Opinión

A la memoria de Abelito

Abel Rodríguez, un luchador y un educador de toda una vida

Por:
agosto 26, 2020
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A la memoria de Abelito
Un hombre íntegro, un gran ser humano, un señor, un hombre afable al cual le producía indignación la injusticia y la pobreza

Para ti Abelito, el más grande amigo que me dio la vida

 

Qué difícil es encontrar las palabras que signifiquen y expresen el profundo dolor que me embarga por la muerte de Abel Rodríguez, un gran ser humano con el cual tuve la fortuna de construir y compartir una profunda amistad a prueba de todo durante más de 40 años. En las buenas y en las malas, en las difíciles y en las alegrías compartidas, cuando nos tocó caminar solos o estar muy acompañados, en la tristeza, pero también en la infinita capacidad que teníamos con Abel para reírnos de nosotros mismos y del Cambalache de la vida, en la lucha de muchos años o en la calma de nuestras delirantes tertulias amigueras. Cuanto falta hace un diccionario del dolor y la tristeza para las grandes ausencias.

Abel Rodríguez fue un luchador y un educador de toda una vida. Un hombre íntegro, un gran ser humano, un señor, un hombre afable al cual le producía indignación la injusticia y la pobreza, pero no se quedó en el discurso, en la consigna, en el pliego de peticiones, en el eslogan de campaña electoral, siempre busco soluciones, respuestas, transformaciones.

Recuerdo su molestia al llegar como Secretario de Educación, cuando nos explicaron cómo era el funcionamiento de la alimentación escolar según los programas de focalización de la pobreza vigentes hasta el 2004 en los colegios públicos.

A Abel no le cabía en la cabeza que el refrigerio escolar se entregara en cada salón solo a los niños de estratos 1 y 2 y que los demás niños, los de estrato tres, los miraran comer desde el silencio de su propia hambre. Solo tenían derecho “los más pobres de los pobres”, los demás debían resignarse, “no comer callados”.

Se indignó, pero de inmediato se empeñó en que los niños, sin distingo alguno, disfrutaran de un almuerzo o un desayuno decente y nutritivo. “Comida caliente y servida a la mesa como debe ser” solía decir. Aumentó de 203.000 a 673.000 refrigerios, incluidos 132.000 almuerzos o desayunos, durante los seis años de su gestión. (1)

Cuando se enteró de que la inmensa mayoría de los colegios de Bogotá no resistirían un eventual temblor, acometió la obligada tarea del reforzamiento estructural de los colegios antiguos, y exigió que los nuevos tuvieran las mejores condiciones locativas: comedores escolares, aulas especializadas, aulas con computadores, bibliotecas bien dotadas, emisoras, salas de informática para profesores, espacios especiales para los niños de preescolar. Se propuso la meta ambiciosa de construir 42 colegios, al igual que reforzar y mejorar 220 antiguos. En 6 años hizo realidad la entrega de 36 nuevos colegios y los restantes fueron culminados por las posteriores administraciones.

La pobreza no le era ajena, la conoció cuando tuvo que abandonar su pueblo natal Piedras (Tolima) y marchar a Ibagué, pues la escuela donde estudiaba solo tenía hasta quinto de primaria. En Ibagué se hizo normalista en la Escuela Normal de Varones y una vez recibió su título de maestro viajó a Bogotá e ingresó como educador en la Escuela San Pablo en un barrio al sur de la ciudad, donde también vivió por muchos años.

Acogió las banderas de la rebeldía y la justicia social de la generación de los años 70 que sacudió al país en medio de grandes movilizaciones y consignas revolucionarias. Su reconocido papel como dirigente de los educadores lo inicio como directivo de la Asociación Distrital de Educadores (ADE) de la cual fue presidente. En 1982 fue elegido presidente de la Federación Colombiana de Educadores (Fecode).

Es considerado el gran negociador del Estatuto Docente de 1979 que puso fin a una década de huelgas y agudos conflictos con los gobiernos de turno y que sin duda transformó positivamente la condición profesional y salarial de los educadores.

Abel Rodríguez fue gestor del Movimiento Pedagógico, considerado el más importante proyecto pedagógico y educativo surgido de los maestros, el cual tenía como propósito lograr que los educadores contribuyeran desde su trabajo cotidiano en las aulas a transformar la calidad de la educación y realizar una profunda transformación de la enseñanza y los métodos didácticos y pedagógicos. Una invitación a los maestros a rescatar su dignidad, convertir su saber y su experiencia pedagógica en un gran instrumento de transformación social y educativa. A pensar no solo en sus intereses, sino también en los intereses de los niños y jóvenes. Para Abel no era suficiente con el logro de mejores salarios, era menester también contribuir a la transformación educativa del país, partiendo de la iniciativa y el profesionalismo de los maestros. Una verdadera revolución copernicana en la manera de entender y asumir las responsabilidades sociales y culturales de los educadores. Un movimiento orientado a cerrar las profundas brechas sociales y educativas que existen en Bogotá y el país. Un sueño inconcluso, aun por realizar.

 

Su influencia en materia educativa en la Constituyente de 1991 fue notable, a la cual llego elegido por los educadores de todo el país. El derecho a la educación y la gratuidad de la educación fueron sus grandes logros.

Su gran proyecto como secretario de Educación de Lucho Garzón, al que llamó Bogotá una gran Escuela, fue tan elemental como transformador: hacer realidad lo que decía la Constitución y la Ley General de Educación. Así de simple.

Para hacer efectivo el derecho a la educación había disponer de una oferta educativa por parte del Estado, por eso construyó colegios públicos de alta calidad. Cumplió el mandato de la Constitución del 91 que en su artículo 67 señala que “la educación será gratuita en los establecimientos educativos oficiales”. En solo dos años estableció la gratuidad total para la educación primaria y secundaria, y marcó el derrotero que años después acogieron la nación y los departamentos. Pero la gratuidad y garantizar un cupo escolar no bastaba. Era necesario también asegurar las condiciones para que los niños y jóvenes permanecieran en las aulas y lograran aprovechar al máximo la educación. Por eso se esforzó en garantizar la alimentación escolar, en organizar un eficiente sistema de trasporte escolar, en garantizar la salud de los niños y jóvenes a través del programa Salud al Colegio

Promovió un extraordinario programa llamado Escuela Ciudad Escuela, el cual consistió en abrir la ciudad y sus escenarios culturales para que los niños enriquecieran su formación y conocimiento. Que los niños y jóvenes fueran al encuentro de la ciudad, aprendieran de ella, pero que también la ciudad entrara a la escuela. Un ejemplo ilustra el alcance transformador y visionario de esta propuesta. El Chef Harry Sasson aceptó la invitación que le hicieron Abel y Lucho Garzón para visitar un colegio y preparar un almuerzo. Fue un verdadero acontecimiento para los centenares de niños y jóvenes que tuvieron la feliz oportunidad de ver el proceso de elaboración y degustar un especial plato de comida. Fue una revolución pedagógica a través de pequeñas cosas que enriquecieron la labor y la vida de los colegios.

Siempre se aferró a la educación y a la democracia como las dos grandes herramientas para derrotar el circulo de la pobreza y construir un país distinto, sin segregaciones odiosas, con más equidad, un país con ciudadanos que puedan vivir y crecer en las diferencias. Un legado educativo y social por realizar plenamente, una inmensa tarea que nos corresponde continuar para ver realizado ese gran empeño al cual dedicó toda su vida ese gran hombre que fue Abel Rodríguez.

 

  • Abel Rodríguez C., La realización de un ideario pedagógico, Secretaría de Educación de Bogotá, 2004-2009. Editorial Magisterio y Espiral Asociados, 2018

 

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