Carta abierta a la vicepresidenta Francia Márquez

Una estudiante de ciencias políticas le pregunta a la vicepresidenta sobre su discurso y sus batallas. Le pregunta cuánto no arriesga cuando habla de los nadie

Por: María Ángela Álvarez
octubre 06, 2022
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Carta abierta a la vicepresidenta Francia Márquez

Hoy te escribo como estudiante de Ciencias Políticas en formación y como una joven más preocupada por lo que deparará el futuro de nuestra nación en expectativa de los resultados que arrojará el nuevo gobierno del cambio, como ustedes lo han llamado. Me dirijo a ti, señora Vicepresidenta, que sin duda eres la representación viva de una sorpresa política, mujer que conmueve nuestras emociones con discursos que velan por la lucha de la igualdad en un país que mantiene vivo el legado imperial y al que se le ha olvidado durante años el poder con el que cuentan los históricamente oprimidos.

Esta carta va dirigida a ti, mujer afrocolombiana, criada en la cuna de un territorio ancestral, víctima del conflicto armado colombiano, del racismo estructural y de las decisiones de una élite dirigente que se desentiende de las comunidades vulnerables. A ti, mujer que se reconoce a sí misma como inspirada por la lucha de la libertad y cuyo objetivo se enmarca en “recuperar la dignidad expropiada” en aquellos territorios a los que tú denominas espacios de vida; mujer convencida de la necesidad de realizar esfuerzos para garantizar la vida, los Derechos Humanos, la paz y la protección del medio ambiente. Tal como tú misma lo dijiste en la radio eres “una mujer negra, empobrecida, rural, que representa a los nadies”.

Aun así, es imposible para mi no expresar preocupación y no cuestionarme ¿Cuánto de ti no arriesgas al encontrar tu mente, cuerpo y espíritu inmerso en el mundo de la política actual?

Inicialmente, considero que debemos comprender que el presente de nuestro país no es más que la representación de las heridas que no hemos sanado de nuestra propia historia, las dinámicas de nuestra actualidad son la continuidad de prácticas violentas, intolerantes y nocivas que han sido escritas usando a la sangre como tinta la cual, de modo irónico, ha contribuido a la paulatina construcción de nuestro Estado.

En este sentido, es preciso traer a colación a la socióloga y docente Colombiana María Teresa Uribe quien se pregunta “¿Qué sucede cuando el pasado deja de ser algo muerto, inmóvil y distante para convertirse en presencia viva y en configurador de repeticiones, circularidades o nuevos rumbos y orientaciones de futuro?” Por lo que pienso que para el estudio de la política en nuestro país es necesario trascender de los dictados de la razón y las normas y ocuparse también de la narrativa, de las emociones y las memorias. De tal forma, en esta carta pretendo hacer un recorrido a lo que Uribe denomina “las palabras de la guerra” intentando así justificar el origen de mi preocupación con respecto a lo que tú, Francia, representas.

Veo, entonces, en la práctica democrática de nuestra actualidad el legado del idioma de la democracia de nuestro país: La guerra, pues, la génesis de nuestro sistema democrático se encuentra en los enfrentamientos civiles del siglo XIX.

Sin duda alguna, las guerras han contado con trascendencia innegable, han representado el quiebre de órdenes que se traducen en alteraciones y cambios en la población. Es así como nuestro pasado conforma una larga lista de enfrentamientos y de sangre derramada que hace parte de nuestro imaginario de nación desde el momento que proclamamos la Independencia; sólo basta con mencionar la Patria Boba (1812-1815), la Guerra de los Supremos (1830), la Guerra por las Soberanías (1862), la Guerra de las escuelas (1876- 1877) entre otras que enmarcan las innumerables guerras civiles producto del choque de ideologías. Lo que me lleva a considerar que es casi ilógico pensar que para Colombia la violencia, de la forma más cruda posible, también ha representado orden, construcción y estipulación de lazos políticos a nivel nacional, regional y local.

Jorge Orlando Melo, afirma, para la mayoría de los políticos y de los jefes militares era legítimo violar todas las leyes fundamentales según lo que cada uno estimara que podía ser el bien común o lo que era mejor para la patria. La derrota se concebía como un desastre desde la propia perspectiva y en lugar de aceptarla y adaptarse a ella como lo mandaban las reglas, consideraban que tenían el pleno derecho de desobedecer y de buscar distintos métodos, esencialmente bélicos, que llevaran al triunfo.

¿No vivimos hoy en la misma dinámica? A pesar de que el objetivo no sea el cambio de la constitución según la conveniencia, continuamos intrínsecamente divididos.

En sentido general, la polarización no es completamente negativa, esta también significa pluralismo y representa diversidad de ideas. Sin embargo, en lugar de aceptar formas de pensar ajenas, vivimos en constantes pugnas donde se protagoniza a la arrogancia y se expresan delirios de superioridad, lo cual ha conducido que no se le dé relevancia a la construcción de la política sino a la construcción del poder, olvidando así la necesidad de una buena administración y contribuyendo así al afianzamiento de la violencia política.

Es así como hemos construido un contexto idóneo para legitimar los conflictos bélicos haciendo uso de la retórica para aniquilar al otro, para convertir intereses privados en colectivos, para despertar el deseo de tomar la armas en justificación de necesidad y de oportunidad, hemos usado el lenguaje para causar miedos y pasiones, para estipular una narrativa que no ve personas sino que crea héroes y villanos ¿Seguiremos estando hoy dispuestos como diría Mark Johnson a que las palabras sigan teniendo el poder de matar?

Es justo aquí donde encuentro interrogantes que surgen de mi preocupación inicial ¿Cuánto no arriesgas al encontrare inmersa en este mundo de la retórica política? ¿Cuánto no arriesgas al mantener el discurso de los “nadie” y de los oprimidos? ¿Cuánto no arriesgas al tener la posibilidad de contribuir a la narrativa del “bueno y el malo”? ¿Cuánto no arriesgas en mantener un discurso que tiene la posibilidad de generar más racismo y exclusión en lugar de abolirlo? ¿Cuánto no arriesgas en poder influir en la dramática de relatos de horror? Frecuentemente nombramos las heridas actuales, y en muchas ocasiones parece no ser suficiente y evocamos la sangre derramada en el pasado con odio y tristeza ¿No es esto seguir nutriendo a las palabras de la guerra? En definitiva, el pasado vive en nuestro presente y es representado a través de la palabra.

En un momento tan crucial para nuestro país, es necesario una reinvención la cual debe encontrar su origen en el verdadero perdón y en la reconciliación. Es necesario dejar de lado la premisa que nos indica que la guerra nace para crear democracia, nuestro imaginario de nación no debe construirse en la retórica de las confrontaciones, por lo que es imperante que no continuemos permitiendo que nuestra historia se escriba con hilos de sangre.

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