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Bienvenidos a la frontera colombo-venezolana, condenados en la tierra de nadie

“En La Parada paran los fantasmas de la criminalidad, caminan los desconsolados que lo habitan, susurra el llanto de las almas condenadas a ser habitantes de frontera”

Por: Angélica Rojas Cárdenas
Septiembre 21, 2017
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Bienvenidos a la frontera colombo-venezolana, condenados en la tierra de nadie
Las balaceras en la frontera colombo-venezolana ya no hacen eco en los oídos del gobierno municipal, ni dan susto en los pasillos del gobierno nacional, solo pasan a informes archivados en gavetas de escritorios. Sin embargo, aceleran el miedo de los condenados, palpitan los corazones desesperanzados y retumban una y otra vez en los ojos de aquellos que son condenados lentamente en el olvido de la frontera.
Una condena de agonía al ver apagar los sueños de los comerciantes de La Parada cuando las balas apagan sus ojos y detienen los latidos del corazón, una condena en la que están atrapados en la incertidumbre de las balaceras perpetradas en los alrededores de un puente internacional. Nadie escogió esas cadenas de la frontera, pero con los años son cómplices y víctimas del miedo de la criminalidad.
De esos días dinámicos por el comercio en la Autopista Internacional Simón Bolívar, cuando las angostas calles se sacudían por la velocidad de los carros cargados de productos de contrabando, solo quedan los días de gritos de niños y mujeres que se esconden del miedo al ser perseguido por las balas.
Las calles son sacudidas por el peso de la angustia de aquellos pasos que corren de la persecución de la criminalidad. El frío de las noches congela la tranquilidad agobiada por los gases lacrimógenos que lanza el ESMAD cuando realizan allanamientos.
Esta es la tierra de nadie, una tierra sin el dueño de la legalidad e institucionalidad, acorralada por los fantasmas de la criminalidad y acechada por la ambición del poder de la frontera.
De nada sirve vivir en una localidad ubicada en una de las fronteras que años atrás se convirtió en una de las fronteras más dinámicas de América Latina y que hasta el día de hoy atrapa el desconsuelo de los que pisan la puerta fronteriza Colombo-Venezolana, pero que en realidad es la puerta trasera de un país que condenó al corregimiento de La Parada a ser almas en pena del olvido.
Al parecer los muertos y heridos que han dejado las balaceras perpetradas en plena luz del día cerca al Puente Internacional Simón Bolívar, en el que circula diariamente al rededor de 50 mil ciudadanos venezolanos y colombianos, pareciera no importarle al resto de Colombia que queda ciega y sorda ante la condena anunciada de toda una comunidad, que también es del territorio colombiano.
En La Parada están condenados a ser cómplices de la ilegalidad del trabajo y víctimas de la criminalidad, están condenados a ser testigos del miedo cada vez que se esparcen las ráfagas de balas, es una condena a no levantar la mirada y agachar la cara. Una condena en la que el alma grita, pero la voz se queda muda ante el desconsuelo de ver caer a todo un corregimiento que se derrumba en la criminalidad.
Pero es vergonzoso que los ojos del Estado y del gobierno decidan cegarse  ante la realidad que acobija la frontera, es indignante que las manos de la legalidad no se acerquen a proteger a una comunidad que cada día más se borra del mapa de Colombia.
Desde hace un mes, se han generado más de cinco balaceras en la frontera por donde hace dos años transitaron aquellos deportados colombianos que por un instante despertaron el patriotismo colombiano.
Pero de esos dos muertos y seis heridos que en el día de ayer cayeron en las garras de la criminalidad, solo queda el llanto de los condenados y el sonido de las sirenas, porque el gobierno no realiza acciones de ayuda a aquellos las aclaman a gritos.
No hay un puesto de salud capacitado para atender las emergencias de heridos de balas, no hay aparatos, ni ambulancias que revivan la esperanza de los inocentes que caen en las balas cruzadas. No hay una estación de policía que agilice la protección a la comunidad.
Aunque el CAI de policía más cercano queda a cinco minutos de La Parada, las patrullas tardan en llegar cerca de 20 minutos, pero nada resuelven, dejando la sensación de impotencia.
Una impotencia que crece con el silencio de los gobernantes municipales que se esconden de las suplicas de un corregimiento condenado a desparecer de la tranquilidad.
En La Parada paran los fantasmas de la criminalidad, caminan los desconsolados que lo habitan, susurra el llanto de las almas condenadas a ser habitantes de frontera, pero no para la tranquilidad.

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