Carlos Alonso Lucio: el cerebro teórico del referendo contra la adopción gay

El excongresista esposo de la senadora Viviane Morales en su libro ‘Cristianos salgan del closet’, argumenta por qué los niños deben crecer con “papá y mamá”

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Septiembre 15, 2016
Carlos Alonso Lucio: el cerebro teórico del referendo contra la adopción gay

El excongresista Carlos Alonso Lucio y su esposa la senadora Viviane Morales fueron casados por el pastor Darío Silva, cabeza máxima de la iglesia cristiana Casa sobre la roca el 11 de diciembre del año 2000. Ambos siguen muy vinculados al movimiento de Iglesias Cristianas, cuyos feligreses son una de las bases electorales de la senadora. Lucio, quien está vinculado a proyectos agroindustriales en el Valle del Cauca, dedica buena parte de su tiempo a hacer una lectura política de los preceptos cristianos, de allí su libro Cristianos ¡salid del closet!. Es un llamado a no tener vergüenza para defender visiones que pueden resultar anticuadas como la de regresar a la familia tradicional y por eso el eslogan “Firmo por Papá y Mamá” con el que lograron las 2 millones de firmas que le dieron vida al referendo que logró su primer triunfo en la Comisión Primera para abrirse paso hacia la consulta popular.

Aunque Lucio no aparece en la escena pública, éste es una parte del mismo

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“El día que Viviane expuso su propuesta para que fuera el pueblo quien decidiera, vía referendo, si los niños desamparados pudiesen o no ser adoptados por parte de parejas del mismo sexo, nos cayeron como garrotes todo tipo de agravios.

Viviane no estaba haciendo algo diferente a cumplir con su deber de senadora en armonía con su condición de ciudadana cristiana, dentro de los parámetros de la democracia consagrada en la Constitución Política que rige, al menos teóricamente, en nuestro país. Pero no, lo que en sana lógica supusimos que engendraría una controversia abierta y franca de tesis contradictorias, recibió como respuesta un sartal de insultos, falacias y conspiraciones que dibujan de cuerpo entero la degradación del debate público que ha contribuido a esculpir con dolo antidemocrático la red LGTBI.

El primer síntoma de la degradación del debate público lo percibimos a través del talante intolerante, casi paranoico, con que los opositores respondieron al referendo. Para la red LGTBI toda tesis que se oponga a sus banderas tiene que ser estigmatizada, a como dé lugar, como de origen homófobo, inquisitorial e inspirada en religiosidades, según ellos, inaceptables en el ámbito la razón pública. Les resulta, más que inconcebible, inaceptable que quienes los contradecimos seamos sujetos susceptibles de conjugar fundamentos éticos, filosofías alternativas y experiencias de vida respetables.

Tampoco han tenido reparos en abundar en argumentos engañosos para descolocar los epicentros de la discusión, repitiendo hasta el delirio que el referendo viola el derecho de las parejas del mismo sexo a la adopción. No han cumplido con el mínimo ético de reconocer lo que de sobra conocen: que el derecho a la adopción no existe y que no existe para nadie; ni para parejas heterosexuales y ni para las del mismo sexo, ni para hombres o mujeres solteros, independientemente de sus preferencias sexuales. Optaron por la táctica engañosa de hacerse pasar por víctimas de la violación de un derecho que no existe.

Lo que sí está claro, escrito y refrendado, es que la adopción es un mecanismo de protección de los derechos de los niños y que la red LGTBI también ha optado por la táctica de hacer oídos sordos a esta realidad, queriendo desaparecerla por completo de la discusión, conscientes de que su aceptación conduciría al desenmascaramiento de la verdadera arquitectura de su planteamiento: sobreponer las aspiraciones de algunos adultos homosexuales a los derechos universalmente prevalentes de los niños.

Del mismo modo escogieron la artimaña de la ofensa personal contra Viviane para eludir la fuerza argumental de la propuesta, al tiempo que intentaban la vulneración moral de su contradictora. En lugar de refutar nuestras tesis, se dieron a la tarea sistemática de desenfundar fantasmas que mancharan de sospechosas las verdaderas intenciones del referendo. La acusaron, por ejemplo, de rendirse a mezquinos intereses electorales de su partido, del mismo partido que los líderes LGTBI reivindicaron como su aliado cuando su director salió a refutar a Viviane por declararse afecto a la adopción de niños desamparados por parte de parejas homosexuales.

Así mismo, se hace imprescindible hacer consciencia social de la sobreexposición mediática de la polémica, así como de todos los temas relacionados con la agenda LGTBI.

Cuando advertimos la sobreexposición mediática no lo hacemos en relación con el despliegue abundante y constante que hacen los medios de comunicación en relación con la adopción por parte de parejas homosexuales -somos los primeros en destacar la importancia del debate-. Ocurre que nunca podrá diagnosticarse la sobreexposición de un tema en relación con el tema mismo; resulta un imposible lógico. A señalar la sobreexposición mediática de un tema sólo podrá llegarse a través de la comparación que hagamos con la exposición que hagan los medios de comunicación de otros temas que consideremos igual o más importantes para la sociedad o para la vida.

No es que desdeñemos el carácter trascendental de discusiones como la de la adopción o la del matrimonio entre personas del mismo sexo o la del aborto, sino que nos llama poderosamente la atención los escasos espacios que les destinan los medios de comunicación del poder a temas como la injusticia social o la indignidad de nuestras relaciones como nación frente a los países poderosos, a la desesperanza y el sin futuro de más de la mitad de nuestros jóvenes o al sufrimiento y la desprotección de la mayoría de nuestros ancianos, a la deshonra que nos significa ocupar el sexto lugar en el mundo entre los países de mayor concentración de la riqueza o al impresentable nivel de degradación al que ha llegado el debate público en nuestro país.

En este mundo de poderosos e injustos intereses, es pertinente pensar que han convertido la agenda LGTBI en un magnífico sofisma de distracción de la opinión pública, para que no asuma los debates y la defensa profunda de las causas que verdaderamente afecten las estructuras sobre las que se soportan las desigualdades sociales, los abusos del poder, las ignorancias expandidas y, en general, las violaciones de los derechos humanos, socio-económicos y ambientales de todos los pueblos del planeta.

Con la propuesta del referendo sobre la adopción de los menores desamparados por parte de parejas homosexuales nos estamos jugando la conquista histórica que erigió los derechos de los niños como derechos prevalentes sobre todo derecho, pero nos estamos jugando mucho más.

Nos estamos jugando el derecho a exigir un debate público franco, abierto y ético, indispensable para la educación democrática de la sociedad.

Nos estamos jugando el derecho a ejercer la democracia participativa en toda su vitalidad. No podemos seguir dejándonos trampear con la prestidigitación de un neoconstitucionalismo que sólo acude al pueblo como recurso teórico para legitimar las decisiones que toman los pocos designados en unas altas cortes funcionales al verdadero poder, cuando no, a sus propias veleidades y corrupciones.

Nos estamos jugando el derecho a creer de los creyentes. El derecho a ejercer nuestra ciudadanía basados en los fundamentos éticos y filosóficos derivados de nuestra fe. El derecho a cumplir con deber cristiano de ser sal y luz en la sociedad y en la historia con nuestro evangelio del amor.

Son estas las razones de fondo por las cuales decidí escribir este Manifiesto Cristiano por la Defensa de los Derechos de los Niños, la Democracia y la Fe.

No es digno ni democrático, edificante ni pertinente, seguir callando o sometiéndonos a la tergiversación premeditada de nuestra lucha. Quien se interese por entender las entrañas de nuestro pensamiento y nuestro corazón, aquí podrá hacerlo.

En esta introducción sólo me resta hacerles una respetuosa solicitud:

En el bello libro “Jesús de Nazaret” del Papa Benedicto XVI, me cautivó la frase con que pide a sus lectores una actitud diáfana frente a su texto. Porque me cautivó y porque comprendo el crispamiento y las prevenciones que ha sembrado el hábito mediático del escándalo, la hago también mía:

“Pido solo a los lectores y lectoras esa benevolencia inicial, sin la cual no hay comprensión posible”.

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