Opinión

Cartagena, los insultos y las mafias

Al alcalde William Dau, hay que decirle que hay formas más elegantes de insultar a los miembros del Concejo y a estos que no es virtuoso resguardar intereses de legendarias mafias políticas

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abril 15, 2020
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Cartagena, los insultos y las mafias
A los concejales y al alcalde hay que decirles que lo ocurrido en la sesión digital es de lejos insignificante ante la presencia letal del coronavirus.

Al alcalde de Cartagena, William Dau, hay que decirle que hay formas más sofisticadas y elegantes de insultar a los miembros del concejo. Agudícelas.

A los concejales hay que decirles que no es un actuar virtuoso resguardar intereses de legendarias mafias políticas, que son las que, efectivamente, han mantenido a Cartagena en este estado de letargo de brisas y mar.

Al alcalde de Cartagena, William Dau, hay que decirle que un insulto de manera amable produce el mismo efecto que de manera alterada. Prepárese en técnicas de resistencia al insulto y desnude sin asco los nidos de ratas y ratones.

Al alcalde de Cartagena hay que decirle que todos usamos malas palabras, que sabemos varias, que las hemos aprendido en la calle, en la casa, y que tenemos exponentes sobresalientes en lenguaje procaz, pero que no degrade su vocabulario para atacar a sus detractores.

A los concejales de la ciudad hay que decirle que ese ejercicio de control que dicen ejercer es una vergüenza. Que las vulgares palabras del alcalde son tan vulgares como sus acciones y omisiones. El concejo es una corporación  desprestigiada, no desde los escándalos de libros y dádivas en los tiempos del Alcalde Pop, sino cuando las mafias de paramilitares se unieron con familias de “abolengo” para mantener a la ciudad como centro de sus operaciones.

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A los concejales de la ciudad hay que decirle que el control que dicen ejercer es una vergüenza. Que las vulgares palabras del alcalde son tan vulgares como sus acciones y omisiones

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A los mercaderes de la información de Cartagena hay que decirles que las empresas del Estado no son las financiadores de sus prácticas gastrolaborares.

A los mercaderes de la información hay que decirles que si no logran negocios que transen información oficial por difusión en sus “medios” no pueden, reactivamente, usar prácticas extorsivas, solo porque en el pasado las mafias políticas les dieron dádivas, órdenes de servicios y hasta tapabocas, cuando aún no era tiempo de Coronavirus.

A los mercaderes de la información hay que decirles que no sientan vergüenza por la escena ocurrida en el concejo de la ciudad, que sientan vergüenza primero de sí mismos por querer presentarse como oficiosos de un arte donde prima la coherencia como escudo de la dignidad, es claro que ninguno la tiene.

A la ciudad hay que decirle que tenemos al alcalde que elegimos, que sabemos que no profesa la hipocresía de los politiqueros, algunos de los cuales están hoy en el concejo.  Que si se le sale una mala señal, o si se le salen unos cuantos hijuematernales, hay que censurarlo, pero no por enfrentar a los poderes encostrados.

A la ciudadanía hay que decirle que si quiere salir a tocar el caldero, la palangana, el sartén o cacerola en apoyo o en rechazo de alguien, que lo haga. Es el reflejo de una sociedad que se expresa con libertad. Capaz de reconocer las diferencias entre el que lucha por una sociedad honesta y el que intenta impedir que sus patrañas salgan a la luz.

A la ciudadanía hay que decirle que en medio de esta situación hay que rodear al ejecutivo, porque desde que William Dau asestó, contra todo pronóstico, el golpe letal a la clase política, representada en ese momento por William García, la estrategia de esa clase política fue alentar la ingobernabilidad con el eco bochinchero de los mercaderes de la información.

A los concejales y al alcalde hay que decirles que la situación ocurrida en la sesión digital es de lejos insignificante ante la presencia letal del coronavirus. Que se hace necesario un trabajo mancomunado en beneficio de una ciudadanía que espera que sus elegidos sean capaces de mostrarse lo suficientemente inteligentes para reconocer que hay una bomba de tiempo que se acelera con los días.

 

A los entes de control hay que decirles, que son una vergüenza generalizada, porque en sus entrañas ha propagado el clientelismo como virus letal. Hay que decirles que sus investigaciones han de hacerse de cara a la ciudad, para destituir o inhabilitar a aquellos que dicen más que palabras soeces y que llevan años en la administración reproduciendo las mismas prácticas deshonestas.

A la ciudadanía hay que decirle que el gobierno de los malandros ha dejado por toda la ciudad una grasa pegajosa que se podría quitar solo con un jabón cargado de honestidad. Si algo queda de ese jabón, podemos cepillarle la boca a todos aquellos que hayan dicho palabras soeces comenzando por el alcalde y los concejales.

 

 

 

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