Opinión

Adolfo

Un hombre simple, un taxista y mototaxista supo meterse entre los electores de Sincelejo, y quedarse en el tercer lugar con un evidiable 24,62 % de los votos

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noviembre 02, 2019
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Adolfo
Adolfo, bachiller del Simón Araujo y con un “cursito” en electrónica para arreglar radios viejos

En las recientes elecciones del 27 de octubre un grupo de 34.694 electores consideró que había que votar por una propuesta diferente en cuanto a rostros asociados a la política tradicional y clientelista que ha dominado a Sucre (Sufre) y a su capital Sincelejo.

Un fenómeno extraño y paradójico en el paraíso de la compra de votos y de los rebaños de electores adiestrados e intimidados con el látigo de la opresión sobre la libre decisión del ciudadano. El culpable de ese comportamiento electoral en Sincelejo no fue un catedrático curtido en las aulas, ni un político arrepentido que se convirtió -cual Saulo de Tarso- al partido de las buenas intenciones como tampoco un enviado del papa Francisco; fue un simple taxista y mototaxista que ya había dado de que hablar en las pasadas elecciones de Congreso, cuando por poco se cuela en la lista de los Decentes.

Un hombre simple con la preparación básica de la vida, en una ciudad intermedia del Caribe colombiano que no exige tanto en conocimiento como sí en técnicas de supervivencia: bachiller del Simón Araujo y con un “cursito” en electrónica para arreglar radios viejos.

Alguien que cita a Dios como el “padre de la gloria” -seguido de la fórmula “pueblo”- cada tres palabras, con un lenguaje básico y de respuestas entendibles a cualquier interlocutor; supo meterse entre los electores y la opinión de Sincelejo, hasta lograr quedarse en el tercer lugar con el 24,62% de los votos válidos y el 17% del potencial electoral; cuentas que para cualquier gamonal y manzanillo de los que abundan en este paisaje, lo haría soñar de la envidia.

 

Es un campanazo de advertencia en el corto plazo
para la clase política tradicional
que ha aprovechado hasta la saciedad a los recursos públicos

 

Por primera vez en Sincelejo alguien con un presupuesto básico e inusual para hacer política, alcanza un histórico resultado y canaliza el voto de opinión y el voto castigo a la clase política tradicional que ha aprovechado hasta la saciedad a los recursos públicos. Bien merecido y es un campanazo de advertencia en el corto plazo para todos ellos. Mientras que para la ciudadanía sincelejana es una forma directa de vencer sus propios miedos que le han impedido romper con los miedos de siempre.

Sus apariciones en público se soportaban en su vestimenta sencilla (de Tierra santa diría la pupis) y en una carreta mecánica con su imagen, eslogan (Cambiemos con Adolfo) y marca del partido ASI; unos que otros videos en Facebook con pronunciamientos sencillos y entendibles, otros desde su casa en un barrio estrato 2 y varias entrevistas de menos de 14 minutos en promedio en los canales locales de televisión.

Su programa de gobierno (9 páginas) estaba redactado en un lenguaje elemental pero penetrante (la palabra más extraña que le escuché en sus entrevistas fue “nodos”), que al detalle no ofrecía sino más de lo mismo; su gerente de campaña era un arquitecto con dos posgrados y que vive de mototaxista (una fiel representación de las angustias contra las que luchaba) y que en los debates organizados con los demás candidatos o no asistió o brilló poco.

Aunque hilando delgadito, Adolfo con sus apellidos Ordóñez (como los mojaneros) Chadid (como los siriolibaneses), no tendría nada que envidiarles a las casas tradicionales que enfundan esos mismos apellidos con mayores patrimonios que los de él y quizá con una explicación de bastardo al mejor estilo de los clasismos rancios de estas comarcas, sería un hijo natural de la política tradicional promiscua que nos gobierna.

Coda: Adolfo a Sincelejo lo único que le ofreció fue su “carreta” …

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