Antioquia y la ultraderecha

“Me niego a creer que los paisas somos uribistas por genética, al contrario, quiero creer que nuestra vocación es más sublime”

Por: Gustavo Lopera
Agosto 17, 2018
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Antioquia y la ultraderecha
Foto: Pxhere

La ola de asesinatos de líderes sociales en estos meses antes del cambio de gobierno presagia lo peor para los próximos cuatro años. No parece ser buena época para quienes piensen distinto, amenacen el statu quo, propongan cosas tan escandalosas como igualdad de derechos, o que la política en Colombia se haga tolerando la diversidad y la diferencia (¡!).

Desde antes de la elección del presidente, Iván Duque (2018-202…), parecería que las adormecidas fuerzas oscuras se sintieran de plácemes y supieran que cierto grado de impunidad los cobijará de nuevo en los próximos años. Sí, porque esa sensación de zozobra se debe en parte a que ya hemos vivido esta historia: comienza con muertes sistemáticas de líderes de izquierda en todo el país que terminan en un genocidio –que aún no se explica ni se sabe quiénes lo orquestaron desde el Estado–, la negación, criminalización y justificación, también sistemática, por parte del gobierno de turno y algunos políticos…

Pero este sentimiento no es fruto de una paranoia colectiva alimentada por propaganda negra –aquella que fue capaz de atemorizar a muchos con el cuento infantil de que nos íbamos a venezolizar–, hay fundadas razones para pensar que la ‘pacificación’ del país, iniciada a finales del siglo pasado, se consume en las décadas venideras. Por eso, el próximo gobierno de Uribe, en forma de un pusilánime y descriteriado Duque, augura que la extrema derecha retomará un proyecto que vieron truncado durante los ocho años de gobierno de Juan Manuel Santos quien, curiosamente, fue el ungido por el propio Uribe en aquel entonces.

Y es que nadie puede negar que los tres primeros presidentes elegidos este siglo se deben a la decisión de Álvaro Uribe Vélez, inicialmente en cabeza propia y, luego, por interpuesta persona en Santos y en Duque. Antes de que empezara la carrera presidencial lo que parecía un chiste demostró, con las últimas elecciones presidenciales, una patética verdad: en nuestra versión de democracia, el presidente puede ser cualquiera siempre y cuando reciba el visto bueno de un solo hombre. Antes de empezar la carrera presidencial, en una pancarta se leía: “Yo voto por el que diga Uribe” y así fue. A pesar de un crecimiento casi exponencial del candidato de izquierda, Gustavo Petro, los más de ocho millones de votos obtenidos no alcanzaron a vencer los diez millones del candidato del senador Uribe, quien nadie conocía seis meses antes de elecciones.

Después de las elecciones muchas fueron las lecturas que se hicieron de quién votó por quién, de qué incidencia tuvo el voto en blanco convocado por algunos dirigentes políticos y generadores de opinión y se evidenció lo que ya se sabía: que Antioquia votaría por el señalado por Uribe y 1’844.027 votos sobre 558.514 muestran la contundencia de esta afirmación. Podríamos decir que de los 2’300.000 votos de diferencia, más de la mitad fueron antioqueños.

Recuerdo la tarde del 17 de junio con gran desazón porque, a pesar de que se sabía que Antioquia era el fortín del uribismo, las movilizaciones de Gustavo Petro despertaban cierta esperanza. No fue así. Entre la frustración y la rabia las redes sociales bullían en recriminaciones, vítores, burlas, amenazas e insultos. Y, como siempre, salía a flote el sentido del humor que usa el colombiano promedio para enfrentar –o evitar– la realidad que, a falta de un mejor nombre, llamamos mágica. Medio insulto, medio reclamo, medio regaño, un meme muestra a un soldado imperial sacado de Star Wars, quien se toma la cabeza mientras dice: “Antioquia m’amor, ¿usté por qué tan paraquita?”. Y, sí. Yo me preguntaba lo mismo y como antioqueño –algo consternado, algo avergonzado–, trataba de entender lo mismo que en otras regiones tampoco entendían, ¿es cierto que la tal raza paisa nos hace sentir mejor que los demás?, ¿acaso Antioquia no sufrió la misma violencia que el resto del país?

Al principio pensé que es cierto lo que muchos dicen: los antioqueños son arribistas y ventajosos –como el Simón que retrata magníficamente Jesús del Corral, en su cuento Qué pase el aserrador– y se basan en un modelo patriarcal en el cual el propio Uribe casa tan bien con el prototipo del amo de finca. Pero si bien esto puede ser cierto no creo que justifique el total los votos que siempre tienden a la derecha extrema en Antioquia.

Tampoco se puede decir que la violencia en Antioquia paso tangencialmente por sus tierras, es más, podemos afirmar que ha sufrido como ninguna el azote del proyecto paramilitar, basta poner como ejemplo, para no ir más atrás y sin ser exhaustivo, las masacres en Apartadó, en el Aro, en Segovia, y la desaparición forzada y el asesinato selectivo de líderes sociales, dirigentes y simpatizantes de la UP, y defensores de derechos humanos como Héctor Abad Gómez, Luis Fernando Vélez, Leonardo Betancur Taborda, Jesús María Valle, y un interminable etcétera. Creo más bien –y haciendo la salvedad que no se puede reducir todo un fenómeno a una simple causa–, que ese vuelco a la derecha se debe, entre otras cosas, a sustracción de materia, que esta tierra aprendió a las malas a bajar la cabeza y que ahora nos tiene atemorizados.

En Antioquia, el Plan Baile rojo, el Plan Golpe de gracia y el Plan Retorno –macabros eufemismos– cobraron la mayor parte militantes de la UP del país. Además, pasó de ser el segundo departamento que apoyó a la candidatura de Jaime Pardo Leal a no contar con un solo miembro en el Urabá Antioqueño,en 1997; sistemáticamente fueron desaparecidos y asesinados todos los que por sospecha olieran a izquierda. Recuerdo que había zonas en el Magdalena Medio donde daba pena capital escuchar música de Silvio Rodríquez. También recuerdo que alguna vez en mis viajes de infancia a Yolombó, una prima me cantaba una coplas a Camilo Torres y me hablaba de libertad y de guerrillas mientras yo escuchaba fascinado; ahora es una defensora acérrima de Uribe al igual que la mayoría de su familia y no la culpo, la guerrilla fue tan inclemente y despiadada como su contraparte. Así es la guerra que nos negamos a abandonar. No creo que nos hallamos vuelto uribistas porque sí, esto fue también consecuencia de un ataque despiadado, premeditado y sin tregua que exterminó a la izquierda en Antioquia, esto sin contar el miedo que se vive en la propia capital, Medellín, donde cada combo reina por encima del Estado en completa impunidad y complacencia del gobierno.

Por eso me niego a creer que los paisas somos uribistas por genética, al contrario, quiero creer que nuestra vocación es más sublime. Cuando la gente dice que el Himno de Colombia es el más lindo del mundo, se me sale el paisa y pienso para mí que es porque no han escuchado el Himno Antioqueño que eriza con cada estrofa. Y sé que Antioquia saldrá de eso que llaman el embrujo autoritario porque el culebrero no puede mantener el cuento para siempre, porque ahora no es como antes y si de algo se precian sus habitantes es de su valentía. Basta ver el aguante inquebrantable de la comunidad de paz en San José de Apartadó, o de las comunidades de Cauca ante el proyecto de Hidroituango. Es cierto que lo que viene da miedo, pero ver las calles llenas de gente resistiendo más allá de un hashtag también me dice que esta vez no nos vamos a dejar.

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