Breves apuntes sobre sexo y tabú

"Vivimos aún en el oscurantismo de la sexualidad. Le tenemos miedo a explorar ese universo, ese océano infinito de inquietudes, sugerencias y voluptuosidades"

Por: Juan Mario Sánchez Cuervo
agosto 03, 2021
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Breves apuntes sobre sexo y tabú
Foto: Pixabay

Un iluminado dijo alguna vez que sin libertad el amor no podía existir. El amor es todo y está en todo. El terreno sexual, aún masacrado por las formas camufladas del puritanismo y la mojigatería, es de la esencia misma del amor. Decir que el amor debe ser incondicional me suena a pleonasmo. El amor es incondicional o no es amor.

El tema sexual aparece en mi obra solo para denunciar la hipocresía en torno a una esfera esencial del ser humano. Es extraño que el ser humano, en plena era atómica, cuántica y espacial, le tenga miedo al viaje al interior de su erotismo. Alguien decía que si se le quita el misterio al sexo pierde su erotismo y su magia.

Yo pienso todo lo contrario. Hay que desmitificar el sexo, quitarle el antifaz hipócrita con que lo cubren los estereotipos sociales, la norma, el puritanismo, la religión. Entonces podría desaparecer la violencia sexual, el abuso.

No creo que un puritano, un pulcro del sexo, un hipócrita disfrute del erotismo. Yo quisiera que el ser humano alcanzara las estrellas del orgasmo. Es más, que contemplara cómo estallan constelaciones de placer en sus entrañas, en cada célula, en cada recodo de sus zonas erógenas, en cada palpitar de la piel, en cada aliento.

Lo tabú, lo transgresor, está en mi obra por obligación, no por capricho y menos por morbo. La palabra “puta” sigue siendo un estigma después de 2.000 años de pronunciada la frase piadosa: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. En mis obras la palabra “puta” es el máximo elogio a la mujer y la mayor defensa de la mujer.

Si la decisión dependiera de los machistas, las mujeres “infieles”, adúlteras y putas serían lapidadas, mutiladas, masacradas. Si de los hombres machistas dependiera le pondrían candados y salvaguardas a los órganos íntimos de “sus” mujeres y esposas. Si de ellos dependiera le mutilarían el clítoris a la mujer. A esa psicopatía la llaman “amor”.

Vivimos aún en el oscurantismo de la sexualidad. Ni qué decir del erotismo, le tenemos miedo a explorar ese universo, ese océano infinito de inquietudes, sugerencias y voluptuosidades. Defiendo la libertad sexual, el poliamor, el lesbianismo, el pansexualismo, lo gay, cualquier expresión del erotismo en el marco de la legalidad, de los derechos humanos, del libre desarrollo de la personalidad; en el marco del respeto por el otro,  de la salud pública.

Defiendo la lealtad; en cambio, cuestiono el manido concepto de “fidelidad”. ¿Fidelidad? A uno mismo. ¿Y pertenencia a otro? Otro pajazo mental de los miles que habitan en la mente del autodenominado ser humano.

La evolución biológica nos condujo al homo sapiens. Pero la humanidad es un hacerse, y corresponde al plano de la evolución espiritual, que es necesario construir. Uno no pertenece a nada ni a nadie. No nos pertenecemos ni nos controlamos a nosotros mismos como para pretender controlar o poseer a otros.

“Mi” señora, “mi” novia, “mis hijos”: eso me da risa. Tal vez sí es válido decir “mi” muerte, que la poseemos anticipadamente y cohabitamos con ella. No tenemos plena libertad para elegir como para pretender negar la libertad del otro. Sin libertad no hay amor. El amor y el miedo no pueden coexistir.

El celoso, la celosa, no aman: en ambos impera el instinto de destrucción de su pareja, pues cree que ella solo puede ser feliz a su lado. Le pertenece a él o a nadie. Prefiere matar a perder el objeto que le da placer. Lo más desconocido en el mundo es el amor. Y el amor erótico es un terreno que apenas comienza a explorarse.

En el sexo y el amor lo que vale es el respeto, la responsabilidad, la no violencia, la libertad. En un mundo devorado por el miedo, es apenas obvio que sea un escándalo dejar al desnudo los bajos instintos y la verdad de nuestra oscuridad: somos unos ángeles que se regodean como puerquitos en el fango celestial de lo prohibido, de lo secreto, de lo insaciable.

En el alma humana habitan luces y sombras; pero más sombras que luces. Sade fue un precursor, pero pecó por exceso. D. H. Lawrence, Henry Miller, Bukowski y Anäis Nin abrieron las puertas para que observáramos sin las antiparras de la mojigatería la exquisita interdependencia de lo erótico y lo tanatológico. Puede sonar pretencioso, pero yo les sumerjo el hocico a mis lectores en las claroscuras aguas del amor erótico. Yo voy más allá de mis precursores.

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