Barranquilla: variación o transmutación de la ciudad

'La capital del Atlántico es un ejemplo claro de las ciudades de Estados Unidos: posee un afán destructivo innato'

Por: Fernando Miguel Cabarcas Charris
julio 12, 2016
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Barranquilla: variación o transmutación de la ciudad
Foto: caracol.com.co

Toda ciudad cambia. Es más, existen varias ciudades debajo de la que vemos y sobre la que caminamos con engreimiento. El alma de las ciudades es inmortal, sin duda. Sin embargo, el alma cambia con los tiempos (y con las edades) de la ciudad.  De tal forma, que el propósito de su existencia, como el de sus edificaciones,  cambie en ellas.

Sin embargo, en nuestra ciudad no hay cambios, solo hay construcción, destrucción y construcción y así vamos.  Ya lo había afirmado el porteño Martínez Estrada: "las ciudades europeas envejecen, se renuevan y modifican vegetativamente, con arreglo a las leyes de la botánica; las americanas se destruyen y metamorfosean aprisa, como los insectos".  Barranquilla es un claro ejemplo de las ciudades  americanas: posee un afán destructivo innato. Nada debe quedar en pie que nos recuerde el pasado nómada y baquiano de nuestro arreglo fundacional. Encierra una intención de limpiar y borrar histórica y virtualmente los trazos, caminos, trochas y canales acuáticos por donde transitaron los que aquí llegaron, los que aquí se juntaron.

El escudo de la ciudad está incompleto, pues este debe contener un martillo cruzado con una pica, porque ellos son nuestros símbolos.  Considero que la vieja discusión entre ciudad fenicia versus ciudad alejandrina es inútil y debería, por sanidad intelectual, replantearse entre ciudad taladro versus ciudad martillo.  Nos parecemos más a Cartago la púnica, que a New Orleans la del delta del Misisipi como cantó Vives.

El nacimiento de las ciudades se origina en la necesidad de amparo, de protección y de ayuda colaborativa, pero eso no implica que la ciudad moderna mezcla de aglomeración y arrejuntamiento de poblaciones responda al mismo fin primigenio.  Aun así,  las ciudades siguen siendo uno de los más grandes inventos de la humanidad, el lugar del mayor intercambio colaborativo en el cual  se conectaron fuerzas históricas, culturales y económicas que  incubarían y desarrollarían los elementos del éxito o fracaso de las mismas. En la actualidad  viven en las urbes del mundo 7.100 millones de personas, aproximadamente, que crean aglomeraciones, economías de escala, de alcance, externalidades y costos de oportunidad los cuales no podrían darse en ningún otro espacio, amén de la historia la geografía y la tecnología que en ellas juegan papeles preponderantes. Los costos de vivir en ellas son importantes y cada día se les exigen a los responsables de las políticas en las ciudades,  aire más limpio, mejor movilidad, más seguridad y más infraestructura.

Barranquilla se fundó o se concibió o sencillamente surgió con fines de estrategia comercial y fiel a sus orígenes ha permanecido a tal designio, eso no tiene nada de malo, (Bremen, Amberes y Manchester tienen igual origen) y parece no haber necesitado de otra normas para su desarrollo.  De allí constituyó muchos de sus aciertos y errores de su configuración moral y demográfica.

Nunca existió en su configuración de ciudad, un propósito explicito para atraer los capitales, los trabajadores, los inversionistas, los inmigrantes; estos  sencillamente llegaron y nunca se supo por dónde empezar, el incipiente mercado y la dinámica social se encargó de eso.  Todos quedaron ahí entre el rio, las barrancas y el mar, pero siempre todos junto a los muelles, por si tenían que volverse.  Siempre estamos de paso, así nos quedemos, así se  creó el desiderátum de la ciudad.  Es más, creo, que una de las razones por la que queremos tanto el muelle de Puerto Colombia radica en tener, de manera inconsciente, una puerta abierta por donde regresar.  La idea del muelle hundiéndose en el mar nos aterra y no nos deja tranquilos.

Si se vive de paso, se construye para el paso, no hay una visión de ciudad de largo plazo, como tampoco nos importa lo construido anteriormente, lo que encontremos. Se desprecia lo anterior, no hay espacio para lo viejo.  Es una ciudad donde se  odia lo viejo, por tal razón la ciudad no está construida ni diseñada teniendo en cuenta a los viejos.  No creo que exista un anciano que se atreva a pasear por los andenes de cualquier barrio de la ciudad y si lo hace podría morir en el intento con tantos obstáculos y desniveles.  Los parques, o como se llamen esos espacios, no son lugares aptos para ancianos, un balonazo o un empellón de un trotador lo podrían contramatar contra el piso y punto.

No se sabe por qué, pero en esta ciudad siempre están mudando las sedes y las edificaciones hacia los ejidos de la ciudad, hacia la parte nueva de la ciudad, porque lo ya construido ya se hizo viejo, así no cumplan 60 años esos edificios en una ciudad joven con 200 años de existencia.  Florencia tiene más de 2 mil y Damasco más 4 mil años de estar en pie.  Por ejemplo, los colegios han sido desmantelados y mudados a sedes nuevas: San Francisco, Alemán, Sagrado Corazón, San José.  Las Universidades también: Atlántico y Libre.  El edificio de la Alcaldía es un ejemplo extremo: dos trasteos y tres sedes.  También se fueron el Agustín Codazzi  e Instrumentos Públicos y no sé cuántos más.  Donde había una edificación republicana o moderna hoy existe un edificio de apartamentos o un edificio para el comercio con vidrios brillantes que reflejen la luz atrapadora, la que atrae,  como les sucede a los insectos alrededor de una bombilla.

Siempre habrá razones, convincentes o no, para trastear y demoler, y claro está, para construir.   Según algunos internautas, estos edificios nunca debieron ser derribados: Palma, Teatro Emiliano, Alzamora, Jardín Águila, Nube Blanca, Colegio Alemán, Unión Española, casa Roberto de Mares, Club Barranquilla, Club ABC, Mercado Publico de la 30, edificio del Cuartel o casa de Agustín del Valle. Como también muchas edificaciones del casco antiguo de la ciudad, en el barrio de las Quintas y Rosario. Todas al piso.  En su lugar lo que levantaron o levanten poco importa, si todos estamos de paso por esta ciudad,  como los habitantes de los hoteles siempre prestos a tomar la maleta.

La ley no es variar la ciudad como lo hacen las plantas, sino destruir pronto y rehacer pronto sin descanso. “Demoler de noche y construir en el día o todo al mismo tiempo como lo indicó Tylor.”

Al edificio del coliseo Humberto Perea lo tiraron al piso como a los boxeadores. No hubo referí que hiciera el conteo de protección: lo noquearon sencillamente.  Supongo que no hubo debate de expertos donde aparecieran los conservacionistas extremos y los demoledores rápidos y furiosos.  Por tratarse de un bien público construido con recursos públicos debió, por ejemplo, pasar su decisión por una consulta pública.  No hubo tiempo de nada. Además, con el ruido que hace la dinamita quien debate. Así se impone una visión de ciudad, donde se le imprime superlativo valor a lo nuevo, a lo fugaz, a lo inmediato y esto arrastra su moira de desaparecer rápido. En las redes apareció una foto del techo del Humberto Perea en forma de triángulos, casi intacto,  tirado en el piso como recordándonos lo atrabiliarios  que somos que ni siquiera esa caparazón con aire moderno de los trazos de Aalto, defendimos. Será que esa deformidad estriba en el miedo a envejecer que tanto asusta a los ciudadanos.  No sé.

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