Al Festival de Música Pachamama se le extravió la brújula

"Son quince años creyendo en la cultura como espectáculo y no como construcción pedagógica. Ojalá encuentren un rumbo para erigir de nuevo identidad"

Por: John Jairo León Muñoz
noviembre 13, 2019
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Al Festival de Música Pachamama se le extravió la brújula
Foto: Facebook @FestivalPachamamaFlorida

¿Qué será que están entendiendo por andino y por Pachamama los organizadores del festival de música que tiene lugar en Florida, Valle? ¿Si se harán la pregunta de dónde están y hacia dónde van? Ojalá que sí. ¿Cuál es el interés de relegar los símbolos musicales andinos como el charango, la zampoña, las quenas, el quenacho, el bombo y darle cabida a lo que sea, a la maldita sea? ¿Reconocerán que perdieron identidad? ¿O cómo toda mujer u hombre de quince, todavía, están madurando? ¿Cuál será su intención de generalizar —como andina— toda la música latinoamericana? ¿En este festival ya puede llegar, musicalmente: merengue, salsa, rock, flamenco, champeta? ¿Ya puede invitarse a tenores, barítonos, bajos? ¿A futuro vendrá una mezzosoprano? ¿Traerán hip hop o reguetón? ¿Escucharemos jazz en la próxima versión? ¿Qué entienden los organizadores por Pachamama? ¿Qué cercanías tendrán con los indígenas de las veredas de las montañas de Florida y sus construcciones musicales?

El festival lo inscriben desde la escogencia del nombre —Pachamama— con la cosmología de los pueblos indígenas del sur de Colombia y del continente, por lo tanto quien llega a él, quiere encontrarse con esas raíces, con esos ritmos, con la bebida típica, con comida, con artesanías, con la identidad musical, con conversatorios que indaguen sobre la relación música, naturaleza, desaparición de bosques y especies, que enseñen sobre los materiales y los rituales para hacer los instrumentos musicales, sobre los saberes ancestrales. Que haya literatura, teatro, cine, fotografía que permita develar o caer en cuenta sobre el impacto del humano sobre la tierra. Es decir, la música debe ser más amplía y en ese sentido debe tocar otras artes, sin dejar el centro: la tierra.

Y así está pensado etimológicamente desde la denominación del nombre Pachamama. Pacha es una palabra Aimara y Quechua, y significa tierra, poder, universo, tiempo. Y unida con —mama— podría interpretarse como la madre tierra o la madre del universo y del tiempo. Entonces si ya hemos resuelto, ese concepto musicalmente y hemos entendido su etimología, lo coherente sería tener un Festival Pachamama desbocado hacia la protección de la tierra y que promueva acciones para el cuidado de la naturaleza, y que más allá de las frases de cajón que se dicen en tarima (“hay que cuidar el medio ambiente”, “cuide la naturaleza”), el festival y sus organizadores, de verdad, abanderaran acciones para el cuidado de la madre tierra, la madre del tiempo y sobre esa idea centren los encuentros: la música andina como universo.

Cuidar la tierra no es solo decirlo, cuidar la tierra significa exigir el cuidado del río Frayle y que sea protagonista; significa respetar las creencias en el sol, la luna que es a su vez creer en la épocas de fertilidad de la tierra; significa saber votar por dirigentes políticos que puedan proteger la tierra, significa poder criticar; significa un cuidado del pensamiento, una construcción estética sobre el cuerpo; significa no comer carne ni usar desechables, pues el mayor contaminante de la tierra es la crianza de ganado y no la producción de petróleo ni la quema de gases; significa comprarle a los campesinos que llegan con sus cosechas a la plaza de mercado; significa interpretar sus maneras de vestirse y defender los tejidos en la ropa y los tejidos sociales; significa dejar de usar plástico y procurar el uso del canasto; significa defender las artesanías indígenas, promover sus bebidas (la chicha que se hace de tantas formas, los hervidos) y alejarse de marcas que atentan contra los saberes y contra la madre tierra, como es el aguardiente Blanco del Valle que se vende en el festival a manera de hervidos. Cuidar la tierra significa defender otras formas de bailes, no tan visibles en las ciudades ni pueblos; divulgar otras maneras de verse, de ser y de estar; otras concepciones sobre esa tierra, la que olvidamos, la que matamos, la que ignoramos.

Se desperdicia, se tira por la basura ese concepto de la palabra Pachamama, pues debería ser el foco de las acciones, el punto de partida para crear. Cuidar la tierra es cuidar lo que somos, y eso significa divulgar lo que somos y sobre cómo construimos música y cómo la preservamos y la enseñamos. Cuidar la tierra es incentivar la creación de grupos musicales que centren su aprendizaje con ritmos andinos y que ese sea el punto de partida para la indagación con otros instrumentos como el piano o el saxofón. Cuidar la tierra es hacer revoluciones chiquitas a manera de festival. Cuidar la tierra es un discurso político que invita a pensarse sobre la música, a cuidar la música, a divulgar nuestra historia, nuestra memoria andina. Cuidar la tierra sería promover lo andino: los carnavalitos, los huayños, sayas, guabinas, trotes y cuecas, bambucos, Huaconadas, San Juanitos. Cuidar la tierra sería reinventarse, como seguro lo quieren hacer, pero se debe encontrar la identidad que ya perdieron. Cuidar la tierra sería mirarse ahora y preguntarse ¿Cómo nos perdimos? Es decir, no se hace un festival como Salsa al Parque y llevo vallenato o no hago un festival de cómics sin cómics. No hago un Festival de Pachamama sino invito a la reflexión para cuidar la tierra, si el centro no es lo andino, sino defiendo musicalmente lo que puede desaparecer en este capitalismo agreste. ¿Cómo será que entienden el significado de Pachamama?

Cabe entonces seguirse haciéndose preguntas, ojalá las hagan ¿Durante quince años este festival ha crecido? ¿Para quiénes? ¿Dejó de crecer? ¿Cuántos grupos musicales puede decirse que tiene Florida y que se hayan formado en las escuelas de Florida o lo haya formado la Fundación Pachamama? ¿Cuál es el apoyo de la administración municipal o es un Festival que se arma con los aportes de los floridanos? Y, si es con aportes de los floridanos, la reflexión sería ahondar sobre la miseria del arte y las limosnas con la que se sobrevive y si vale la pena seguir haciéndolo o cómo hacer para crecer, cuando ya no se crece ¿Por qué no hay comunidades indígenas en el festival, no les interesa tener esos invitados de lujo, que son los que más protegen la madre tierra? ¿Hay un trabajo pedagógico fuerte, serio o se reduce a una idea superficial? ¿Qué dice la fundación sobre la política, sobre el fracking, sobre los ingenios azucareros que dejan la tierra (la pachamama) seca e infértil? ¿Qué dicen sobre la renuncia de Evo Morales? Es decir, que se llame Pachamama el festival debe darles una responsabilidad con la misma, debe darles un lugar político que promueva una concepción de la sociedad que se imagina.

Los festivales nacen para promover con ahínco una filosofía y, a partir de allí, contagiar y educar y promover sobre arte y cultura. Los buenos festivales defienden ideas. Los buenos festivales se mantienen inamovibles en lo que defienden, pues de eso se trata el arte y la defensa de la cultura, de ser radicales. Sino fuese así, no existiría Rock al Park o Alterno o las fiestas de San Pacho o el Carnaval de Blancos y Negros. Los buenos festivales construyen una estética. Y así podemos ver festivales con ideas sólidas y concisas, como el de Cine con temáticas del medio ambiente, o festivales de teatro de obras clásicas o la bienal de Cali enfocada en danza contemporánea, o el festival de jazz. O festivales como el Petronio Álvarez, que cada versión crece más y más, lo que no pierde es identidad. Se reinventan en su radicalidad y promueven la marimba, sus violines caucanos, sus chirimías, sus tragos típicos, su comida, su relación con la tierra y el agua, su cosmología. Pueden invitar a la Filarmónica a Yuri Buenaventura, pero no pierden su raíz, es la esencia, si se pierde la identidad dejan de existir.

¿Cuál es la identidad del Festival Pachamama? Pareciera que desde el nombre del festival se tuviera clara la identidad musical en defensa de la madre de los bosques, pero se desdibuja con la falta de acciones que se piense el medio ambiente y nuestra supervivencia como especie; se desdibuja con una mezcla de ritmos y culturas que parecieran sin un fin. Son quince años creyendo que se hace cultura trayendo a los Gaiteros de San Jacinto o a Herencia de Timbiquí, es decir la cultura como espectáculo y no como construcción pedagógica. En ese sentido al Festival Pachamama debería llamarse El Festival Crossover de la Música Latinoamericana y eso les quitaría responsabilidad política, pues se les extravió la brújula y ojalá la encuentren para construir de nuevo identidad.

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