Abuela, Mamá y Nieta.

Por: Julián Otoya Tobón
octubre 17, 2013
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1922. Año de fenómenos naturales prodigiosos e indescifrables: eclipse permanente de todos los planetas, la luna se mantuvo llena durante sus trece lunaciones, el sol siempre salió por el oeste, el arco iris dejo de ser cóncavo para mostrase cuando y donde le daba la gana como una luna repleta de colores, la lluvia entrapaba las nubes envés de remojar la tierra, el mar no volvió a tener olas… Sí, fenómenos indescifrables que por poco acaban con la basta imaginación que hasta entonces disponía el ser humano para entender su hábitat. Fue, por supuesto, el último año en el que el planeta dio la vuelta alrededor del sol antes de tener que corregir su órbita para reacomodar sus tambaleantes fuerzas gravitacionales y así poder soportar el peso extra que le aportó el nacimiento de la mamá.

A pesar de los terremotos y erupciones volcánicas que se registraron en el momento en que la abuela la paría, su cuna, que no era un nido de paja como la del niño dios, sino de balancín como la de la virgen maría, apenas si se meneó cuando la encaramaron para acunarla y calmarla con las estrellas que pendían del mismo bastón que enredaba el velo que la separaba del enjambre de sancudos y el infierno de murciélagos.
La calmaron, unas veces, de día, dándole de mamar de un obre hecho de ubre de vaca, y otras, de noche, cuando se agotaban estas en el potrero por el hambre o la peste, con uno de cabra, que por dulce y cremoso era el que más le gustaba, pues en ese entonces aún no se conocía el chupo placebo de goma de mamar moderno.

El lomo de los hermanos y las hermanas menores fueron su triciclo hasta que la llevaron a comulgar agarrada de un lirio encima del hermano mayor, mientras el hermano menor, sacando trozos de galletas de soda de un tarro de Noel, con forma de copón, le remedaba una primera comunión que se repetiría eterna como ella.

Un día, desorientada con tanta comunión, casi se va de monja, pero camino al convento, el mismo de las monjas que la educaron más que para parir para que fuera santa y tejedora, se le atravesó el papá vestido de galán paseando a curro, el mico de la casa del abuelo paterno, jalándolo tan duro como podía con una huasca amarrada a manera de collar al pescuezo, que el día que se casó con ella le regaló su calavera repleta de colmillos amenazantes y cuencas profundas y vacías montada en una baldosa negra de mármol como anillo de compromiso.
No sabemos si fue por la magia agresiva del mico o por la devoción del papa que no fallaba en llegar repleto de banano y panela a la cama a más tardar a las seis de la tarde, que a partir de ese verano de sol picante, cada nueve lunas la mamá paria un nuevo hijo o hija según el mandato casi divino de Trenzas, la niñera encargada de malcriarlos y fortalecerlos mientras con un cepillo de barbas de ballena le rascaba las pantorrillas cada vez más enrojecidas por la su encarnecida fertilidad.
Mientras esto pasaba en la casa, el papá no dejaba ni un solo día de trabajar como buldócer de su empresa constructora, haciendo aeropuertos, puentes, represas y barrios nuevos por toda la geografía del país. Y la mamá, armada de dos agujas y despreocupada del cuido de su ya casi una docena de hijos, día a día no solo tejía con lana de virgen los alterones de ropa que pasaban como herencia de cuerpo en cuerpo y sin romperse ni ensuciarse por cada uno de sus críos, sino que agregaba diariamente nudos en cadenetas de punto y cruz, a algo así como una funda de almohada que no paraba de crecer y que según su capricho de araña debían todos los hijos usar como chumbe mientras vivieran en la casa y ella como mortaja el día de su nunca jamás.
Le tocará, en últimas, a este ritmo inagotable de vida, a la nieta menor, la que acaba de llegar al planeta a través de una puerta astral tan compleja como la de la abuela inmortal. No solo descifrar de qué carajo está hecha esta abuela eterna que teje una mortaja que nunca termina, que todo lo recuerda con puntualidad de libro de historia universal, que todo critica con la seguridad de que lo que ella conoció del mundo antes de parir los diez hijos siempre fue mucho mejor, que no deja de llamarlos por teléfono aun con el teléfono descompuesto y ni mucho menos deja de leer y mirar el periódico como en busca de noticias de los suyos. Sino acompañarla hasta un más allá de vértigo y luz que solo ellas dos en su silencio laberintico serán capaces de entender, descifrar y llegar a compartir.

Pues todo parece indicar que ella: la abuela, y su nieta, nacieron con las claves de la vida eterna en sus manos. Qué las disfrutan a plenitud mientras el resto de esta familia incontable y ya desperdigada pegando saltos de dicha entre la tierra, el cielo y lo que queda del infierno, se deleitan viéndolas disfrutar sus vidas deliciosas y eternas.

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