"El agua se está acabando en Fundación, Magdalena"

Debido a la sequía del río Magdalena, los habitantes de este municipio se la tienen que rebuscar para encontrar agua potable

Por: Angie Negrete
marzo 18, 2016
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Foto: vanguardia.com

Como tradición sabanera se espera el primer festivo del año para ir a las paradisíacas playas de Coveñas, en Sucre. Este año mi familia decidió cambiar la ruta. Visitamos Magdalena, sus ríos sin agua y sus pueblos polvorientos. Tenía quince años sin pisar aquellas tierras.

Iba de copiloto, mi mano derecha sobresalía por la ventana y el viento la rozaba con fuerza. En el estéreo sonaba “La pupileta”, una mezcla de sonidos africanos y modernos, tal como se entrelazan mis recuerdos de aquel 2000.

Mi primer viaje fue a Fundación, inicios del nuevo siglo, en un bus por carreteras sin seguridad. Sonaba la canción Que me coma el tigre de Diomedes Díaz, hit de ese entonces. Quería recordar los días del planchón de madera que llevaba a las personas de una orilla a otra, por los ríos Magdalena o Fundación.

El sol aún sentía benevolencia por los cuerpos cuasi-desnudos que trabajaban sobre una balsa. Las polleras de las niñas cedían al viento, los niños a pie descalzo caminaban a la tienda del cachaco por la vitualla del almuerzo. Las matronas en mecedoras con abanicos de paja seca en las manos escuchando a Los Diablitos.

Los contertulios y sabios del pueblo, se reunían a orilla de los ríos. Era igual en Plato como en Fundación, bajo la sombra de los árboles de tamarindo o mango. Hablaban de las cosas del mundo, del alcalde, las mujeres y las casetas.

Hoy los árboles están secos, no hay mango y el tamarindo es extremadamente ácido, la benevolencia del sol se confundió, ya no da tregua en las pocas sombras del pasado. La sequía, después de miles de amenazas, se ha enfrentado con clara ventaja a los pueblos olvidados por Dios, el gobierno y la prensa.

Nadie apuesta por la venta de hielo, la falta de agua potable lleva a la ruina el negocio, y los habitantes lo saben. Las bolsas y botellas con agua se han extinguido en todas las tiendas, la venta de gaseosa es diversa pero he decidido renunciar a beber gaseosa por salud, o voluntad.

Frente al gran problema, yo, pueblerina, acostumbrada a derrochar el agua en carnavales, baños eternos e inútiles y limpiezas maniáticas me encuentro frente a la necesidad de saciar mis caprichos de sed en un pueblo con 40° centígrados de temperatura, sudor interminable y calles polvorosas que secan mis palabras en la boca.

Busqué incansablemente el líquido preciado en buenas condiciones. Sin respuestas positivas por el corregimiento de San Luis en Plato, intenté desnudar mi cuerpo decorosamente con abarcas calzando mis pies, polleras cortas y blusas de tira. Prefería quemar mi piel y no sentir el agobiante calor de esos días.

Con los labios resecos como las uvas pasas, deshidratada y sin fuerza ni voluntad, mi búsqueda se redujo a las cinco tiendas, las casetas de parrandas y a los vecinos deshumanizados. Sentía por algunos instantes como la canción de Diomedes que escuchaba en el 2000 se hacía realidad en mi guerra interna.

Porque deseaba subirme en un frondoso árbol, y que el viento se paseara por mi melena como por sus ramas. Moría por tirarme en el río con todo y mi tigre, que no era más que el orgullo de una pueblerina queriendo convertirse en una citadina. Quería olvidar los protocolos de comportamiento y sumergirme en el Río Magdalena.

Llegó la hora de partir y retomar nuestro camino hacía Fundación, mi sed pudo más, el daño ya estaba hecho. Había optado por recibir el vaso con agua amarillenta, sacada especialmente del río para calmar mi sed.

Humillada por el esfuerzo en vano, la necesidad sedienta de mi cuerpo y mi alma, cerré los ojos y tomé hasta el fondo el agua de charco, ‘curtida’. Una vez más me convertí en ‘barriga de sapo’, porque deshonrosamente así nos llaman a quienes sin más opción bebemos del río.

Llegamos a una tienda de Olímpica, intenté purificar mi cuerpo con agua embotellada que costó aproximadamente lo mismo que un litro de leche de vaca. Nunca lograré entender el imperio corrupto de nuestro país, donde decenas de pueblos sin ningún recato han sido negados del agua, mientras afortunados malgastan y derrochan el líquido.

Durante el camino sentí un leve cólico, aquel vaso con agua había hecho efecto, y el agua embotellada no había purificado ni mi estómago ni mi boca que seguía como uva pasa.

La situación de sequía en el Río Magdalena era como un déjà vu en Fundación, árboles secos, gentes enjauladas en sus casas de bahareque o ladrillo, pintadas de diversos colores demostrando que a pesar del olvido y la humillación de la escasez siguen siendo pueblos felices.

Otras casas de bahareque se han desfigurado, perdidas en el tiempo y en la soledad de aquellos que abandonaron sus tierras por oportunidades, tal como lo hizo la familia de mi madre. Con mucho pesar se perdió Plato, Fundación, y la macondiana Aracataca con sus ríos.

La sequía ha condenado al ganado, la caballería y los burros de carga a tener sus huesos fundidos en sus pieles. El pasto permanece seco, lleno de montañas hechas por el comején, las nubes se olvidaron de regar la bendita lluvia, y la corrupción ha consumido lentamente la esperanza de los desesperados.

Es más que un fenómeno natural, lo que ha destruido a estos pueblos es la sequía del recuerdo y la nostalgia.

Pero algunos de los señores feudales, grandes terratenientes de los miserables pueblos del Magdalena se adueñan, sin escrituras, de extensos kilómetros de tierra árida que ha dejado la sequía para acorralar al ganado y su boñiga.

Ya no hay nada que hacer, excepto suplicar a los dioses que se apiaden de los políticos y algún día podamos regresar la dignidad que se merecen todos, los bogotanos, los costeños y los pueblerinos de barriga verde.

Regresamos a Sincelejo, un pueblo frustrado que intenta ser una ciudad “civilizada”.

 

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