¡Ay, ministro!

La exsenadora Cecilia López le jala las orejas al ministro de Salud Alejandro Gaviria, quien para ella ya no es el mismo.

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julio 23, 2013
¡Ay, ministro!

Ser ministro en Colombia tiene muchas prebendas; con el nombramiento aparecen los escoltas, las secretarias, los carros, las invitaciones y una nueva colección de “amigos” jetseteros. Pero… entre tanta cosa nueva, si hay un lujo que no se puede dar un ministro: permitir que una “sacada de piedra”, que sucede todos los días, se vea en el país como sobradez, arrogancia y grosería, y menos, cuando se enfrenta a una reconocida figura, que como pocas, se ha ganado la categoría de “vaca sagrada” por sus inmensos méritos. Esto le sucedió al ministro de Salud Alejandro Gaviria a quien se le reconocen sus cualidades, y precisamente porque lo estimamos, es necesario mostrarle la dimensión de su metida de pata. Ministro, se le fueron las luces cuando se fue lanza en ristre contra Juan Gossaín a quien todo el país, y particularmente los costeños, respetamos y admiramos profundamente. Por eso, es oportuno recordarle que como a todo ministro, le llegará el momento de ser exministro, y no hay nada que aterrice más rápido que pasar de ser a no ser.

El logro y máximo premio de ese cambio de estatus está en poder quedarse solo con lo que se puede mostrar como individuo: su capacidad de análisis, su honestidad, su compromiso con la sociedad, su calidad humana y todo eso que le permita merecer realmente el reconocimiento de los demás. Porque apenas entregue su cargo, todo lo demás se esfuma y pasará de inmediato a pertenecer al sector privado: privado de carro, privado de escoltas, privado de secretarias, privado de asesores, privado de celular, y privado de todo lo demás.

Pero lo más desconcertante es que también se le desaparecerán ese mundo de amigos que creía tener en este país lleno de lagartos y lambones. De hecho, los que sí quedan, y se multiplican rápidamente, son los enemigos: todos aquellos a quienes no les contestó el teléfono, a los que no les nombró al hijo o no les hizo el favorcito, y a los que clavó con sus decisiones. Por eso, una vez gane su estatus de exministro ni se le ocurra empezar a socializar porque el golpe es duro: no se sorprenda si el Jet-Set no lo vuelve a determinar, o si le dicen en la calle “yo lo he visto en televisión, ¿en qué novela era?” Los únicos amigos que le puede quedar son los del colegio, porque seguro usted le quedó mal a muchos de sus compañeros de universidad y hasta a su familia cercana, donde, tenga la seguridad, no faltarán los primos furiosos que usted no ayudó cuando, según ellos, estuvo en la gloria del poder.

Como todo lo anterior es inevitable y se da por descontado, lo lógico como ministro sería entonces mantener la altura y la amabilidad en toda situación por difícil que sea. Por esto es que su reciente maltrato, sus palabras desmedidas e injustas contra Juan Gossaín, son un verdadero suicidio para el ministro de hoy, pero especialmente para el exministro de mañana. No hay derecho que un buen hombre, todo un ministro, se exceda de esa manera. ¡Pero no todo es negro! Le queda una pequeña luz: Ministro, baje la cabeza y pídale disculpas a Juan, reconozca que se le fue la mano. Si, cosa muy difícil, especialmente para un economista uniandino, pero en este caso, necesaria para el país y para el futuro exministro.

Es usted muy de buenas, y dele gracias a Dios porque Juan Gossaín es costeño y se toma la vida con frescura. Lo que implica, para su fortuna y conociendo la gran calidad humana de Juan, que de pronto, en medio de una de sus famosas carcajadas, hasta lo perdona…

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