Autoritarismo, anarquía y caos

"La situación nos recuerda que es urgente un cambio en la doctrina policial y una transformación en la mentalidad ciudadana"

Por: Leonel Uriel Alzate Herrera
septiembre 09, 2020
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Autoritarismo, anarquía y caos

Lo ocurrido anoche en Bogotá es lamentable e indignante. Sin embargo, tenemos que reconocer que esta tragedia es el resultado de un problema que todos (gobierno y ciudadanos) hemos ignorado y que termina en desgracias, como la absurda muerte de un ciudadano luego de la brutal agresión de la que fue víctima anoche por parte de los uniformados.

Ahora bien, la pregunta que tenemos que hacernos es: ¿dónde está la raíz del mal? Se supone que la autoridad tiene como principio fundamental cuidar el bienestar de los ciudadanía, velar por sus derechos y propender por la convivencia, esto último significa hacer que las personas cumplan también sus deberes. Y aquí los dos estamos quebrantando estos preceptos, aunque cada uno a su manera justifique su proceder.

Por un lado, la policía está fallando en sus políticas y filtros a la hora de escoger e integrar personal a sus filas. Para nadie es un secreto que al interior de las escuelas se han presentado casos de consumo de estupefacientes, riñas y hasta agresiones y homicidios, en muchos casos accidentales y en otros intencionales. Así ocurrió en 1995 con el tristemente célebre mayor Humberto Antonio, destacado oficial y excelente atleta, a quien un cadete le roció gasolina en su cuerpo y le prendió fuego, lo que ocasionó su muerte. La investigación reveló que el cadete Palomeque, cansado de la persecución, los insultos por ser negro y las órdenes injustas por parte del mayor Antonio, estalló de la peor manera, provocando la ya relatada tragedia.

Y así como estos hay muchos casos y conductas de policías que, sin un debido examen psicológico y mucho menos una preparación adecuada (en especial en materia de derechos humanos), salen a la calle a fungir como guardianes del orden, pero convencidos de que son superhéroes van casi que a vengarse de los posibles maltratos, humillaciones y hasta agresiones de que los que pudieron ser víctimas en su proceso de formación. Ojo, esto casi nunca se investiga, porque aún se aplica el absurdo concepto de que "el entrenamiento será tan duro que la guerra será un descanso", frase chimba que usan algunos instructores para justificar su maltrato a los alumnos.

Por otro lado, estamos los ciudadanos. Si bien, ya desnudé lo que puede pasar con algunos policías, la verdad es que estos son casos aislados. El grueso de los policías está en la calle arriesgando su vida y tratando de cumplir con su deber, pero choca muchas veces con una barrera que puede ser más peligrosa que los mismos delincuentes. Hablo la anarquía, que se convirtió en uno de los tantos males de una sociedad que ha perdido valores imprescindibles como el respeto a las leyes y a la autoridad.

No son pocos los policías que han resultado heridos y hasta muertos a manos de ciudadanos que se dicen ser "de bien", pero que son altaneros, intolerantes, irrespetuosos y agresivos; de esos que como están en grupos numerosos, aun violando las normas con riñas, desórdenes o fiestas ruidosas, no les importa irse lanza en ristre contra dos o cuatro uniformados, máximo, que tienen que atender alteraciones las alteraciones del orden ocasionadas por esos mismos ciudadanos.

Nada justifica la agresión del policía al ciudadano, pero tampoco la de un ciudadano al policía. Hoy es tal la anarquía que ya se nos volvieron comunes las asonadas de la comunidad a los policías, a quienes agreden con puños, palos y machete en grescas medievales. Los uniformados llevan la peor parte, resultando heridos o muertos en cumplimiento de su deber; mientras que los agresores terminan impunes y cada vez más envalentonados. Ah, pero cuando este tipo de ciudadanos está solo y se siente en peligro, adivinen a quién llama.

La situación es grave y nos recuerda que hoy más que nunca es urgente un cambio en la doctrina policial, esto le corresponde al Estado; también que no es menos urgente una transformación en la mentalidad ciudadana, que nos corresponde a todos. Estamos presos entre la anarquía y el autoritarismo, y esto nos está costando demasiado, incluso vidas. En pleno siglo XXI nos hemos hecho menos que neandertales.

Termino con esta frase de Will Durant: "Una civilización no es conquistada desde fuera hasta que se destruye ella misma desde dentro". Esto es justo lo que está pasando. ¡He dicho!

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