a menos, busca fortunas en el mundo nuevo o al menos de algún criollo, medianamente célebre o miembro de algún clan familiar de militar independentista devenido en terrateniente latifundista ganadero o minero, no tenía posibilidad alguna de ascender a las alturas de la política regional y estaba condenado a apearse al lado de esos otros que no eran tan blancos pertenecientes a la gleba campesina, negra o indígena, en el otro extremo, el de la pobreza y la exclusión.

Este extremismo socioeconómico que caracteriza a la sociedad caucana ha sido históricamente el caldo de cultivo de desgracias aún más extremas, como la violencia en sus burdas y refinadas formas. Este camino de usar la fuerza desmedida para imponerse sobre ese otro diferente empezó con el choque de culturas, en la que la europea sometió a la originaria a punta de espadas y cruces. Luego, cuando tanto descendientes directos de españoles como criollos bien criollos notaron que disfrutaban de las migajas del imperio español, decidieron usar la violencia para imponer su derecho al autogobierno, usando negros e indios como carne de cañón en su noble tarea independentista, para luego darles el estratégico puntapié que los arrojaría al rincón olvidado dc la sociedad, hacia donde los habían empujado los odiosos chapetones un tiempo atrás. De ahí en adelante la exclusión de los más, por parte de un reducido número de los menos, ha sido la constante sobre la que han cabalgado hábilmente los políticos tradicionales, en el extremo del utilitarismo y la desvergüenza.

Cauca es ese territorio de todos y de ninguno, que vive de las pasadas glorias de ese Gran Cauca que abarcaba extensos territorios de la otrora Gran Colombia, ahora se ha vuelto nuevamente una especie de joya de la corona, esa que anhelan uno que otro nostálgico del imperio español, por poseer aún, después de siglos de saqueo y expoliación, potencialidades y riquezas tales, que todos los actores legales e ilegales del conflicto armado colombiano han puesto sobre este territorio todo su interés, toda su estrategia de guerra y toda la estrategia jurídica para sacar a los menos blancos de aquí. Esto con el fin de imponer cada uno su propio emprendimiento de explotación de recursos, de producción de drogas ilícitas o proyectos de agroindustria, con el propósito de volverse extremadamente ricos, en desmedro de unas mayorías que se han vuelto, ahora sí, extremadamente miserables.

Y en medio de este particular escenario, el caucano sigue siendo un autocomplaciente al extremo, que sigue confiado en que las cosas malas solo les pasan a los demás y solo suceden en otra parte. Es tanta su convicción de que esa triste realidad no es la suya que poco le importa si quienes encarga de la dirección político administrativa de la región toman o no las medidas necesarias para resguardar su vida, honra y bienes, porque, se reitera, el caucano cree, en extremo, que nada de eso pasa y que lo que pasa es por cosas del destino o por designios de la providencia y que, por tanto, no importa a quien elegir, porque nada va a pasar, razón por la cual cada cuatro años elige a los mismos o a esos mismos en cuerpo y género ajeno.

La peste no escapa a esa autocomplacencia determinista del caucano de a pie. En estos días, en lugar de preocuparse por el altísimo riesgo de contagio que tiene el Cauca, por estar situado en la vecindad del departamento del Valle del Cauca y su capital, ambos importantes focos de contagio del virus de marras o por ser paso obligado de migrantes sin control provenientes de ese sur del continente apestado hasta la coronilla, el caucano se sienta al extremo de las redes sociales y de los medios locales a contemplar la pelotera entre el gobernador del Cauca y un alcalde de un municipio nortecaucano, sin percatarse que por estar distraído en estas folclóricas disputas políticas, los encargados de liderarlos y representarlos hasta la fecha no han hecho los esfuerzos necesarios para reclamar del gobierno nacional los recursos necesarios para atender a una sociedad caucana empobrecida y con profundas carencias en estructura hospitalaria.

El departamento del Cauca, como siempre, sigue viviendo al extremo.

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