Boris Johnson halla el favor de la Reina y choca contra los conservadores

El brexit camina a trompicones. Aunque las cartas ya están echadas, sigue un pulso de fuerza por el poder

Por: Francisco Henao
septiembre 06, 2019
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Boris Johnson halla el favor de la Reina y choca contra los conservadores
Foto: Twitter @RoyalFamily

Al regresar a Londres, al número 10 de Downing Street, procedente de la reunión del G7 en Biarritz, Boris Johnson sintió que una nueva fuerza lo guiaba, algo, en algún lugar, lo impulsaba a ser arrojado, sintiendo que su misión ahora era irreversible: Salvar a Gran Bretaña de la catástrofe que vaticinaba el Brexit, devolverle aquellos tiempos donde fue grande, con una influencia innegable y cuando su prestigio era reconocido en los ámbitos internacionales. Nadie dudaba de su democracia, una de las más añejas, capaz de hacer brillar las leyes, la libertad y la dignidad de las personas. Los tres años transcurridos desde el referéndum de 2016 habían estado marcados por los titubeos, la indecisión y la ausencia de un líder con ideas y propósitos bien definidos. Los tres años de Theresa May fueron perdidos, pensaba Johnson, por tanto, era el momento de poner fin a una incertidumbre instalada en el seno de las instituciones, específicamente del Parlamento británico que tres veces rechazó el acuerdo de May con la Unión Europea por considerarlo contrario a los intereses británicos.

Para dar el viraje a esa situación de irresolución, Johnson se jugó la vía más atrevida y explosiva que pueda tomar un político, suspender el Parlamento para evitar que se oponga a un Brexit sin acuerdo, es decir Gran Bretaña se retira de la UE por las malas, que significa salir por la puerta de atrás, embozado. La peor manera, precisamente por la cual no votaron los británicos que pensaban en un escenario diferente, con todas las de la ley, sin atropellos, sin amenazas, en orden, de manera limpia. Y el 28 de agosto pidió cerrar el Parlamento con el consentimiento de la Reina que, constitucionalmente, no podía negarse a la petición del primer ministro y así lo concedió.

Sin serlo legalmente, la maniobra se asemeja a algo así como querer demoler la democracia parlamentaria británica, una de las más antiguas del mundo, viene de 1689 cuando Inglaterra erigió y grabó la Declaración de Derechos que restaba poder a los absolutistas Estuardo y el Parlamento recuperó el poder de reunirse periódicamente e involucrarse y tomar parte en las decisiones fiscales. Dejó de ser un mero órgano decorativo y ayudó a sanear las costumbres políticas y fortalecer la sociedad. Entraba a jugar un rol decisivo en la democracia parlamentaria básicamente en tres aspectos: frenar la agitación que desata los lazos que controlan las pasiones, llegar a compromisos firmes, durables y jurídicos y el tercero es vital y esencial para producir concordia y convivencia, evitar el abuso de poder. 1689 —año en que precisamente nació Montesquieu— se movió para establecer un equilibrio entre el rey y el parlamento.

Johnson decidió restringir las sesiones de la democracia parlamentaria en septiembre y octubre, durante un mes, justo cuando se tiene que tomar la decisión más crucial del país en décadas, porque no quiere opositores a su decisión de sacar al Reino Unido con o sin acuerdo de la UE. Su actuación era un acto de provocación, desatar todas las iras y despertar las pasiones más ocultas. Rompió el equilibrio entre el gobierno y el parlamento, pero como dice el constitucionalista británico Vernon Bogdanor, “el Parlamento se queja, pero no llegó a nada en tres años”.

Aun así, el parlamento no acepta tener un papel secundario. Esta amarga disputa ha conducido a la Gran Bretaña a un nuevo territorio político, que no le tocó vivir a Theresa May. Ha dividido más que nunca a los británicos, agrietó al gobernante Partido Conservador y ha provocado quejas de que Johnson ha pisoteado las convenciones de la constitución no escrita del país. Lo que hoy se vive allí es un verdadero choque de lógicas entre, el sí a Europa de los remainers, el no a Europa de los brexíteres, que han llevado al país a desatar una guerra dialéctica, a exasperar los ánimos y a una situación convulsa que provoca odios y divisiones.

Cada lógica se ha encerrado en su propio castillo y construido sus murallas, como en la época medieval, donde cada señor era una isla alejada de todo contacto con los demás y vivían en perpetuas guerras de conquista. Cada lógica tiene su verdad, que parece inexpugnable y convincente, y no está dispuesta a ceder porque equivaldría a traicionar unos valores que en realidad son difusos y más bien responden a consignas que han sido lanzadas al aire para ver quien las recoge. La situación es tan enrevesada, que cada lógica brexit tiene razón, no es falsa y los sentires que cada una maneja son legítimos. Sí o no son dos lógicas que caminan por su propio carril, sometidas a su propia dinámica y que nada tienen que ver con el dolor, el sufrimiento y la división de la sociedad británica. Son dos planteamientos fríos, inflexibles, dispuestos al combate. Son verdaderos robots del siglo XXI.

Miremos esta situación: Jo Johnson, hermano menor del hoy primer ministro Johnson, votó sí permanecer en la UE, Jo explicaba en aquellos momentos de 2016 del porqué de su decisión: “Teníamos ya todas las ventajas de pertenecer a la UE y ninguna de las desventajas, ¿cómo podría no gustarnos esta situación”. Jo hizo parte del gabinete del nuevo gobierno de Boris Johnson. Por el contrario, Boris encabeza a los brexíteres, antes de ser primer ministro, en la puerta de su auto tenía escrito este mensaje: “Vamos a recuperar el control”, él no admitía sino desventajas y atribuía a Europa los retrasos de su país. Los partidarios del no están convencidos que lo más importante para Gran Bretaña es recobrar su soberanía. Vistas así las posiciones, ese tipo de lógicas llevan a arraigarse en su propia verdad y a excluir toda consideración que no coincida con la suya, y terminan por cerrar las puertas a cualquier clase de entendimiento. Las heridas sin cerrar son su único fruto.

Desde luego son lamentables esas lógicas excluyentes porque entorpecen, en este caso Reino Unido está bloqueado, y en general llevan a la gente a la falta de confianza, porque la política británica se ha convertido en un laberinto casi infranqueable, dedicada a dar cabida a la intriga, a los cálculos egoístas y a buscar los beneficios personales. A medida que pasan los días, las sombras son más oscuras, como viene ocurriendo desde hace tres años. Hasta el momento, como era de esperarse, la llegada de Boris Johnson al gobierno no ha aportado nada claro, más bien acentúa la insoportable incertidumbre. Para acabar de complicar las cosas para Johnson, martes y miércoles 4 septiembre ha sufrido tres derrotas en el Parlamento, que parece destinado a minar la autoridad del primer ministro. Lo que más debe escocer es saber que esas derrotas son producto del fuego amigo, ya que en el seno del partido conservador se desató una guerra civil y 21 diputados tory dijeron no a los proyectos de Johnson para sacar adelante un brexit a la brava.

Primero perdió el control de la agenda de la Cámara de los Comunes, que normalmente está en manos del gobierno. Segundo, la cámara baja negó la salida sin acuerdo de la UE; este proyecto debe pasar ahora a la Cámara de los Lores para su aprobación y si allí es aprobado, pasará luego para la firma de la Reina, y así quedará la ley en firme. Esto dejaría a Johnson sin agenda porque se vería obligado a pedir prórroga a la UE hasta el 31 de enero próximo. Johnson dice que él jamás pedirá esa prórroga, por tal motivo, reclama elecciones para el 15 de octubre, dos semanas antes de que venza el plazo definitivo. Pero esta tercera votación destinada a convocar la elección, igualmente la perdió porque necesita dos tercios de los 650 diputados y aún no cuenta con el apoyo de los laboristas. Total, Boris ha quedado en una posición precaria, ello no quiere decir que ya está derrotado, más bien se reafirma, de acuerdo con su temperamento triunfalista y le dice al mundo: “Prefiero estar muerto en una zanja que volver a Bruselas para la extensión del brexit”.

Una encuesta del 31 agosto de YoiGo le otorga una intención de voto de 33% contra 22% de su rival Jeremy Corbyn. Esto le debe dar moral aún, pero ya debe saber lo cambiante que es la naturaleza humana, tan frágil que al menor viento se desploma, y lo costoso que resulta dar mamporros verbales con el objeto de doblegar la voluntad. Johnson se dedicó a descalificar, amedrentar y condenar a todo el que no estuviera de acuerdo con su política oficial. Las amenazas de Boris fueron el catalizador de nuestros votos, dicen los rebeldes del partido conservador —el partido del primer ministro— que votaron contra su propio jefe de filas. El lunes 2 de septiembre, antes de las tres mencionadas votaciones, Johnson advirtió a Philip Hammond y otros diputados rebeldes tory que serían expulsados del partido si unían sus fuerzas con el laborista Corbyn. Les aplicaría el "látigo", que prescinde de los que no siguen la disciplina de partido. Así lo hizo el dramático martes 3, ha despejado los frentes de su propio partido al excluir a todos aquellos que definen el interés del país de manera diferente a las propuestas hechas por el salvador autoproclamado. A los rebeldes tory les dijo: “Soy yo o el caos de Corbyn”.

Por qué los tory rebeldes se oponen a su jefe político y primer ministro, Boris Johnson, ¿de manera tan categórica como pocas veces se ha visto en la historia del partido Conservador e incluso rompiendo la sacrosanta y litúrgica disciplina de partido?

El diputado conservador Phillip Lee, el martes 3, ha desertado, se unió a los demócratas liberales, y dejó al gobierno sin mayoría. El Sr. Lee acusó al primer ministro de buscar una retirada perjudicial de la UE en contra de los principios, y de “poner en riesgo vidas y medios de subsistencia”. La avalancha de información sobre los efectos dañinos que puede ocasionar un brexit horroroso ha sido minimizada por el equipo de trabajo del gobierno británico. Mientras el barco se hunde, los camareros siguen llevando platos a la mesa, a comensales que huyen angustiados.

El último disidente en la noche del miércoles 4 fue la diputada torie de Meriden, Caroline Spelman, exministra del Gabinete y presidenta del partido, votó en contra del gobierno, por el impacto en la industria automotriz, incluida la planta de Land Rover en su circunscripción, “donde todas las madres solteras deben su trabajo a la fábrica de automóviles”, dijo a Bloomberg, "no puedo ser pro sin trato cuando he visto las predicciones sobre lo que sucederá con los trabajos, no puedo ignorarlo". Pero a diferencia de los 21 tories que desafiaron las órdenes del partido el martes por la noche, ella no ha sido expulsada.

El brexit corre vertiginoso por la avenida del caos, obsesionado por hacer realidad lo de cuanto peor, mejor. Entre bambalinas hay un nombre que enardece el clima político, Dominic Cummings, "la mente maestra" [mastermind], el hacedor y mago del "triunfo brexit" y asesor principal del Primer Ministro. Hay consenso de que Cummings odia al establecimiento político, también a su propio partido. Él dice: “Todos saben quién ha ganado”, a nombre de este slogan cualquier acto, así sea canallesco, se justifica a sus ojos y, de paso, lanza las matemáticas al ostracismo; porque esos referendos concertados “hacen que la mitad de los ciudadanos obtengan todo, y el otro nada”, como dice el periodista Stefan Ulrich. 17,4 millones de ciudadanos votaron no a Europa, se quedaron con todo, mientras 16 millones dijeron sí a Europa, pero lo perdieron todo, y encima los humillan. El resultado de esta ecuación es polarización y división. Cummings, dejándose llevar por la mala consejera que es la soberbia, se esponja hablando de triunfo y pisoteando a los perdedores. El jueves 5 de septiembre el diario The Telegraph reveló que Cummings saboteó un plan de compromiso presentado por los diputados conservadores que se rebelaron contra el gobierno. Llamó por teléfono a uno de ellos y le largó una grosera diatriba. Muchos piensan que detrás de la —imbécil— decisión de expulsar a los 21 disidentes —entre ellos el nieto de Churchill— está la irritabilidad que domina a Cummings. Los diputados tory hablan sin morderse la lengua: “No culpamos a Boris, culpamos a Dominic Cummings”.

Durante años Boris traficó con la añagaza de que la salida de la UE sería un paseo, con un poco de presión sobre la UE ellos cederían fácilmente, porque además eran burócratas no muy convencidos de su tarea, y sí aburridos. Ya liberados de los “grillos” y cadenas de la UE vendría lo mejor: elevar el nivel de vida de las islas, mejorar el sistema de salud, nueva infraestructura y una Gran Bretaña haciendo negocios con todo el mundo, nos convertiríamos en una potencia global.

Así llegó Johnson a primer ministro. 45 días después de su arribo al N° 10, el paisaje es completamente distinto, lo que se ve es una lucha feroz, el país hace aguas, los enfrentamientos aumentan, se cortan yugulares sin aspavientos. La economía duda, paralizada. Las inversiones están paradas. Otros se han llevado sus capitales de la Isla, tales como Jim Ratcliffe, quien invirtió bastante dinero en favor del rechazo a Europa en 2016 —hoy le importa un cuerno el asunto— es uno de los británicos más ricos —dueño del equipo de ciclismo INEOS y recién compró el equipo de fútbol de primera división francés Niza—, tomó sus maletas y su inmensa fortuna de 20.000 millones de libras y la depositó en los bancos de Mónaco, gracias a los privilegios que ofrece el príncipe Alberto.

Antes de perder sus tres votaciones, trataba Johnson de convencer al grupo de incrédulos tories, que avanzaba con paso firme en Bruselas, el grupo de trabajo que había enviado iba por buen camino y que el esquema de acuerdo estaba casi listo. El eurófilo excanciller Philip Hammond le respondía: “No se están tomando en serio las conversaciones”. Que responde al concepto de la revista inglesa The Economist y su periodista Andrew Yates al decir que los defectos de Boris son llevar “una vida privada caótica, una tendencia a distorsionar los hechos”. Esto hace que haya tanta prevención hacia el premier británico. Cuando Johnson hablaba en el parlamento de avance en las negociaciones, Bruselas le respondía desconcertada por los reclamos de progreso del brexit. Fuentes serias de la UE afirman que las discusiones no han llegado a ninguna parte y no se han presentado alternativas al problema de la frontera irlandesa, el llamado backstop. Los miembros del propio partido de Boris, como la exministra Margot James, dicen de él que es “errático e imprudente” y ha desplazado “al partido masivamente hacia la derecha”

Johnson está hecho y programado para distorsionar, para atacar, parapetarse en sus razones y resistir al precio que sea en su permanencia en el poder. Su sueño de siempre. Salvo las vaguedades programáticas de todos los políticos populistas, que hace suyas, no se le conoce un programa de gobierno coherente y enfocado en algo. Se destaca porque sabe desarmar a su audiencia con alguna ocurrencia jocosa o ingeniosa producto de sus debates dialécticos en Oxford, donde se afila el arma de la improvisación repentina que deja en el aire la sospecha de un entendimiento superior. En realidad, es una luz que dura lo que dura una cerilla encendida. En los últimos cuatro meses, los comentaristas y expertos en desentrañar el "enigma Boris" han identificado dos grandes estrategias de BoJo, que son su faro: La primera es lanzarse a una elección general rápida. Esto es en lo que está empeñado ahora mismo. Su meta es realizarla el 15 de octubre. Esta moción ya fue derrotada el miércoles, pero está listo a volver a presentarla el lunes 16. Para sacarla adelante necesita el apoyo de Corbyn y los laboristas, que aún no se deciden porque sería muy atrevido confiar en un político como Johnson una vez. Ahora los implicados tienen una amplia experiencia en la fiabilidad de las declaraciones del hombre que ha menudo se describe como un jugador político, que además juega con cartas marcadas. La conspiración laborista, es su mayor lucha ahora mismo, está en retrasar elecciones generales hasta noviembre, donde tendrían posibilidad de derrotar a Johnson, siempre y cuando la ley antibrexit sea aprobada por la Reina. Boris contraataca a Corbyn llamándole “cobarde”, “gallina”, lo que es una deshonra a ojos de los electores.

Lo que sí está claro es que carece de una estrategia pro sin trato, lo único que ha balbuceado está sintetizado en la homérica fórmula de "hacer o morir", el 31 de octubre. Que de momento derrotó el parlamento, pero su equipo de abogados trabaja para sacarse de la chistera una carta ganadora. El plan brexit le trae al pairo, y para no dejarse coger en la mentira lanza al aire globos coloridos para distraer al respetable, como, por ejemplo, su canciller de la Hacienda, Sajid Javid, prometió delante de todos los informativos británicos, el 4 de septiembre, que “no habrá recortes en absoluto el próximo 2020, con aumentos de gastos para escuelas, hospitales y policías”. Es decir, repite las fórmulas demagógicas de toda la vida. Sí se debe resaltar que el plan de negociación con Bruselas hoy en día es idéntico, salvo en lo del backstop, al de Theresa May, que rechazaron tres veces los diputados de la cámara baja. Pero a Boris le pareció bien bombardear la estrategia May, solo para salirse con la suya. Michael Gove, brazo derecho de Boris y canciller del ducado de Lancaster, ha dicho el jueves 5 de septiembre, “que votaría por el acuerdo brexit de Theresa May si regresara al parlamento”. Así de locos, ha puesto el brexit, a la clase dirigente británica.

La segunda gran estrategia de Johnson es la culpa del juego, en la cual es muy aventajado. Culpar al otro es un arte que requiere mucha filigrana. Toda la culpa del brexit la tiene Bruselas, él solo piensa en Gran Bretaña. En sus viajes de visita a Merkel y Macron, hace dos semanas, él buscó por todos los medios que lo escucharán —no ofreció ninguna alternativa distinta a la del Plan May—, pero los europeos cerraron sus oídos; y la prensa británica se hizo eco del bulo de Johnson, que fue presentado por The Telegraph —el periódico conservador, donde Boris tiene una columna— como el “ganador” de la gira europea, y culpa a Europa de la salida sin acuerdo. Él no quiere elecciones generales, el culpable es Jeremy Corbyn. Él si quiere el brexit, “por el cual votó el pueblo británico”, dice, pero “la Cámara de los Comunes decidió dinamitar nuestra capacidad negociadora y puso más difícil lograr un acuerdo”.

Pero el fratricidio ha llegado a la familia Johnson, esto sí es verdadera dinamita, ha ocurrido este jueves 5 de septiembre, las compuertas del embalse se han roto. A pesar de sus convicciones proeuropeas, Jo Johnson había aceptado unirse al gobierno de su hermano mayor Boris Johnson, probrexit. Era ministro de Educación desde el pasado mes de julio, ha abandonado el gobierno por sus discrepancias con el brexit —convertido en camisa de fuerza—, ha sido pulcro y consecuente con sus ideas, siempre ha creído que lo más conveniente para el Reino Unido es permanecer en Europa y se ha declarado partidario de un segundo referéndum. Vivía una lucha —como todos los británicos— entre ser fiel a su familia o la lealtad a sus convicciones. También renuncia a su escaño como diputado torie. Esta situación es el símbolo de un país desgarrado.

Gran Bretaña está escindida mental, espiritual y afectivamente. La saga brexit no se detiene seguirá con su fuerza arrolladora. Quedan por delante muchas traiciones, es una guerra de pasiones bajas, desenfrenadas, donde lo único que reina es la falta de cordura. El poder destruye cualquier sentimiento imbuido de ética. Las cartas están echadas tanto para la UE como para el Reino Unido. Nadie lo hubiera podido imaginar: la Reina entregando la cabeza de Boris a los tory. ¡¡Todo un drama de corte shakesperiano!!

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