Iván Cepeda, el candidato marxista de la extrema izquierda lo que propone, en el muy remoto evento que llegara a la presidencia, es ampliar sustancialmente el papel del Estado: más gasto público, más subsidios, más empresas estatales, más regulación. La lógica de Cepeda y de sus incondicionales es intuitiva entre los zurdos: el sector privado al no corregir desigualdades, el Estado debe y tiene que intervenir con mayor decisión. Es una imperativa moral.
La de expandir el papel que juega el Estado en un país profundamente endeudado (multiplicando subsidios, reversando privatizaciones, interviniendo sectores, asumiendo funciones empresariales y dirigiendo la economía) suele terminar en algo mucho menos épico: restricciones, retrocesos y, con frecuencia, profundas frustraciones. En países con altísimos niveles de deuda como es el caso de Colombia, la discusión sobre la casi total “estatización” no puede centrarse solo en el “qué hacer”, sino en el “con qué” y el “cómo”. Ampliar el papel del Estado como propone Cepeda, sin resolver previamente las restricciones fiscales y las debilidades institucionales, no es una estrategia de desarrollo: es una apuesta riesgosa que casi con certeza va a terminar agravando los problemas que se intentan resolver.
En países con altísimos niveles de deuda como Colombia, la discusión sobre la casi total “estatización” no puede centrarse solo en “qué hacer”, sino en “con qué” y el “cómo”
Un gobierno de Cepeda puede terminar siendo una diabólica caricatura de aquel de Petro en que un optimismo – sin el menor respaldo técnico o económico – les llevó a sobredimensionar los ingresos fiscales y a cometer errores de supina ignorancia como el de presupuestar ingresos producto de pleitos que aún no se habían concluido, mucho menos sentenciado. El resultado de esa primiparada combinada con asombrosa ingenuidad, muy rápidamente se hizo sentir: los ingresos fiscales fueron sustancialmente por debajo de lo presupuestado, anomalía que conllevó a la ampliación del déficit fiscal y por ende al aumento irresponsable de la deuda a niveles insostenibles. La respuesta del gobierno ante esta debacle fue todavía más insensata: impuestos adicionales, agregado a una mayor presión sobre la economía formal, con la inevitable consecuencia de un absurdo crecimiento de la ‘economía informal’.
Los mercados – por más que la palabra incomode tanto a Petro como a Cepeda – se ignoran a un costo muy alto: sencillamente no responden ni reaccionan a discursos, sino a números y resultados. Cuando los mercados perciben que un país endeudado como es el caso de Colombia decide gastar más sin una base tributaria más sólida, ajustan hacía arriba el costo del crédito. La estatización de la economía y el aumento de los subsidios, programas estrella de Iván Cepeda, con absoluta certeza van a requerir fondos que sencillamente no existen. Al acudir a mayor endeudamiento lo que puede llegar a pasar es que los mercados, al ver que el país va a tener serios inconvenientes en atender sus compromisos financieros, puedan inducir un cierre parcial o total del crédito. Este cierre, por parcial que sea, con seguridad va a conducir a que Cepeda y su equipo declaran un “default” unilateral. De llegar esto a ocurrir, el país inexorablemente estará tomando el mismo camino de Venezuela, Cuba y Nicaragua y en ese evento el país ya no está eligiendo su política económica, sino administrando las consecuencias de su irresponsabilidad.
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