Adán y Eva en tiempos de neoliberalismo

Antes de morder la manzana, el trabajo no asumía forma de castigo y la sociedad trabajaba para sí misma y no para pequeños grupos

Por: Mateo Malahora
Octubre 12, 2018
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Adán y Eva en tiempos de neoliberalismo
Foto: Pixabay

En el imaginario de las sociedades cristianas la manzana es símbolo de caída y culpa de haber perdido el paraíso. Tentación que llevó a los seres humanos a creer en la deshonra de la especie humana.

Sin embargo, pese al perverso señalamiento, la manzana es sabiduría, conocimiento de saberes ocultos, mensaje bíblico encriptado en la fruta del amor prohibido, censurada por haber ofrecido al “homo sapiens”, en alianza con la serpiente, la opción de elegir el goce de vivir sobre la tierra.

Nosotros, admiradores de Adán y Eva, sobrevivientes del tedio y la felicidad sin alegría, que fuimos capaces de pasar de los gestos y gruñidos al lenguaje, de transgredir el primer orden conflictivo, de conocer la relación existente entre el trabajo, la mercancía, el valor y el dinero, no renunciamos a la fábula que nos condujo de la mano del mito a los laberintos de la economía.

Bien lo dijo Adán: “En el paraíso trabajábamos para nosotros, la propiedad no era más importante que los seres humanos, éramos un sentimiento colectivo que nos permitía arrimar sin egoísmo el hombro al hombro del otro para vencer las dificultades. Ayudar a los vecinos era un acto espléndido de salvación terrenal. Nos protegíamos recíprocamente. Vida era un tránsito de alegre libertad”.

“Poco después el trabajo asumió la forma de castigo punible y vergonzoso, la sociedad dejó de trabajar para sí misma y pasó a trabajar para pequeños grupos. Hoy, valga anotar con asombro, mil personas son dueñas del planeta. Los que ayer fungían como bienaventurados convirtieron al planeta en fuente de riqueza y dijeron: “No pase, propiedad privada”.

Para defenderla usaron lanzas, pólvora, escribas, códigos y fariseos.

Adán y Eva, vituperados por la cultura judeocristiana, fueron insumisos, obraron como Prometeo, quien recuperó el fuego robado a la humanidad por los dioses del Olimpo, y no al revés, como lo proclama tramposamente la filosofía occidental. Prometeo no fue un ladrón ni cuatrero.

Tienen razón los “condenados de la tierra” al cuestionar el trabajo enajenado, que ha conducido a la humanidad por los caminos del infierno.

Y agrega Adán: “Ninguna sociedad puede vivir por fuera de la naturaleza. No su puede imaginar la vida humana sin intercambio con ella. Naturaleza, hombre y sociedad caminan estrechamente unidas”.

“La relación entre los seres humanos y la naturaleza no es espiritual ni anímica, salvo como contemplación estética y subjetiva; la integración solo es posible mediante el trabajo. Es la forma del trabajo de cada quien lo que determina la calidad de la relación del hombre con la naturaleza y la dependencia entre los hombres”.

“Si el trabajo y la producción se determinan de acuerdo con las necesidades de la sociedad, las relaciones del hombre con la naturaleza serán armónicas. Todo lo contrario es la destrucción masiva”.

Más adelante señala Adán: “Colombia podría vivir paradisiacamente con otro modelo productivo, con nuevas formas de invertir el beneficio, con distintas maneras de relacionarse entre sí y con la naturaleza, sin destruir al otro, porque al paso que vamos los pobres no se necesitan ni para ser explotados.

No es fácil, argumenta Eva, parafraseando a Pierre Trudeau, quien aludía en alguna ocasión a Estados Unidos: “Estamos durmiendo con el dinosaurio del neoliberalismo, si se acaba de voltear nos hunde a todos. El primer diluvio fue catastrófico, pero el diluvio de la globalización no tendrá la oportunidad de construir una segunda Arca de Noé para el siglo XXI, época de producción mercantil caótica y bandidaje financiero internacional. No se salvarían ni los dinosaurios; además, no caben”.

“No soy catastrófica, pareciera que las mujeres intuyéramos mejor los acontecimientos. En la mirilla bélica agua y petróleo para calmar la deshidratación industrial norteamericana y de la unión europea. Tenemos lo que necesitan. El mercado no tiene fronteras, pero puede ser controlado”.

Inquietante lo que nos dice finalmente Eva: “Si la propiedad es acumulada en pocas manos, los conflictos crecerán y las serpientes de las ideologías radicales estarán dispuestas a fomentar conflictos urbanos y rurales que induzcan a nuestros hijos a pugnar por comerse la segunda manzana para no morirse de hambre”.

Me deja pensando Eva, cuando veo millones de seres humanos, como decía Walt Whitman, que “caminan amortajados hacia su propio funeral”, sin que nadie les auxilie, porque el poder mercantil de las armas aumenta mientras disminuye el poder del Estado, como ocurre en países como el nuestro, donde se intenta adiestrar a los jóvenes en cañones y morteros a cambio de ofrecerles educación pública y, así, dejarlos completamente desnudos y desarmados frente a la agresión y el asalto de la muerte.

Salam aleikum.

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