Así se vivían los operativos militares en la era de la seguridad democrática. Crónica

Lejos de lo que cuentan los titulares de prensa, este relato se adentra en la difícil labor de las autoridades colombianas para recuperar el orden legítimamente

Por: Jorge Eric Palacino Zamora
mayo 24, 2019
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Así se vivían los operativos militares en la era de la seguridad democrática. Crónica
Foto: Facebook Ejército Nacional de Colombia

A través de la ventanilla del helicóptero de la Fuerza Aérea Colombiana, el río Ariari es una serpiente gigantesca que se interna en la espesura. Los árboles se elevan verticales y orgullosos como rascacielos. En un rincón de la helinave, en sobrevuelo —entre los límites del Meta y el Vichada, oriente de Colombia—, el fotorreportero Juan David Molina incorpora un carrete de película a color en su funcional cámara Canon, su única “arma” para documentar una operación militar coordinada por las autoridades colombianas, encaminada a reducir algunas células de apoyo logístico del 16 frente de Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.

Molina hace parte de la unidad de comunicaciones del Departamento Administrativo de Seguridad, organismo de inteligencia colombiano, encargado de acopiar la información previa que permitía a la fuerza pública, llegar a sectores, poblados y caseríos, donde se escondían presuntos colaboradores de la organización armada ilegal. El gobierno del presidente Álvaro Uribe Vélez 2002-2010 había decidido concentrar sus esfuerzos logísticos y militares en disminuir y llevar a la derrota a esa guerrilla señalada de controlar actividades ilegales como la extorsión, el secuestro y el narcotráfico. Mediante una directriz presidencial conocida como la seguridad democrática se advertía un ambicioso plan para derrotar a las fuerzas irregulares con más de 50 años de existencia y la reducción de esas células de apoyo, era un objetivo de alto valor.

Aquella jornada suponía la posibilidad de “mirar” desde adentro, las dimensiones del conflicto colombiano. Para un periodista que hasta ahora había cubierto hechos de orden público desde la orilla de un medio de comunicación hacerlo como integrante de un organismo de seguridad del Estado, en este caso en calidad de integrante de la Oficina de prensa del Departamento Administrativo de Seguridad, se traducía en la posibilidad de tener acceso a comunicación privilegiada y documentar los operativos ”en caliente” a diferencia de las coberturas anteriores, mediadas por el filtro y control propio de las autoridades.

Después de conseguir la autorización, pudimos acompañar a los agentes de campo, detectives con formación táctica y cuya función en medio de los operativos de cuerpos militares, estaba más que justificada por su rol como funcionarios judiciales, investidura que no tienen los uniformados, para capturar sospechosos, hacer allanamientos, recopilar y embalar evidencias, en resumen, enmarcar en la lógica legal e investigativa, las actividades operacionales de las tropas.

El temor propio de ingresar a una zona de masiva presencia se matizaba con la posibilidad de registrar de primera mano alguna escaramuza o choque de fuego; grabaciones en video, apetecidas por los noticieros para abrir sus emisiones, más aún cuando por razones de seguridad no se autorizaba el ingreso de reporteros de medios de comunicación. Ante esa prevención de las autoridades para evitar que algún civil resultase herido, las secuencias logradas por las “cámaras de propias tropas” reporteros llamados así en el ámbito de las unidades militares y policiales o de investigación, eran garantía de tener primera planas y encabezados que daban cuenta del eficaz ejercicio de la autoridad en apartadas provincias de la patria.

A instancias de señalada política de seguridad, que advertía una constante exposición mediática de los resultados operativos, descendíamos a las 11 de la mañana de un soleado domingo 1 de diciembre del año 2003, en el “aeropuerto” de Guerima,Vichada; una explanación de tierra y una pista polvorienta franqueada por dos casas de teja que servían de taquillas. Mientras Molina se encargaba de las fotos, yo haría la videocámara, a fuerza de las circunstancias, pues: "Yo no puedo hacer las dos cosas a la vez", como me lo recordó esa mañana el buen Juan David.

La ruidosa aeronave descendió en la pista principal: los soldados se apearon del pajarraco metálico pintado de verde oliva, con sus uniformes impecables y pesados elementos de campaña que acapararon las miradas. Los niños instalados en las esquinas, y los que jugaban fubtolito al lado de un charco de aguas verdosas corrieron para ver con asombro el desembarco de hombres con sus equipos y computadores, la comisión de investigación enviada desde la capital. Cerrando la hilera de funcionarios, que se dispersó para adelantar cada uno su respectiva tarea, Molina y yo tomábamos las primeras gráficas.

Las amazonas visten de jeans y se tiñen el cabello

El primer procedimiento que se cumpliría, de acuerdo con la planeación previa que nos fue socializada en la base Militar de Apiay, en Villavicencio, Meta, fue el de registrar con cédula en mano y verificar, con toma electrónica de huella digital en el sistema AFIS, a los residentes o moradores del poblado de Guerima, un caserío de ranchos diseminados a lado de una callejuela que serpenteaba al lado de un riachuelo.

De manera sorpresiva, medio centenar de hermosas jovencitas se ubicaron en la hilera de personas que soportaba la canícula del mediodía en el lote adyacente a la pista del improvisado aeropuerto local. A todas luces las chicas no encajaban en aquel lugar apartado de la civilización. Sus cabelleras teñidas, sus bellos rostros maquillados y sus jeans ajustados, en medio de ese paraje rural, enmarcado por la espesura del Amazonas configuraban una postal casi surrealista.

Una a una fueron aportando sus nombres al funcionario de la unidad de identificación. Su acento contaba de sus lugares de origen. "Somos de Antioquia y del Valle, especialmente —cierto muchachas—", se adelantó una de las mujeres, forrada en un leggins blanco y una blusa de lentejuelas, al tiempo que soltó la explicación de su presencia en esa remota población colombiana. "Vea amigo nosotros estamos aquí por trabajo, porque acá se ve la plata y ¡vea pues! trabajamos en el oficio más viejo del mundo".

Rubias, pelirrojas, blancas y morenas, de brillantes y ajustados vestidos, propios de un reinado de belleza iban entregando sus documentos de identidad. El encargado de la estación digital del Automated Fingerprint Identification System (AFIS) apenas podía concentrarse en el protocolo de capturar la huella digital, para confirmar las identidades mediante cotejo en línea con el archivo computarizado en la central de Bogotá.

Según explicaron las chicas, con la condición de no entregar su testimonio en cámara, habían llegado a trabajar en los dos negocios de prostitución instalados en el poblado de casas de tabla y teja. Con la expectativa de una buena paga, en un sector dominado por el negocio de la siembra y recolección de coca y amapola, tomaron sus maletas, para hacer vida en un lugar que apenas aparecía en el mapa.

Los relatos de las jóvenes, llenaron ese mediodía, alinderados por rasgos comunes; baja escolaridad y nulas oportunidades de empleo en sus ciudades de origen las movieron a buscar fortuna en Guerima, brindando entretención los fines de semana, a los trabajadores de plantaciones ilegales de coca y amapola conocidos como raspachines y a los operarios de los laboratorios, denominados en el argot narco como cocineros.

Una vez se verificó en los inventarios de inteligencia y en las bases de datos criminales la ausencia de antecedentes o anotaciones para las jovencitas, la majestuosa aparición, el desfile de mujeres hermosas que ni el más imaginativo de los integrantes de la comisión judicial hubiera soñado, se difuminó en una procesión impensable para aquel infierno de hordas de mosquitos y 40 grados de temperatura

 Escaramuzas

A las seis de la tarde el sol se oculta con una exhibición de trazos rosas y naranjas. “es el sol de los venados” sentencia uno de los detectives más curtidos, el agente Martínez* prepensionado, quien sabe de las cosas del campo como quiera que se graduó en tiempo de los detectives rurales, una unidad concebida especialmente para controlar el abigeato en las llanuras colombianas a mediados de los años ochenta.

Desde las montañas remotas llega el susurro de una lluvia recóndita, un goteo apenas audible, bordado con gorjeos de lechuza y los chillidos que de manera intermitente vomita esta espesura. "Debe haber hasta panteras", señala el veterano detective, mientras un puñado de insectos de vuelo lumínico parece empeñado en fastidiarnos y evitar que conciliemos el sueño.

Molina guarda sus rollos de película, algunos detectives limpian sus fusiles Bushmaster, cuando a la distancia se escucha el primer hostigamiento. Corro en busca de la cámara, me pongo las botas. Evito pisar una pequeña serpiente de color lunario que dormitaba bajo el maletín reportero.

Los integrantes de la fuerza pública toman la iniciativa. Entre 12 y 15 efectivos se precipitan hacia el patio de un salón comunal que nos fue dispuesto como sitio para pasar la noche. Por una ventana y aún con las luces apagadas, se advierten las sombras de los militares, en busca de lugares estratégicos para proteger la instalación y a la comisión judicial de un posible ataque.

Ante una segunda ráfaga, que suena como detonaciones lejanas, el coronel que está al frente del operativo, nos da indicaciones de mantener la calma y de permanecer resguardados bajo los camastros. El miedo se traduce en los labios resecos, también escuchó mis pulsaciones. Le confieso a Molina que tal vez no fue tan buena idea aceptar la comisión, sin tener un buen entrenamiento previo, puesto que en mi caso ni siquiera sabía cómo manejar una pistola. Ráfagas, un prostíbulo en medio de la selva, coca en lugar de billetes, escenas posibles en la Colombia de la Seguridad Democrática Tesoros y rarezas de la melodía bailable y parrandera de Colombia. "Una cosa es llegar después de las balaceras y otra estar en el momento", me respondió con sarcasmo.

Molina opturó para capturar aquel revuelo de los detectives terciándose sus chalecos antibala, el soplido metálico de su máquina Canon precipitó un vértigo de imágenes de horror; los cadáveres vistos en cinco años en la cobertura de casos judiciales, al lado de unidades de levantamientos del propio DAS, La fiscalía y la policía colombiana; ahorcados, desmembrados, primeros planos de heridas de bala, cuerpos sobre losas de morgues, cuerpos sobre camillas de acero, cuerpos desnudos, centenares de cuerpos profanados que desfilaron en fracciones de segundos en la película de mi memoria. Un breve mareo y luego la náusea.

Mi compañero, un reportero muy controlado, me inquirió que la mejor forma de manejar los nervios en ese momento era prender la cámara y empezar a grabar. Los planos de los soldados y detectives parapetados y expectantes reemplazaron paulatinamente el susto durante las primeras horas de esa madrugada de escaramuzas. El coronel a mando tomó un equipo satelital Iridium para solicitar apoyo del “avión fantasma”, una aeronave llamada así porque aunque es imposible verle, pues opera a gran de altitud, se hizo sentir media hora después del llamado de apoyo. Con rutinas de balas calibre punto 50, munición que llovió desde una posición desconocida tras el cielo de Guerima, el estruendo se dirigió hacia la montaña desde donde se nos habían hecho los disparos.

La capacidad persuasiva de “El fantasma” y su poder de fuego de 3.900 balas por minuto, estaba confirmado en los rostros de tranquilidad de los soldados, quienes tras la primera descarga, encendieron cigarros y abandonaron su posición de combate. "Con eso ya no molestan, esa plaga le tiene pavor al avión fantasma si esas balas tumban hasta árboles", concluyó uno de los sargentos más veteranos.

Resuelto el tema y previo cerco de seguridad a cargo de los militares, recorrimos en caserío, envuelto en el mutismo de un inicio de semana diferente. La noche anterior no abrieron las dos casas de entretenimiento, a instancia de la presencia “judicial”. Esa mañana de domingo era distinta, silenciosa, una contradicción de lo que tradicionalmente ocurría cada fin de semana, con su alboroto de gente intercambiando bolsitas de base de coca, en la plaza de mercado, de acuerdo con el testimonio de don Darío Pérez, un hombre que llegó madrugado pues “no sabía del operativo”.

Darío es delgado, la ropa le cuelga, su piel es cetrina y su relato es corto pero contundente. "Yo vivo acá hace ocho años. Soy de Calarcá, Quindío, y me vine a trabajar en cultivo hasta que me cayó un reuma”. Apura un sorbo de tinto y enseña sus manos de dedos truncados, en una posición antinatural. Otros moradores corroborarán el efecto nocivo que tiene el raspado de la planta maldita en la salud de los trabajadores, quienes se internan en la manigua para participar en el que resulta ser el renglón menor y menos lucrativo de la cadena de producción y procesamiento de narcóticos.

Una vez concluida la revisión de antecedentes para el señor Pérez y una veintena de hombres interceptados en la plazoleta del poblado para la revisión de su pasado judicial, se registran las primeras capturas. La jornada transcurre en medio de un controlado ambiente de tensión, tras el hostigamiento de la noche anterior, en tanto que algunas diligencias de allanamiento en viviendas abandonadas, y que de acuerdo con información allegada por informantes, servirían como depósitos pasta de coca e insumos, arrojan como resultado la incautación de un centenar de galones de precursores químicos (acetona).

La presencia de la delegación interinstitucional a Guerima, Vichada, reportó además la detención de una decena de personas señaladas como milicianos de la red de apoyo financiero y logístico del frente 16 de las Farc, como un relevante resultado operacional. El fotógrafo Molina y quien escribe estas líneas preparamos un informe sobre el recorrido de una comisión judicial-militar, experiencia que por dos días se tradujo en la presencia del Estado en un apartado lugar donde, a la luz de lo vivenciado, la fuerza insurgente que por muchos años dominó la región empezaba a perder fuerza y ceder territorio.

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