Opinión

Beso Robado

Rehusando el beso del presidente, la víctima mostró que el perdón no se decreta, se consigue sanando las heridas

Por:
abril 15, 2016
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Que una víctima del conflicto armado se niegue a recibir un beso del presidente Santos no es algo que debería escandalizar a nadie. Los dolores de la guerra son muchos y se pueden intensificar con la llegada de la paz. En esos momentos es cuando se nota mucho más el contraste entre víctimas y victimarios, las primeras seguirán con sus afectaciones y tristezas por siempre, las segundas recibirán perdón y podrán reintegrarse a la vida civil después de un breve paso por ejercicios de Justicia Transicional.

En ese marco es que hay que entender a la hermana del subintendente Jorge Alzate cuando rehusó el beso de Juan Manuel en plena ceremonia militar. En declaraciones posteriores Alexandra Alzate aseguró que lo que más molesta tiene a su familia es que la Policía no haya declarado héroe a su hermano, sino caído en un acto simple como si lo hubiera matado un rayo camino de su casa y no como fue, un ataque armado cuando se dirigía a realizar una diligencia oficial en una zona de dominio guerrillero en el Huila.

Estas son las cosas que pueden hacer todavía más difícil de transitar el camino hacia la reconciliación, que no se consideren integralmente las condiciones de las víctimas de las fuerzas militares y que se les niegue mezquinamente los reconocimientos debidos.

La paz es urgente, en eso no me cabe la menor duda, así haya que hacer concesiones a los actores de la guerra; pero el perdón no se decreta, se consigue mediante un cuidadoso proceso de sanación de las heridas en las que la labor del gobierno es fundamental. Y es posible que se tenga claro eso en la legislación que ha creado un sistema nacional para la atención y reparación integral a las víctimas, pero tiene todavía que tejerse con delicadeza en el día a día de las personas afectadas por el conflicto.

El día de las víctimas, el de las condecoraciones a los militares, la cotidianidad en la atención para repartir ayudas, acompañar tratamientos psicosociales y entregar indemnizaciones, son momentos que deben aprovecharse para trasmitir un mensaje de solidaridad y apoyo para, ahí sí, solicitar el perdón de las víctimas.

Con alguna frecuencia escucho que se pide a las víctimas otorgar el perdón y se plantea este ejercicio como algo que milagrosamente cura los daños emocionales, físicos y hasta económicos sufridos en manos de los violentos. Se plantea como una fórmula mágica: perdonar igual a sanar. No lo creo, más parece una fórmula religiosa de esas de poner la otra mejilla para que nos sigan dando duro.

Perdonar igual a sanar
más parece una fórmula religiosa de esas de poner la otra mejilla
para que nos sigan dando duro

De todos los procesos que se estudian en La Habana y ahora en Ecuador y Venezuela con Farc y ELN tal vez el más importante sería convencer a quienes con las armas han ejercido hechos violentos contra la población civil que pidan perdón. Porque un perdón otorgado sin arrepentimiento sí que parece pasaporte para la impunidad.

Claro, eso será un paso muy difícil; más fácil tal vez que la entrega de armas es que los culpables hagan un mea culpa. Ya oímos a los representantes del ELN justificando el secuestro. Una violación a los derechos humanos reconocida internacionalmente como delito de lesa humanidad, los elenos la plantean como un mero ejercicio de financiación de la guerra. Eso sí que es cinismo y los resultados de tan obtusa posición radicalizarán a muchas víctimas que seguramente seguirán negándose a besos robados en los actos oficiales.

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