Boyacá, mucho más ciclista que futbolero

En la tierra de idolos ciclistas, los niños, los adultos mayores y la mayoría de personas hablan de este tema en su diario vivir

Por: Óscar Ayala
febrero 17, 2020
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Boyacá, mucho más ciclista que futbolero
Foto: YouTube

Dijo el recordado entrenador escocés William ‘Bill’ Shankly: “algunos creen que el fútbol es solo una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho más importante que eso”. Pues en Boyacá el ciclismo es una cuestión que, efectivamente, va más allá. En este departamento las bielas hacen parte de su esencia como la ruana, como los páramos, como el ‘sumercé’.

El ciclismo, en Boyacá, se aleja de cualquier consideración mundana o cálculo de inmaterial. No se trató de una súbita “fiebre” de ciclismo como un medio de comunicación que quiso significar el momento que se vivió por el Tour Colombia 2.1; se trata, más bien, de una realidad congénita implacable y poderosa que permite aprenderlo sin maestro, practicarlo solo o en compañía, disfrutarlo en el ascenso o en los planos, sudarlo hasta el dolor, llorarlo, reirlo y, cómo no, abrazarlo sin la mayor prevención.

Un niño de unos 7 años abrió sus verdes ojos mientras aplaudía y le hacía ademanes a Egan cuando este cruzaba la línea de meta de la tercera etapa de la competición, en Sogamoso.

“Mamá, mamá, es Egan”, dijo en medio de la impresión verdadera que solo es permitida en los seres humanos antes de cumplir cierta edad. La madre asintió orgullosa. Su hijo ama el ciclismo.

Así es la relación de este departamento con este deporte. En los cafés del Pasaje de Vargas, emblemático tinteadero de Tunja, se habla del Arkéa y del Ineos como en otras latitudes se habla del Real Madrid o el Barcelona.

“El problema de Nairo fue el Movistar. A quién se le ocurre poner a tres capos en un mismo equipo. En cambio, mire el Ineos: dejó correr a Bernal (Egan) y todos sus compañeros trabajando para él y ganó el Tour de Francia”, dice uno de los contertulios quien, a ojo de buen cubero, ronda los 65 años.

“Esperemos que en el Arkéa lo dejen. Ese equipo quiere sobresalir y la oportunidad que tiene es con él”, dice su contraparte tal vez de la misma edad, antes de conocerse que el ciclista oriundo de Cómbita ganó su primera competición desde 2017: el Tour de la Provence.

En las cafeterías de Boyacá, la gente siempre se agolpa para ver las carreras en las que compiten colombianos. La emoción que genera el ciclismo está ligada al esfuerzo casi sobrenatural que ejerce un pedalista cuando se escapa subiendo una montaña.

Es la emoción por el trabajo duro antes que por el simple y presumido triunfo. Este viene por añadidura. Es parte del proceso.

En las calles, Fabio Aru es estrella e Higuita es el apellido de una nueva figura del ciclismo colombiano y no un exarquero de la selección colombiana de fútbol. ¡Acá el tema está claro!

En las carreteras, los campesinos dejan por momentos su labor para salir y ver la veloz caravana de pedalistas que serpentea por las carreteras boyacenses, esta vez adornadas de paisajes amarillos por las fuertes heladas de esta época.

Todos lamentan que Nairo no hizo presencia, que el ‘Supermán’ López no estuvo. “Es porque los equipos no vinieron, se quedaron en Europa preparando la temporada”, dice Alberto Rodríguez en medio de su disertación en la que trata de explicar por qué Boyacá es tierra de ciclismo.

Esa explicación llega en el mismo momento en que se difunde una noticia: Rocky, uno de los perros de Nairo, está perdido. El propio pedalista difunde un video pidiendo ayuda para encontrarlo.

Las redes sociales hacen lo suyo: en pocas horas, todos en Tunja están observando perro por perro para ayudar a ubicar a la mascota extraviada.

Y esto pasa porque en Boyacá los ídolos del ciclismo son de carne y hueso. Existen más allá de las pantallas. Son vecinos. Algún familiar estudió con ellos en su niñez. Es fácil encontrárselos en una carretera o centro comercial. Viven cerca. Dan la mano. Tal vez esta es una luz para empezar a develar la misteriosa razón del por qué Boyacá y el ciclismo tienen esta especial relación: ambos son nobles, despojados de vanidades. A veces silenciosos, pero fuertes y aguerridos. De largo aliento. Leales y firmes.

El ciclismo se sufre en soledad, pero se celebra en compañía. Y las premiaciones hablan de su esencia: se hacen en tarimas en los pueblos, en carreteras. Son austeras y los pedalistas están con los aficionados, que pueden tocarlos sin el temor que representa hoy en día acercarse a una celebridad.

El ciclismo es lo opuesto al coctel, a la fanfarria. Sus celebraciones tienen algo de religioso. Son silenciosas con apenas la satisfacción del deber cumplido y el ciclista listo para continuar la batalla. Es una especie de misticismo alejado de la estridencia.

Solo por eso, un deportista de la más alta élite mundial se da el lujo de pedirles públicamente a sus vecinos que le ayuden a encontrar a su perro, y solo por eso el perro es encontrado y entregado sano y salvo. "Gracias Nicolás Quintero”, escribió en su cuenta de Twitter el deportista al tiempo que contaba que Rocky había aparecido.

La carrera transcurre en medio de la alegría siempre presente de los boyacenses por este deporte. Se programan asados entre amigos o ciclopaseos como cuando los niños de otras latitudes programan su ‘mundial’ en el barrio mientras se lleva a cabo el Mundial de la Fifa. Las banderas ondean orgullosas, los más pequeños escriben con tiza los nombres de sus ídolos en el piso y todos se gozan el ciclismo.

Las etapas son emocionantes con llegadas rápidas y de alta categoría. La primera, una contrarreloj por equipos, es ganada por el Ef Education First. En la segunda y tercera se impone uno de la casa, Sebastián Molano. La cuarta es ganada por Sergio Higuita. La quinta nuevamente es sellada por Molano. Al final, en Bogotá, se corona campeón Sergio Higuita.

En una de esas, Urán pasa la línea de meta minutos después del ganador y lo hace con los brazos en alto, riéndose, mamando gallo. La afición se ríe con él, celebra su picardía. Eso es el ciclismo y eso es Boyacá.

Antes de una de las etapas, la mamá de Egan lo abraza, lo bendice y le desea éxitos. Ahí, al lado de la carretera, muy cerca de los fanáticos. Todo bien.

Llega el sábado y los más de cien pedalistas que aún quedan en competencia, pedalean rumbo a Cundinamarca luego de pasar más de una semana en una peregrinación en la tierra más importante que tiene este deporte en Latinoamérica. Una peregrinación en un lugar de montañas, de campesinos, de hombres recios y valientes. Dejaron algo de ellos; pero, más importante, se llevaron en sus piernas un poco de la esencia de la tierra que vio nacer a Mauricio Soler, Fabio Parra, Oliverio Rincón, Rafael Antonio Niño, el ‘Pajarito’ Buitrago, Israel Ochoa, Miguel Samacá, Patrocinio Jiménez, Nairo y ‘Supermán’, entre tantos otros.

Hay diferentes teorías acerca de la relación de esta tierra y este deporte: que por la altura la hemoglobina y el hematocrito se suben, que las escuelas de formación deportiva, que el trabajo de los dirigentes… Muy seguramente ninguna es completa, porque simple e inexplicablemente esta relación es mayor que la suma de sus partes. Es, como los grandes versos o los grandes sucesos, mucho más profunda.

Por eso, el ciclismo en Boyacá no es un tema de vida o muerte, es mucho más que eso.

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