Opinión

Agua pa’ beber

Por:
agosto 23, 2014
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La ciencia nos ha permitido entender el funcionamiento de la naturaleza y el origen de la vida. Aunque hay un consenso general acerca de dónde y cuándo, el “cómo” es aún uno de los muchos misteriosque la ciencia tiene por resolver.

Cada quien es libre de elegir qué creer, aunque esto signifique rehusar la evidencia (¿no hay peor ciego que el que no quiere ver?). Sin embargo, incluso para quienes lo hacen, es claro que la vida como la conocemos no puede existir sin agua. Es más, para muchos la existencia de este líquido es condición sine qua non también para aquella que no conocemos (p.ej. extraterrestre). Ni hablar del papel que cumple en la regulación del clima en nuestro planeta. Me pregunto entonces ¿por qué la irrespetamos como lo hacemos?

Alrededor del 71 % de la superficie terrestre está cubierta por agua, el 97 % contenida en los océanos (es decir, es salada, no potable). De lo que queda, alrededor del 2 % está congelada (la gran mayoría en los polos, es decir, inaccesible). Esto nos deja con algo así como 1 % del agua en el planeta disponible para beber. El Servicio Geológico de los EE. UU. ofrece una comparación muy interesante de los volúmenes totales de agua en el planeta:

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La esfera más grande representa el volumen total de agua; salada y dulce. La mediana, el volumen de agua líquida y potable. La más pequeña, el volumen contenido en ríos y lagos, las fuentes de agua potable más comunes.

Aun cuando es claro que ríos y lagos son la fuente del agua que bebemos, el crecimiento de las urbes y la migración masiva hacia ellas nos han alejado de esta realidad. ¿De dónde viene el agua que bebemos? ¿Cuántos citadinos conocen el nombre del río o lago de donde proviene el agua que sale por sus llaves? ¿Cuántos se atreverían a tomar agua directamente de esos ríos y lagos sin que pase por las plantas de potabilización modernas? Creo que pocos, incluyéndome a mí. Es más, me pregunto ¿cuántas personas de las que vivimos en ciudades (hoy en día más del 50 % de los seres humanos) se habrán agachado, “encocado” su mano y tomado agua directamente de la fuente?

Hace poco emprendí un viaje de acampada en el norte de Suecia. Por supuesto, una de las preocupaciones de los caminantes es el acceso al agua. Cargarla por más de cien kilómetros de camino no es precisamente la mejor idea. Alguien me dijo que no me preocupara, que podía parar en cualquier río de montaña y tomar directamente de él. Yo, por supuesto, me sorprendí. ¿En serio? ¿Y no me enfermo? Después de un tiempo, pensé en lo irónico de la situación. ¿No debería sorprendernos más el hecho de que no podamos hacerlo con tranquilidad?

De este viaje, muchas experiencias y recuerdos pueden ser resaltados. Para los que apreciamos la posibilidad de desconectarnos del mundo moderno y conectarnos con la naturaleza, unos días de camino por paisajes prístinos y con tiempo de sobra para pensar y reflexionar son una verdadera fortuna. Pero el hecho de poder tomar agua como se supone que debemos hacerlo, es algo en verdad inolvidable. Aún recuerdo el momento, después de unos cuantos kilómetros de haber abandonado la estación rumbo a la montaña, cuando me agaché por primera vez, un poco temeroso, a llenar mi botella con agua del río. Miré a mi novia y con un miedo residual, moderno, urbano (y con una curiosidad tremenda), llene mi boca y tragué. El agua calmó mi sed tal vez de la misma manera que lo haría el agua de la llave o embotellada. Pero ¡la frescura, la temperatura, el sabor! Y lo que es aún más importante: fui consciente de lo trascendental y maravilloso que era aquel momento, que tardó treinta y dos años en llegar.

Algunos de los mejores recuerdos de mi infancia vienen de los innumerables “paseos de olla” (una de las maneras de reconocer a un colombiano) y de los baños en los ríos y quebradas de Antioquia. Aunque no soy un experto en leyes, entiendo que los ríos y quebradas, las lagunas y las playas, son de carácter público. Pero ya sabemos cómo algunos hoteles y personajes privados se adueñan de ellos. Aún recuerdo cuando a mi familia la amedrentaron unos tipos armados, montados en motos náuticas por la quebrada Cocorná (Magdalena Medio), porque estaban en “una playa de propiedad privada”.

Lo peor es que aunque el acceso público a los cuerpos de agua se protegiera, son pocos los ríos y quebradas que en realidad quedan limpios como para disfrutarlos (y mucho menos para beber directamente de ellos). Hace poco conversando con mi abuela, me contó las historias de un río Medellín lleno de paseos de olla y de gente pescando sabaleta. Estoy seguro de que es el caso de muchos ríos en nuestro país, que hoy no son ni sombra de lo que alguna vez fueron. Y aunque los esfuerzos de algunas ciudades por recuperarlos son inmensos, nunca volverán a serlo que deberían ser: agua pa’ beber.

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