
El pasado domingo 15 de febrero se nos fue Antonio Samudio a los 91 años. Un pintor, grabador, humorista. Pintó desde siempre, aunque quiso también ser aviador italiano. Era tímido, pero, una vez se tomaba su whisky, se le abrían los ojos detrás de sus viejos lentes y hablaba con seguridad, tenía risa contagiosa, como buen rebelde se le ocurrían cosas para bien y para mal. Para él charlar era como una lección cuando algo lo asombraba de otra forma, pintar fue su forma de vida. Trabajaba en su mansarda o el taller de Arte Dos Gráfico donde tenía un rincón propio donde le gustaba oír a los trabajadores hablar y las máquinas sonar. Era silencioso, era noble y respetuoso con los seres humanos, pero no con las mujeres que pintaba. Su imaginación y obsesión por la figura femenina fue una constante irreverente. Ellas eran de la misma raza y los colores, siempre coherentes, marca una forma única de pintar en sus pequeños y medianos formatos.

Sobre esta conspiración de amistad dice Juan Manuel Roca nos cuenta en un texto de 2008. ”Hace más de treinta años que conozco a Samudio. Por supuesto que él hace mucho más tiempo que se conoce (nació en 1934). Una larga amistad de una comedia amistosa, otras veces feroz……… Antonio Samudio nos da lecciones de amistad, unas lecciones de humanidad sin moralinas, de franca rebeldía sin alardes.
Ser amigo suyo es compartir un raro talismán, la lealtad y la idea que los solemnes- de ahí nacen las fobias auténticas hacia los políticos y cortesanos, son gentes nocivas, unos pajarracos de mal agüero. Hay que huir de ellos y de sus congéneres como la Medusa lo hace frente a los espejos que petrifican, todo lo que por naturaleza es vital…

Y sí, a pesar de su desbordante vitalidad, Samudio tiene algo que cartujo, de monje sin religión.
Es capaz de esconderse en su casa , en sí mismo, en sus sacos de pana verde botella, tras sus lentes, en una cortina de cuadros, tras el biombo de su humor, en la evocación de sus amigos vivos y muertos, en una vieja milonga, detrás de un libro de José María Arguedas, de Juan Rulfo o de Cesar Vallejo, que son sus dioses titulares, en el alma balsámica de su extraordinaria mujer, tras bastidores, tras bastidores, frente a un cuadro en blanco o su revisitado caballete y permanecer allí largos días con sus noches, solucionando premisas estéticas en el lienzo, fraguando soluciones plásticas a problemas que él mismo crea.”
Quién puede describir mejor a un amigo que para muchos, es una incógnita casi invisible, rebelde y retador”.
Pero todo vale en una amistad.
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