Bicicarro: un extraño vehículo en los Montes de María

Fue construido por un campesino de Sucre luego de juntar la cabrilla de un carro con un pedazo de bicicleta

Por: Eduardo Menco González
febrero 08, 2016
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Bicicarro: un extraño vehículo en los Montes de María

Si usted tiene intenciones de viajar hasta los municipios de Chalán o Colosó en el departamento de Sucre por la vía que conduce de Sincelejo a Cartagena, es posible encontrarse en el camino, polvoriento o curtido de barro, un personaje de esos cuasi míticos de los que ya quedan pocos en la región montemariana. Su sorpresa será mayor cuando de inmediato perciba el medio de transporte en que se moviliza quien, ante ser interrogado por su identidad, no tiene reparo en agacharse y cual Jesús de Nazaret escribir con su dedo en la arena el nombre de Eliasar. Sí, Eliasar; tal cual así, como usted lo está leyendo. Un hombre más campesino que el mismísimo campo, desbocado para hablar y con un entusiasmo demasiado grande, aspecto difícil de comprender después de escuchar su historia de vida.

El Bicicarro como él mismo lo llama hace parte de su propia existencia; él fue su creador inspirándose en un modelo que ya había visto antes en su pueblo natal. La construyó cuando por circunstancias de la vida se vio en la no fácil tarea de salir del campo para dedicarse a otros asuntos que por circunstancias del destino tuvo que asumir. “Vi la cabrilla tirada en un basural, y recordé que uno de mis familiares tenía un pedazo de bicicleta vieja en el patio de su casa; fue así como se me ocurrió combinar las dos cosas y resultó esto que usted está viendo: mi compañera inseparable, la cual inicialmente utilicé para vender productos caseros en las calles de Ovejas”. Sin embargo su esencia de hombre experto en los asuntos de la tierra y de los cultivos del pancoger le permitieron volver a los oficios que un día dejó contra su voluntad a causa del desplazamiento forzado.

Hace 18 años, cuando aún INCORA existía, a don Eliasar le permitieron trabajar en un pedazo de tierra ubicado en una extensa finca de Ovejas. Allí tuvo la oportunidad de sembrar plátano, yuca y ñame; incluso alcanzó a tener unos cuantos animalitos que le permitían obtener la leche diaria para el consumo en el hogar. Todo iba de mil maravillas, era un hombre feliz porque podía hacer eso que más le gustaba y con lo que realmente se sentía bien. Pero un día, después de muchos años, apareció en su camino quien le arrebataría para siempre lo que con tanto esfuerzo y sacrificio había logrado. Aquel pedacito de tierra, aquel terruño ya tenía dueño. El mismo a quien le suplicó lo dejase estar allí pues aquel lugar se había convertido para él en su única esperanza de vida. No obstante la súplica de don Eliasar, el nuevo latifundista le ordenó salir con tal presión que aquel campesino de figura quijotesca no tuvo opción alguna.

A partir de ese momento se identifica a sí mismo como un hombre desplazado, como una víctima, con el agravante de un conjunto de amenazas que le indicaban no acercarse más por aquel espacio que por tanto tiempo le había proporcionado sus alegrías y satisfacciones más relevantes. “No me quedé quieto, construí la Bicicarro y empecé de nuevo”, quizás con la certeza de saber que nada en este mundo nos pertenece, todo es pasarjero. Fue así como don Eliasar inició una nueva vida, la del comerciante, y entre ventas y ventas se ofrecía para trabajar por días en varias parcelas y fincas aledañas. “En algún momento algunas personas me dijeron que eso que me robaron lo podía recuperar, pero sepa que soy un hombre al que no le gusta la violencia mucho menos la guerra”.

Con la Bicicarro terminó de levantar a sus hijos, y desde hace un par de años recorre a diario el mismo camino. Muy temprano sale de su casa, machete en vaina, gorra para protegerse del inclemente sol y un deseo muy grande de trabajar lo acompaña a su lugar de destino, ese mismo donde recuerda que vino al mundo para sostener una relación perpetua con la naturaleza; ese mismo mundo que el destino le arrebató y gracias a su fiel compañera poco a poco ha ido recuperando sin la ayuda de nadie.

Con orgullo habla de su vehículo, explica cómo funciona y hasta dice ser el único que lo conduce con la experticia suficiente. En su Bicicarro carga la yuca que arranca, el ñame que recoge y los plátanos que corta para llevar a su casa y así alimentar a su familia. En su rostro se percibe el dolor causado por la injusticia vivida, en sus palabras el recuerdo de lo que pudo ser y no fue, en sus manos lo difícil que ha sido subsistir, pero en su sonrisa tímida y casi inocente se puede ver un poco esperanza al saber que, a pesar de todo, aún quedan fuerzas para seguir pedaleando sin importar los obstáculos que pueda encontrar.

 

 

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