Caín o Abel: la intrigante carta de un expresidente

Se añora el viejo deseo de un sector del pensamiento extremo colonial: que intervenga (¿más?) el Coloso del Norte en nuestro territorio y lo más pronto posible

Por: José Ignacio Correa M.
diciembre 01, 2021
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Caín o Abel: la intrigante carta de un expresidente
Foto: Pixabay

La misiva dirigida al secretario de la ONU por un expresidente “en condición de judicializado”, según sus propias palabras, resulta intrigante  –por decir lo menos–  y retadora para un lector empedernido, en trance de analista.

Lo primero que llama la atención es el "descuido" con que ha elaborado un documento que  –con toda seguridad–  él sabía que habría de viralizarse desde la madrugada de este miércoles 24 de noviembre, cuando lo publicó en su cuenta de la red del pajarito.

Así, se socializa un texto que lleva consigo omisiones, anacolutos y mucha oscuridad alrededor de su contenido, descuido inexplicable, si recordamos que desde la mitad del día anterior ya estaba anunciando la comunicación: "enviaré una respetuosa carta sobre los 5 años del Acuerdo de La Habana y la polarización nacional".

Con el tuit del 23 de noviembre, un lector desprevenido pudo esperar claridades acerca de, por ejemplo, “la polarización nacional” y su relación con el “Acuerdo para la terminación del conflicto armado y la construcción de una paz estable y duradera”, en la medida en que no se refiere a los acuerdos parciales sino al “Acuerdo”, así con mayúscula y cargado de todo el sentido esperanzador que tenía el documento firmado hace cinco años. Pero, como en tantas ocasiones anteriores, el lector desprevenido vuelve a ser decepcionado en el horizonte de expectativas que se había forjado.

La respetuosa carta que se anunció el día anterior realiza una enumeración de enunciados rebosantes de amargura y resentimiento, en los que se hace gala de un marco cognitivo que, al decir de Lakoff, es una estructura mental profundamente arraigada que determina la comprensión que del mundo ha hecho una comunidad. Y aquí se trata, no hay duda, de un marco rigurosamente conservador, correspondiente a la moral del patriarca estricto que proclama “ha llegado la hora del castigo y la venganza. Y si tiene que haber víctimas colaterales, que así sea” (Lakoff, 2017, p. 80). Y no debemos olvidar que, como nos enseñara el mismo teórico norteamericano, el pensamiento conservador no busca “conservar” ninguna tradición, sino retrotraernos a tiempos de mayores privilegios para una clase y mayores desventajas para las demás.

Y, en esta carta, ante la imposibilidad de exhibir un enemigo poderoso desde lo simbólico, se explora el retorno a la época en que tenían a quién culpar de todos los males y desdichas de una cultura política centrada en la defensa de las prerrogativas que, desde el comienzo de nuestra vida republicana, ha ostentado la clase hegemónica, por cuanto, “sin el contrapeso de la guerra, un gobierno no podría establecer ni siquiera la esfera de su propia legitimidad”, como nos dejó dicho para siempre Eco en su Construir al enemigo.

Para el efecto, emplea 10 de sus comentarios a pasar cuenta de cobro al gobierno que se atrevió a sentarse con “la guerrilla más antigua del mundo” y logró que abandonara las armas; 9 comentarios son para dolerse del pobre gobierno actual y sus fuerzas militares que deben soportar los cuestionamientos de nacionales y extranjeros (olvidó decir que también del partido de gobierno); 2 enunciados son para hablar de la imposibilidad de acuerdo con Venezuela; 2 comentarios se distinguen por su vaguedad y retórica hueca; y otro para hablar de la “democracia más extensa (!) de América Latina y Caribeña”.

Atención especial lo merecen los comentarios 7 y 26. En el primero, se añora el viejo deseo de un sector del pensamiento extremo colonial: que intervenga (¿más?) el Coloso del Norte en nuestro territorio y, ojalá, lo más pronto posible.

Y, en el culmen del éxtasis mesiánico, evangeliza a Guterres diciéndole que en nuestro país “el amor no ha sido escaso y el perdón ha sido una constante”, para pasar a ofrecer el remedio para la polarización que ellos jamás han propiciado y por eso puede decir a voz en cuello que: “ni los promotores del acuerdo son guerrilleros ni paramilitares sus opositores”. Ojalá, hubiera sensatez y sinceridad en este enunciado y no fuera solo un significante flotante que se llena de sentido con la perspectiva ideológica de esos que se ubican en el centro del espectro político, a los que Lakoff denomina biconceptuales, porque  –dice él–  el centro no existe.

Ahora bien, el párrafo final de la carta constituye una joya del epistolario universal: habla de respeto, de su “condición de judicializado por razones políticas” y de sus servicios al país, “con dedicación y pulcritud absoluta en el manejo de los recursos públicos”.  Y aquí, resurge el lector desprevenido y se pregunta si efectivamente las causas judiciales que se le siguen al expresidente están referidas al manejo de los recursos públicos o si, como planteara Derrida, con la lógica ausencia/presencia, entre lo dicho y lo callado no existirá un terreno óptimo para la elaboración de hipótesis de comprensión que vayan más allá de lo explicitado en esta carta.

Por último, a manera de respuesta provisoria para el pobre lector desprevenido, recordamos a Edelman quien, caracterizando el espectáculo político, dijo que “el lenguaje que genera y refuerza las creencias sobre quiénes son los aliados y quiénes los enemigos constituye un caso especialmente sorprendente de la proyección de supuestos divergentes en palabras y oraciones” y, diríamos nosotros, ese mismo discurso evidencia la desesperación de un sector que no encuentra claras las salidas e intenta volver a entronizar el imaginario del terror y la guerra, pero con un enemigo difuso, carente de la fortaleza de esa construcción que esperan los discípulos del ideólogo del nazismo, Carl Schmitt, quien les enseñara que la única distinción política debe estar referida a la distinción de quiénes son los amigos y quiénes, los enemigos, pues difícilmente se puede ser Caín y Abel, al mismo tiempo.

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