Carta al Ñoño Elías de alguien que lo conoció

"Lo que los colombianos saben hoy de ti y de tu socio, Musa Besaile, lo sabemos desde hace tiempo los sahagunenses"

Por: Julio César Pérez Méndez
julio 27, 2017
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Carta al Ñoño Elías de alguien que lo conoció
Foto: El Heraldo

 

Senador, Bernardo Elías: me pregunto, Bernardo, si en los últimos meses te has permitido una pausa para reflexionar sobre tu conducta. En el Colegio María Auxiliadora, de Sahagún, donde ambos estudiamos, la hermana Aida Luz Vásquez (muy cercana a tu familia, en especial a tu tía, la incomparable seño Chicho), solía insistir en que el respeto es la fuente de la que debe abrevar el hombre prudente. Tal vez no lo recuerdes, pero una de esas mañanas tibias en que nos alineaban en la cancha de baloncesto, la hermana Aida Luz explicó que la palabra Prudencia provenía del griego Phrónesis (Frónesis): una forma de sabiduría que nos permite discernir los modos y las razones para actuar con virtud y fomentar la excelencia del carácter. En otras palabras gracias a ella comprendemos lo correcto de lo incorrecto, lo justo de su contrario, la equidad de su anomalía.

Respecto a la ambición advertía la hermana Aída Luz que era como un corcel, un corcel inagotable siempre y cuando supiéramos llevarle la rienda. Años después, creo que en tu caso, la carrera sobre ese corcel ha sido tan frenética que si buscas la fuente de la que habló la hermana, solo hallarás el más pedregoso de los baldíos. Temprano ensillaste la bestia para jamás volver: lo que los colombianos saben hoy de ti y de tu socio, Musa Besaile, lo sabemos desde hace tiempo los sahagunenses: sea porque no les faltan oídos a las paredes, porque sus alfiles se encargan de filtrarlo o porque resulta imposible ocultar en un pueblo tan pequeño hectáreas y ganado innumerables.

Hoy, tristemente, eres el sindicado mediático del escándalo Odebrecht. De él sostienes que es apenas un “impasse” en tu vida cuando bien podría verse como el eslabón más prominente de la cadena de trapisondas que, se dice, arrastras de vieja data: compra masiva de votos, licitaciones amañadas (en las que abundan los proponentes únicos), sobrecostos en los contratos, porcentajes que se reparten entre alcaldes, gobernadores y funcionarios públicos del orden local, regional y nacional, carteles de la salud, malversación de dineros de regalías, obras públicas administradas como empresas privadas por tus familiares.

De Sahagún, oportuno sea citarlo, has hecho a los ojos de algunos un paraíso de cemento y acero o un sepulcro blanqueado, para otros. A juicio de los últimos, con cada una de las obras públicas que brillan en la vitrina del “progreso municipal” se llenaron los bolsillos de unos cuantos a expensas del erario (el erario, Bernardo, esa entidad abstracta que debe paliar el sufrimiento de niños y viejos, pobres y ricos, pero que resuelve, más bien, los impuestos, combustible y mantenimiento de yates en las marinas de Cartagena). Nada ha sido probado, es cierto; como incierto es el rumbo que siguen las acusaciones a gente como tú en las instancias judiciales del país. Gustavo Moreno, el fiscal anti corrupción que en vez de cazar a la presa terminó cazado por ella, es la prueba más reciente de esa incertidumbre. ¿Te imaginas lo que llueve en otros lares,si no escampa en la misma Fiscalía?

El caso es que te izaron como congresista para que representaras los intereses de tus electores y te esforzaras por resolver sus apremios; sin embargo, tal parece que olvidaste la Frónesis que aconsejó la religiosa de tu juventud y no aprendiste a comprender: junto a Otto Bula preferiste alinearte con una multinacional en vez de que la libre competencia generara ahorros en las arcas públicas, así como favoreciste aumentar los peajes (oprobiosos en la cantidad que fuere) que se instalarían en la Ruta del sol II, sabiendo que perjudicarían a los miles que por allí transitaran. Seguiste, entonces, iguales criterios que el mercenario: obedeciste al postor que más tuvo para ofrecerte. No obstante, Bernardo, fíjate en esta paradoja: aunque como congresista poco generoso has sido con Colombia, pues acaso tu patria primera sea el dinero, Colombia te juzgará bajo las prerrogativas de un fuero con el cual te defenderás a tus anchas: un fuero que te dieron los miles a los que traicionaste.

Tus preocupaciones deberían ser pocas, de todos modos. Si culpable te hallan, más será la casa que la cárcel que pagues y los millones que te corresponda restituir afectarán tus inversiones tanto como quitarle el pelo a un gato. Y si eso te sabe a poco, verás cómo te es fácil conservar intacto el privilegio de reinar en cuerpo ajeno, rodeado de fieles que coreen tu nombre: sabes (eso sí lo sabes) que en Córdoba nada aprenderemos de Odebrecht como nada aprendimos del 8000 de tu tío Joche o de la parapolítica de Salomón, Zulema, Juancho y Reginaldo.

Averiguo con motivo de esta carta que el concepto de Frónesis, Bernardo, aparece en un libro de Aristóteles: Ética para Nicómaco, escrito en el siglo IV A.C. Lo consigues a buen precio en librerías nacionales o lo pirateas impunemente de internet. Supongo que nunca será tarde para comprender.

 

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