Opinión

Cartas que van y no regresan

Ya es hora de que el expresidente Uribe deje atrás su rencilla personal y como líder de un importante partido político serene la cabeza y reconsidere su posición

Por:
julio 15, 2016
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Interesante la jugada de esta semana del presidente Santos de mandarle una carta personalizada a Álvaro Uribe para invitarlo a conversar sobre la paz. Este movimiento tiene, sin duda, algunos aciertos pero también algunas pifiadas que probablemente se convirtieron en argumentos para que el destinatario no se dignara darle respuesta de la misma forma, sino a través de un destemplado comunicado, sin destinatario.

Un acierto, por supuesto, es que el presidente sin utilizar intermediarios como había hecho antes cuando otras personas llamaron al diálogo entre Santos y Uribe, decidiera hacerlo él mismo con una carta personal que en términos cordiales pero distantes le ofrece reunirse “para escuchar sus inquietudes y abrir un diálogo constructivo”.

Que un presidente en ejercicio baje de su pedestal y reconozca a Uribe como un interlocutor fundamental para construir un nuevo país, es algo que alienta la esperanza de reconciliación entre sectores en pugna de la institucionalidad; y esto es necesario, si lo que se busca es un futuro en paz, no solo una firma más con un grupo guerrillero más.

También parece un acierto que en forma explícita no le ponga condiciones a la reunión planteada para construir consensos; sin embargo, la introducción a esta invitación es un recuento de los acuerdos alcanzados con las Farc. Es decir, se invita a conversar sobre cosas que al parecer no tendrían reversa, lo que da pie a la respuesta de Uribe cuando dice que “Parecería inútil invitar a un diálogo para notificar lo resuelto”.

Sin referirse a la misiva, ni a su autor, el expresidente
se deja venir con una diatriba bastante desobligante,
donde la posibilidad de diálogo no aparece por ninguna parte

Al expresidente no le agradó la carta, le pareció “dañina para la democracia” y sin referirse a la misiva, ni a su autor, se deja venir con una diatriba bastante desobligante, donde la posibilidad de diálogo no aparece por ninguna parte. Es posible, en gracia de discusión, que el presidente Santos haya enviado una carta envenenada, en la que sutilmente contrasta su grandeza y generosidad con la obtusa posición de Uribe y en la que sienta los mojones para deslindar los terrenos en los que ya no se podría entrar.

Claro, en nuestro país las formas son muy importantes. Aquí se sacrifica lo sustancial en honor al protocolo, sobre todo en el mundo bogotano que le es tan odioso al doctor Uribe. Es fácil imaginarlo ardiendo de rabia al recibir la carta con membrete dorado. Casi podríamos verlo, arrojando los cuatro pliegos a la basura y de inmediato agarrado a su tuiter para desahogar su enojo. Pero ya es hora de que el expresidente deje atrás su rencilla personal y como líder de un importante partido político serene la cabeza y reconsidere su posición.

Hablar no le hace daño a nadie ni debilita su prestigio. Negarse a hacerlo si puede mostrarlo como un político intransigente, incapaz de abandonar sus odios en bien de la patria. Pero sobre todo, porque el diálogo no debería ser entre esos dos egos, sino entre dos facciones del país que deben reencontrarse para buscar soluciones que garanticen un mejor futuro, un país viable en el que quepamos todos, inclusive la subversión.

Una carta sin respuesta es como una herida abierta que se puede infectar, sangrar y hace más daño. Y una respuesta mal dada, sin cuidar las formas, ofendiendo a la mano que se mostró generosa, incrementa la división e invita a más y mayores odios. Todo eso es lo que precisamente queremos dejar atrás.

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