Opinión

Arriba los criticones

Es hora de rescatar el honroso papel de los criticones, así en mi debut como panelista ellos hayan visto más mis cachetes que mis argumentos

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febrero 15, 2019
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Arriba los criticones
Sin despelucarme ante las críticas, me siento libre de opinar sobre la suicida de Ibagué, la pinta de Luisa Fernanda W o la chaqueta de María Juliana Ruiz

De mi experiencia como invitada al panel de opinión del programa matutino dirigido y conducido por Mauricio Arroyave en Canal Capital, Despierta Bogotá, fueron muchos los comentarios que recibí. Curiosamente, y a pesar de haber hablado de temas polémicos variados que abarcaron desde la anulación del subsidio para servicios públicos al estrato tres, hasta la prohibición del parrillero hombre (mayor de 14 años) en toda la ciudad, las críticas se centraron en mi evidente sobrepeso y no en mis opiniones, mi manera de expresarlas o mi capacidad de análisis.

En un país en donde es normal que levante más arena el horrendo vestido de una “primera dama" que la amenaza velada de que cojan a nuestro territorio de base de tropas extranjeras para invadir a un país vecino y hermano, como lo es Venezuela, era predecible que de mi debut como panelista de opinión solo dijeran: ¡estás hecha una marrana!

Sin embargo, lejos del escándalo, de la queja y de la pose de agredida, recibí la andanada de memes y burlas de todo tipo (un tuitero me comparó con un manatí y otro me pidió que cambiara mi foto de perfil por una “real") como acostumbro hacerlo, calmada, sin alaridos ni llanto. Primero, porque es cierto que estoy gorda. Segundo, porque cada quien es libre de opinar lo que desee y sobre quien desee (siempre y cuando no calumnie ni injurie). Y tercero, porque, por fortuna, aún no existe el derecho a no ser criticado. En una democracia tenemos derecho a criticar y de vuelta deberíamos tener el carácter necesario y la fortaleza con los cordones bien amarrados, para recibir críticas (incluyendo ahí las más destructivas) sin desgarrarnos las vestiduras ni cortarnos las venas.

Hubiese podido escudarme en mi condición de mujer, de periodista independiente, de crítica del gobierno de turno o de defensora de causas perdidas, para mostrarme como una nueva víctima del machismo espantoso de esta sociedad acostumbrada a cosificar a mi género, pero no. De esa dinámica prefiero no ser parte. Y no porque el machismo no exista o porque sea falso que en Colombia suelen juzgarnos a las mujeres como floreros de centro de mesa, sino porque prefiero al feminismo desligado por completo de la corrección política y de cualquier tipo de censura. Así que me burlé yo también de mis veinte kilos de más, prometí hacer dieta y  no exigí respeto, empatía, compasión o sororidad por parte de  mis congéneres (que suelen ser las más despiadadas).

 

Si una figura pública se destaca por su pésimo gusto al vestir,
o si es obesa, o si es calva, o si tiene mucha panza,
no es raro que existan comentarios, mofas, caricaturas y tuits burlones

 

No juego a ese juego porque, entre otras cosas, defiendo con uñas y dientes la libertad de opinar. No importa si esa opinión resulta para algunos insolente, desproporcionada e, incluso, insultante, sobre todo cuando quien critica lo hace con razón, basándose en evidencias, en hechos. Si una figura pública se destaca por su pésimo gusto al vestir, o si es obesa, o si le falta un ojo, o si es calva, o si tiene mucha panza, no tiene nada de raro que existan comentarios críticos acerca de esas particularidades. Y mofas y caricaturas y tuits burlones.

¿Que eso es lo deseable? Tal vez no. Personalmente habría preferido un feedback más constructivo y que las opiniones de mis críticos sobre mi desempeño como comentarista en televisión hubiesen sido menos superficiales, pero de ahí a pedir o desear que la gente cierre el pico y deje de criticarme hay mucho trecho.  Con el argumento de “no digas eso que me ofendes" no deberíamos prestarnos para impulsar campañas que promuevan mordazas. ¿No busca acaso el feminismo empoderar al género femenino? Entendamos entonces que ese concepto de empoderamiento pierde fortaleza si lo combinamos con gimoteos de víctima indefensa.

En estos tiempos en los que la corrección política no da tregua, hasta el punto de rayar en la ridiculez y el dramatismo, vale la pena rescatar el honroso papel que en la sociedad juegan los criticones. ¿La persona que se despeluca ante comentarios que le parecen horribles zarpazos de matoneadores,  nunca se ha burlando de una cara, de una pinta, de una forma de caminar, de un defecto físico? ¿Será que el mundo está plagado de almas impolutas, incapaces de traspasar las fronteras de lo supuestamente decente?

Debo decir que quienes respondan afirmativamente a esos interrogantes no saben nada sobre la naturaleza humana y alimentan, con el marcado afán de callar a los imprudentes criticones, la enorme hipocresía que se agazapa tras esa pose de perfección.

Por mi parte, así como acepto que le presten más atención a mis cachetes que a mis argumentos, me siento libre de opinar que la suicida de Ibagué es también  una asesina, que la despedida del joven Legarda se convirtió en un circo lleno de oportunismo para ganar seguidores y dinero, que la youtuber Luisa Fernanda W debería aprender en qué momentos es inapropiado mostrar el ombligo y la espalda y que la chaqueta verde menta que usó María Juliana Ruiz en su reunión con el mamarracho de Trump es de las cosas más horrorosas que he visto en mi vida.

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