Opinión

Año nuevo a ritmo de mecedora momposina

Hoy traemos la opinión de la gente expresada en su vivir cotidiano, descifrable a quien lo mire con corazón. Pocas palabras y algunas imágenes reflejan el sentimiento vivido

Por:
enero 21, 2017
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Nunca es tarde para hablar de lo bello. Veinte y un días han pasado desde año nuevo. Pero año nuevo sucede cada día, cada minuto, cada instante, si así lo decidimos. Por ello me atrevo a publicar esta columna así hayan pasado veinte y un días. "Año nuevo a ritmo de mecedora momposina", es el título que llegó a mi mente mientras recorríamos calles adoquinadas que han recibido pasos históricos, libertarios, al por mayor. Así como deslumbran las casas blancas y las sonrisas francas, entregadas sin ambajes al turista paseador.

 

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El plan —loco— fue pasar las doce de la noche montados en el carro, recorriendo las calles de esa bella ciudad, Mompox. Contagiarse de la alegría callejera, saludar a diestra y siniestra, tomar fotos, se fue dando de manera espontánea.

Los años viejos con rostros de personajes públicos listos a desaparecer, como la gente quisiera que desapareciera el personaje, quedaba claro en los letreros colgados del cuello. Años viejos que antes de medianoche ardían en todo el centro de la calle, la gente bailando y quemando pólvora a su derredor. La ilusión de lo nuevo por venir, el deseo de lo viejo por partir. ¡Cual humanos que somos!

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Con “la pinta”, era la consigna para pasar el año. Vestidos largos, lentejuelas, minifaldas elegantes, hacían pareja con guayaberas. Sombreros para uno y otro sexo. Niños y adultos por igual. Vallenato, salsa y música de antaño competían casa a casa, lado a lado, al mejor volumen costeño o sea: a todo taco. Podía bailarse con el ritmo propio o el del vecino. Todo unido en una gran fiesta y adornado con las luces decembrinas en forma de arco, árbol, rodeando ventanas o haciendo pasadizos. Verdes, rojas, fucsia, amarillo, blanco, el colorido de la gente buena.

 

Las mecedoras —que participaron como uno más de la fiesta— parecieran ser tan arraigadas como el río Magdalena, la ciénaga y sus habitantes los pájaros, los peces y los niños bañándose en el rio, mientras el sol se pone en el ocaso con tonalidades naranja que deslumbran. Todo es una unidad, nada es separable. No se puede imaginar lo uno sin lo otro. Mecedoras en la acera, en el antejardín, día y noche son testigos mudos de la pasión humana. Eso se respira.

 

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Hoy la columna trae la opinión de la gente, opinión expresada en su vivir cotidiano, descifrable a quien lo mire con corazón. Hoy con pocas palabras y algunas imágenes, ambas expresando el sentimiento vivido. Gracias, Mompox.

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