Armitage: un alcalde al que hay que esconder para que suba en las encuestas

Según el autor, el hecho de que la imagen del mandatario pasara del 36% en febrero al 46% en julio de 2018 tiene que ver con su ausencia total en los barrios

Por: Leonardo Medina Patiño
agosto 28, 2018
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Armitage: un alcalde al que hay que esconder para que suba en las encuestas
Foto: Facebook Maurice Armitage

 

 

No sé si como estrategia de comunicación o por un asunto del azar el alcalde de Cali Maurice Armitage, tal como lo hizo en campaña, no volvió a salir a espacios de debate público para no confrontar a sus contradictores que fácilmente lo superan en un debate dialéctico, por más sencillo que sea.

Recuerden lectores que al señor Armitage luego de sus desacertadas opiniones en debates televisados en el canal regional Telepacífico, como en los foros en diferentes universidades de Cali, le prohibieron en la campaña política a la alcaldía que saliera a esos escenarios porque siempre lo derrotaban o salía llorando “como una Magdalena” —como dicen las abuelas—, lo que perjudicaba severamente su aspiración al primer cargo de la ciudad.

Ahora vemos que no ha vuelto a salir a los barrios a las 5 de la madrugada, a los consejos comunitarios a escuchar a los líderes barriales sobre las necesidades de su comuna, que hoy muchas siguen sin resolver, dejando entonces una imagen de hombre diligente e inmediatista, mas no un planificador ni un estratega que tenga la ciudad en su cabeza.

Hace algunos días un líder del barrio San Antonio, de la comuna 3, me dijo lo siguiente: “no volví a asistir a ninguna reunión de las que cita el alcalde, porque a lo que le decimos él nos hace caso, pero caso omiso”. Esa frase refleja ese sinsabor en la ciudadanía con un alcalde que prometía un impulso diferente al provenir del sector empresarial.

Recuerdo bien que tenía un argumento contundente con el que demostraba filantropía, que hoy no se palpa por ningún rincón del CAM, y era que él había pagado el abogado de su secuestrador para que lo ayudara en el juicio por ese delito.

Sin embargo, esas hazañas espontáneas no permiten justificar que un hombre como Armitage, con la mejor imagen como candidato, con el apoyo de gran parte de la clase política, del sector empresarial y de parte de la población barrial de Cali, haya postrado a esta ciudad en el estado en que la tiene, luego de un avance acelerado que le imprimieron los médicos Jorge Iván Ospina y Rodrigo Guerrero.

No me olvido que hace un par de años congresistas que adelantaban el proyecto de ley para convertir a Cali en distrito especial citaron a una sesión en el hotel Spiwak con el fin de que se debatiera el tema y se entregara una certificación por parte del concejo municipal para dar vía libre al proyecto de ley. A esa reunión asistieron los concejales más no fue el alcalde, porque al parecer poco o nada le interesaba el tema, o quizá, como en muchos otros frentes, desconocía qué efectos político-jurídicos tenía lo que hoy es una realidad que se encontró en las manos (como la alcaldía) y que tal vez estimaba que era una papa caliente que querían que se enfriara en sus manos…

Finalmente, hace pocos días el alcalde Armitage fue a Casa de Nariño a la sanción por parte del saliente presidente Juan Manuel Santos de la ley que crea esta ciudad en distrito especial, lo que creo que simplemente fue un acto protocolario porque su mirada está extraviada, “perdida en lontananza”, parafraseando a un clásico de la poesía española.

Ya hoy, a un año y pocos meses de terminar su mandato, los secretarios poco o nada le hacen caso a sus bravuconadas, a su hablar de capataz, de dueño de siderúrgica, porque saben que está de salida; sin embargo, hay que admitir que eso es así en lo público y en cualquier etapa de la existencia humana es lo que se conoce como la condición humana, que ha estudiado André Malraux.

Muchos secretarios tenían o tienen agenda propia para sus personales intereses políticos, lo que el alcalde sabiendo, incluso dicho por personas cercanas a su oído, se hizo el desentendido.

Pero parece que me perdí de mi horizonte, como Armitage, y me dediqué a abordar temas de su gestión o antigestión, y no del tema de las encuestas recientes, que dan un porcentaje favorable a su imagen pasando de 36% en febrero a 46% en el mes de julio de 2018.

Claro que algo es algo —dirá el alcalde—, pero olvida que no obedece ese resultado a su gestión, más bien obedece a la ausencia total en los barrios (enfatizo en ello porque era lo que mostraba cada que lo entrevistaban), es por haberse escondido voluntaria o involuntariamente, lo que deja fácilmente colegir que la ciudad lo aplaude más cuando calla que cuando habla, y tal vez eso es lo que dice la encuesta, si hacemos un poco de análisis freudiano.

Con esa encuesta la ciudad parece decirle evocando al chileno Neruda: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente…”

¡Ah! Qué diferencia con Federico Gutiérrez en Medellín, da envidia ese alcalde joven, que proviene del concejo de esa ciudad, que tiene interés en continuar su carrera política, que no anda con dobleces, y que ha puesto a esa ciudad en un sitial que —insisto— da envidia. Su puntaje como gobernante siempre ha sido una constante favorable. En esta última encuesta tiene el 89%.

Incluso el alcalde de Bucaramanga, que era muy semejante a nuestro mandatario local, hace lo propio y se ha sostenido con su “nadadito de perro”, pero ahí va.

Viene entonces un debate electoral interesante, dialéctico, que ojalá tenga altura para una ciudad como Cali, ya distrito especial, que debe tener un gobernante que conozca, que no improvise, que llore —pero no de forma patológica—, que vibre con el sentir de la ciudadanía, que haga click con el ciudadano de a pie, que camine la plaza de Caycedo, el puente Ortíz, las esquinas de los barrios, que haga política sana, que gobierne con los empresarios, con los líderes barriales, con los periodistas, con el concejo y con quien llegue al palacio de San Francisco.

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