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Camino al Camposanto

La guerra entre pandilleros acabó con la vida de un muchacho de 19 años en Cali. Crónica de su sepelio

Por: Jessica Diuza Lemos
Julio 01, 2016
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Camino al Camposanto

“Dales señor el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua”, es la oración que pronuncia el Sacerdote mientras los amigos más cercanos al difunto vestidos de negro, con el rostro pálido, los ojos rojos y las lágrimas a punto de salir, bajan  el ataúd a lo más profundo del hueco.

La madre llora la pérdida de un hijo; las tías arrojan flores blancas y  amarillas. Al fondo se escucha una canción de Diomédez y las botellas de Aguardiente que llevan en la mano algunos de los asistentes alcanzan a brillar con la poca luz que refleja el sol.

En el cementerio Metropolitano del Sur se respira un mal aire. El viento es frío, el día se ve opaco, no por la lluvia, sino por la tristeza y melancolía. Decirle adiós a un ser querido es uno de los momentos más difíciles por los que puede pasar una persona. Nadie está preparado para afrontarlo.

La muerte llega sin avisar y de repente, como la visita inesperada que recibió Miguel Ángel días antes de cumplir sus 19 años. Una guerra absurda por el  territorio entre pandillas cegó su vida.

Su cuerpo fue velado en casa hasta la madrugada. Carmen, la madrina, obsequió dos libras de café; la vecina de al lado, azúcar. Para el día del sepelio se contrataron 3 buses. A la 1:30 de la tarde salieron en caravana rumbo al camposanto. Con pitos y pancartas rechazaban su muerte.

Adornos hechos en  icopor, ramos de flores grandes y agua bendita esperan en la entrada para decir el adiós definitivo. El cura dice las últimas palabras, cierra la biblia,  y lentamente van bajando el ataúd.  El sepulturero con pala en mano echa tierra. Un vacío se apodera de los asistentes.

La madre se agarra la cabeza, siente unas ganas infinitas de llorar, de gritar: ‘Por qué lo mataron, por qué me mataron a mi muchacho’.

La prima Nanci no aguanta la presión, se desmalla. Su esposo le acerca a la nariz un pedazo de algodón mojado con Menticol.

La vida y los sueños de un joven terminan. En la mente de las personas que compartieron con él quedarán los recuerdos de los momentos vividos. Con la promesa de volver el próximo domingo a visitar la tumba y a decorar la lápida,  termina el sepelio.

Dolor, miedo e incertidumbre son los sentimientos que se tejen al rededor de la muerte.

Para los que ya partieron. “Que descansen en paz. Amén” .

@yesslemos

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