Opinión

Arrochelados

"No hacerle caso a nadie" parecía ser la consigna más profesada en estas tierras hace siglos; hoy seguimos siendo arrochelados, sobre todo en la mal llamada política

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septiembre 05, 2020
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Arrochelados
Arrochelados  hay por todo el país, abanderados de la protesta social 

En la trayectoria de la investigación social en estas tierras impuras (Fals Borda, Meisel, Sánchez Mejía, García Vásquez, Polo Acuña, et al), poco o casi nada se le ha dedicado tiempo y esfuerzo a indagar sistemáticamente sobre las rochelas de los siglos XVII y XVIII; hay más sobre cimarrones y palenques y por supuesto de la protesta social y a las revueltas, que de esta casi olvidada práctica de resistencia a las primeras instituciones europeas que llegaron al continente.

Rochelas, “sitios de libres” al decir de Sánchez Mejía. Expresiones de desobediencia a todo lo oficial que representaba España en se momento. En las sabanas del Caribe fueron una forma evidente de rechazar al Estado monárquico que gobernaba: negros, indios, mestizos, criollos, blancos y hasta españoles, se revelaron frente a las imposiciones de la Corona en materia de autoridad, linderos, iglesia y tributos.

"No hacerle caso a nadie" parecía ser la consigna más profesada. Pueblos y regiones enteras se entregaron a la desobediencia y a vivir en aparente libertad según sus propias reglas de obediencia a la desobediencia.

Cualquier español o clérigo que intentara poner orden a esos espacios, era rechazado, incluso con resistencia armada, el mismo Antonio de la Torre y Miranda, cuando llegó fungido de ordenador, se vio en calzas prietas para poner orden en medio de su recorrido desde Barú hasta las montañas del Sajú. Varias veces debió decir: " vámonos de aquí, que estos pueblos no le hacen caso a nadie."

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Mucho tiempo ha pasado desde entonces, sin embargo, algo queda y fuerte, en estas comunidades nuestras que aún se resisten a obedecer

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Mucho tiempo ha pasado desde entonces, sin embargo, algo queda y fuerte, en estas comunidades nuestras que aún se resisten a obedecer. Quizá parte de la forma como asumimos las reglas, los contratos sociales mal redactados, los proyectos de sociedad que nos venden, acomodados a intereses de élites mezquinas, y las innumerables propuestas de civilización democrática liberal en todas sus formas (incluso con revolución armada); poco han calado en la memoria colectiva y en el consciente del ciudadano deformado e indómito que hemos creado en estas fronteras del bullerengue y la gaita chuana.

Seguimos siendo arrochelados.

No nos debe avergonzar eso. Mientras lo que nos venden entre espejismos de democracia liberal no sea algo revelador de que la especie humana impura que se está cocinando en estos calderos del infierno, tenga una mejor oportunidad, hasta las mesiánicas distracciones de nuestros caudillos que nunca han aflojado el fuete; nos sabrán a lo que ya sabemos.

Pero eso también se nos vuelve en contra, y somos presa fácil de esa devoción por el odio a lo que mueve nuestro modo de pensar y actuar, por ejemplo, en la mal llamada política. Arrochelados también hay por todo el país. No reconocemos a los vencedores en las contiendas electorales, las reglas del juego se cambian cuando no me convienen; hablar mal del otro, aunque sea bueno; calumniar para rebajar; hablar pero no escuchar; el pánico a los uniformes castrenses; la evasión tributaria; prometer plomo en vez de argumentos; ilusionar a niños y jóvenes con revoluciones imposibles; fabricar caudillos con alas a la medida de las balas; desconocer al precario Estado porque no me representa y tampoco sirve para todos mis intereses; hasta el simple acto de botar basura en medio del espacio público.

Arrochelados seguiremos mientras no haya quien o quienes sean capaces de refundar una enésima república hecha como las colchas de las abuelas (a retazos), pero que nos cubra calienticos cuando tengamos presente el frío de la soledad.

Coda: en buena hora se hace la traducción y transcripción al español de estos tiempos de “Diario de un viage hecho en la provincia de Cartagena” (viage en español antiguo) del ordenador de pueblos Antonio de la Torre y Miranda, gracias al esfuerzo del investigador Julio Cesar Pérez Méndez. Búsquenlo para comprender lo que éramos en el siglo XVIII en las sabanas del Caribe.

 

 

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