Así opera el discurso de Trump para justificar la invasión a Venezuela, según Foucault

Foucault enseñó que el lenguaje ejerce poder y produce realidades; Trump usa palabras para justificar invasión a Venezuela y normalizar intereses imperialistas

Por: Gustavo Riveros Dìaz
enero 29, 2026
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Así opera el discurso de Trump para justificar la invasión a Venezuela, según Foucault

El filósofo francés Michael Foucault afirmó que el discurso no refleja simplemente la realidad, sino que la produce. Rompe con la idea de que el poder es algo que se posee, sino algo que se ejerce en relaciones múltiples y cambiantes. Para él, el lenguaje es una revelación de las concepciones y manifestaciones del poder sobre algo o sobre alguien.

Para ejemplificar esta postura del filósofo de manera sencilla y coloquial, cuando usted está de visita en una casa y el dueño le dice: “no me toque ese cuadro”, le está señalando que el cuadro es de él, que él tiene el poder sobre ese objeto y que usted debe respetar su posesión y, de manera implícita, lo coloca a usted en una sutil posición de inferioridad y de obediencia.

Foucault comprendió que el lenguaje es un espacio donde se producen y se ejercen relaciones de poder, y para nada es una herramienta neutra de comunicación. El lenguaje es una práctica tan versátil que fabrica “verdades” e incluso nuevos órdenes sociales.

En su concepto, el lenguaje es peligroso porque ejerce control, conduce conductas y logra un “régimen de verdad” si es reconocido como legítimo y proviene de personas, instituciones y autoridades que tienen el poder para reforzar esa “verdad”. El lenguaje es una herramienta y una extensión del poder.

El lenguaje, cuando proviene de una instancia o persona con poder, categoriza, discrimina y logra, o mejor, produce clasificaciones en extremo peligrosas. Por ejemplo, si desde la psiquiatría alguien es clasificado como “loco”, produce en los demás visiones y concepciones sobre esa persona que es incapaz de funcionar socialmente y la anula para tomar decisiones propias o permite a otros recluirla o rechazarla, entre otras consecuencias.

Alguien con poder, al afirmar ciertas cosas, transforma posiciones, identidades, verdades y juegos de autoridad, rebasando el poder descriptivo del lenguaje, y por ello es necesario atacar cualquier discurso falso, tendencioso o arbitrario. Hay que ejercer una sólida resistencia contra ese tipo de discursos. No se pueden dejar pasar.

Los discursos de los poderosos normalizan mentiras, comportamientos inadmisibles, realidades que falsean, disfrazan y modulan con oscuros intereses. Es muy importante combatir los discursos peligrosos porque producen nuevas realidades, justifican acciones inapropiadas y normalizan lo inadmisible y lo ilegal, y esto aplica en todos los ámbitos sociales, desde los hogares hasta las altas instancias de poder.

El “veneno” en el discurso trumpista

Por todo lo anterior, las inauditas manifestaciones de Donald Trump sobre Venezuela poseen un lenguaje imperialista, anacrónico, anclado en un pasado nefasto, humillante y ofensivo, no solo para los venezolanos, sino para todos los latinoamericanos.

Decir, por ejemplo, en forma cínica y falsa que el petróleo venezolano es de Estados Unidos, es una afirmación atrevida, dirigida especialmente a sus partidarios pero con repercusiones mundiales, que ofende y trae consigo intentos de justificación de que las acciones del gobierno Trump buscan “recuperar” recursos naturales que les “robaron”, y eso, en palabras de este sátrapa, es muy peligroso porque da fundamento a invasiones violatorias de la autonomía de los pueblos.

Con el falso pretexto de la lucha contra el narcotráfico, las manifestaciones de Trump en el sentido de que funcionarios de Estados Unidos van a administrar Venezuela (aunque luego fueran matizadas por el Secretario de Estado, Marco Rubio), produjeron oleadas de sentimientos y de posiciones en muy diversos y contradictorios sentidos.

Para los opositores del chavismo fueron palabras redentoras y esperanzadoras en el sentido de que se aproximaba el fin del actual Gobierno venezolano; para otros fueron una peligrosa demostración de que Estados Unidos puede invadir cualquier país impunemente bajo ese pretexto o cualquier otro; para algunos expertos fueron la revelación de que el imperio norteamericano va por el petróleo (como en efecto se evidenció sin ningún recato) y ese país está próximo a una crisis energética; para muchos fueron un regreso a un pasado colonial, expansionista y guerrerista que busca recuperar un liderazgo perdido; y son muchas otras las posiciones generadas.

El fracaso de los organismos internacionales

Pero además, la extracción del dictador Nicolás Maduro por parte del gobierno de Estados Unidos ordenada por Donald Trump el tres de enero de 2026, es resultado de la inacción e inoperancia de los organismos internacionales, especialmente de la ONU y de la OEA, que no han sido capaces de encontrar canales diplomáticos para negociar o lograr una transición hacia la democracia.

Si Estados Unidos llegara a Venezuela o propiciara un gobierno lacayo para defender sus intereses energéticos, continuará el tremendo contraste entre la riqueza de recursos de Venezuela y la vergonzante pobreza de sus ciudadanos. No hay que engañarse. A ellos no les importa la democracia, sino el petróleo. La gente para nada les interesa.

Lo que se aproxima es una renegociación de Estados Unidos con Venezuela, Rusia, China, Irán, Cuba, Nicaragua, Bolivia, Turquía y muchos otros países que poseen beneficios como petróleo subsidiado y condonación de deudas para comprar apoyo internacional.

La extracción de Nicolás Maduro no es más que un golpe efectista del narcisista y arrogante Donald Trump. El gobierno de Colombia en este momento hace bien en formular un llamado al respeto al derecho internacional e interpelar a los organismos internacionales a actuar ante la extracción y los bombardeos de Estados Unidos en Venezuela, pero lo más probable es que sea un esfuerzo inútil.

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