A los que se mueren de tristeza en la pandemia, ¿alguien los está contando?

No se han infectado, pero mueren de corazón roto. El encierro, la crisis económica y el dolor de perder a los que más quieren han hecho a muchos perder el control

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enero 31, 2021
A los que se mueren de tristeza en la pandemia, ¿alguien los está contando?
Recibí el viernes en la noche una llamada que me dejó en otro mundo: S, mi amiga entrañable, había tomado la decisión de quitarse la vida. Su familia le garantizaba los alimentos, no pagaba arriendo porque vivía con su hermano, podía soportar perfectamente la tormenta que nos azota a todos en este momento, pero estaba agotada a sus 40 años. Soltera, sin trabajo, clase media, las noticias en redes sobre amigos cercanos a los que la pandemia se había llevado la asfixiaban cada vez más en su burbuja. El viernes al mediodía, mientras almorzaba con su mamá, tomó la decisión de quitarse la vida.
¿Esas estadísticas alguien las lleva? Son 400 colombianos diarios, 53.000 los que se han muerto directamente por el virus, ¿pero quién lleva la cuenta de los que se van con sus ilusiones rotas, cansados de remar contra la corriente? Publiqué esta reflexión en redes sociales y me gustaría compartirla con ustedes:
Tenía una amiga, se llamaba S. Estaba en el grupo de WhatsApp que tenemos los parceros de toda la vida. Llevaba semanas sin contestar. No sabíamos que estaba triste, que el encierro y la pérdida de su trabajo la habían devastado. No sabíamos ni siquiera que su hermano la invitó a pasar, a ella y a su mamá, unos días a Bucaramanga. El pasado viernes 29 de enero, al mediodía, S no aguantó más. Tuvo un ataque de nervios. Su mamá intentó frenarla, pero ella ya había decidido.
S tomó un cuchillo, le cortó las manos a la señora y se tiró de un quinto piso. Tenía 40 años. ¿Cuántas muertes ha generado la pandemia en Colombia, además de los 53.000 que murieron infectados? ¿Cuántos corazones rotos? Anoche, cuando me enteré de la noticia, pensé que iba a estar más pendiente de mis amigos, más dispuesto a atender sus llamadas, a preguntar cómo están. Hoy, en la mañana, el buen samaritano se había extinguido. Hoy, en la mañana, volví a caer en cuenta de que no tengo mucha buena energía que entregar. A mí las ganas de redimirme se me quitan con el sueño. Lo mejor para mí es encerrarme en el caparazón y esperar sobrevivir. Ustedes que son mejores personas que yo no descuiden a la gente que aman. Pueden estar solas y ustedes no saben.
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