"Ahora nos matan dizque por ser de Los Rastrojos"

La guerra entre las Bacrim asedía a Cucuta

Por: Iván Gallo
septiembre 27, 2013
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Desde el 25 de agosto comenzaron a llegar los primeros desplazados. Ellos decían que en Palmarito, un corregimiento ubicado a una hora de Cúcuta, los Urabeños habían empezado una encarnizada guerra contra los Rastrojos por el control de la zona. Los principales afectados de esta guerra entre Bandas Criminales eran por supuesto los pobladores del lugar. Cinco agricultores fueron asesinados a principios de ese mes y muchos de los que llegaban a la capital de Norte de Santander, lo hacían heridos, golpeados, con los vestigios de la violencia marcándoseles en la piel.

Las autoridades cucuteñas no les prestaron demasiada atención a las súplicas de la comunidad. Los líderes de la localidad presionaban porque se intensificara allí la fuerza pública pero todo se quedaba en promesas. Si no se tomaban las medidas pertinentes ocurriría lo peor.

Y efectivamente el horror hizo presencia el pasado martes.

En la entrada de la vereda El suspiro del Corregimiento de Palmarito, un retén constituido por 20 personas vistiendo uniformes militares detuvo a Giovanny Rodriguez Aparicio y a Humberto Ramírez Castillo. Los dos muchachos se bajaron de la moto en que venían y sorprendidos mostraron sus papeles. El hombre que dirigía el operativo les dijo que no le importaba como se llamaba, que necesitaban hacer una requisa completa y que para hacerla necesitaban estar tranquilos así que entraron al espeso monte ubicado a un costado de la carretera.

“Los papás de Humberto vivían ahí, al ladito de donde estos hombres pusieron el retén. Ellos vieron cómo se los llevaban unos cuarenta metros monte adentro, los siguieron, vieron como estos hombres arrodillaban a su hijo y a su amigo. Les pidieron que por favor no les fueran a hacer nada. El que parecía ser el que mandaba les dijo que no se preocuparan, que en un ratico los soltaba

-        Es una operación de rutina señora.

“Los padres de Humberto confiados volvieron a sus casa. A la media hora escucharon los tiros”. El que relata estos hechos ocurridos el pasado martes 24 de septiembre es Apolinar Suarez, uno de los líderes más aguerridos del corregimiento.

“Esa fue la gota que rebasó el vaso. Desde hacía cinco semanas venían hostigándonos, amenazándonos” puntualiza él, uno de los 170 desplazados que llegaron anoche a la alcaldía de Cúcuta huyendo de los violentos. Hoy 26 de mayo a las 9 de la noche, la suma ha subido a la dramática cifra de 408.

“Tenemos miedo. La semana pasada dos hombres llegaron en moto fuertemente armados y les dijeron que se fueran de ahí o sino los mataban”.

El sábado pasado atacaron a una familia escogida al azar. Eran cinco hombres, cada uno tenía una metralleta en sus manos. Dispararon sobre la fachada de la casa hiriendo a un niño en la pierna y a una mujer embarazada.

“Esta gente ya no nos ataca porque nosotros seamos guerrillos sino porque creen que somos informantes de los rastrojos. Está claro que eso es la excusa que tienen para sacarnos de acá y quedarse con la tierra que nosotros con tanto esfuerzo trabajamos”

En Palmarito se siembra Palma africana y arroz, además de que sus pastos verdes favorecen la cría del ganado. Hay fincas esplendorosas y eternas. En general es una tierra próspera. Pero a los Urabeños no les interesa eso. Si están allí es porque el corregimiento  se ha convertido en un corredor para la gasolina y el contrabando que las bandas criminales traen ilegalmente de Venezuela. “Para ellos traficar con gasolina es mucho más rentable que traficar con droga”. Dice Edwin Camargo, un experto en problemas fronterizo y coautor del libro Frontera Caliente. “ganan más dinero y además es menos peligroso”

Presa del pánico la población civil huyó despavorida del corregimiento el miércoles 25 en horas de la noche. “Llegamos primero 150 pero ahora somos más de 400. Se esperan que en las próximas horas lleguen 40 familias más” nos dice Apolinar que ha tenido que soportar ya dos desplazamientos forzados “Me tocó huir en el año 99 debido a la ofensiva paramilitar” en esos terribles años pasó por la desgracia de perder a un hermano “Esta es la hora y todavía permanece desaparecido. Dicen que le dieron un tiro en la nuca y después lo echaron al río Zulia”.

Las cosas para Apolinar y los demás pobladores de Palmarito estaban tranquilas “Durante cinco años no pasó nada hasta que empezaron a aparecer los muertos en agosto. Se le había advertido a la alcaldía que esto iba a pasar pero mire, no nos hicieron caso”.

Efectivamente llegó el día del anunciado desplazamiento masivo y la alcaldía de Cúcuta no estaba preparada para eso. Una vez llegó el primer bus con la gente de Palmarito y el secretario de gobierno, David Castillo les dijo, según testimonio de uno de los líderes de ese corregimiento que “No se bajen del bus, ya les mandamos cincuenta soldados para allá para que controlen la zona, pero por favor, no se bajen del bus”. Las personas, cansadas, desesperadas y hambrientas no le hicieron caso a las órdenes del funcionario.

Si no hubiera sido por el Servicio Jesuita a Refugiados, Bienestar familiar, Acnur y hasta la policía nacional los 400 desplazados que han llegado al Centro Para las Migraciones, con capacidad para 75 personas, hubieran dormido en la calle. La situación en este estrecho recinto es claustrofóbica. Los alimentos empiezan a escasear y de la alcaldía ningún funcionario ha dado la cara. Los niños que  hasta hace unos momentos no paraban de llorar, encuentran algo de consuelo gracias a los policías que por culpa de la necesidad se han convertido en recreacionistas.

“Esperamos poder reubicar a esta gente lo más pronto posible en colegios u hospitales” dice Yurley Duarte, coordinadora de atención a víctimas del departamento administrativo de Bienestar Social.

Los que han llegado desde Palmarito y las veredas aledañas están preocupados por las pocas familias que aún quedan en el sector. Los Urabeños ya se han apoderado de la zona y temen que tomen represalias contra ellos “se piensa que son unas cinco familias las que aún están allá. Dicen que las calles del pueblo están solas, como si fuera un pueblo fantasma. Ni la policía ni el ejército hacen presencia. Lo único que se escucha es el sonido de las motocicletas de los bandidos” A Apolinar Suarez estás palabras le han robado la poca energía que aún tenía. Se le cierran los ojos y va buscando un rincón en el centro para las migraciones en donde acostarse un momento a descansar. Sabe que su tragedia lejos de terminar con este agitado día apenas comienza.

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