La operación militar para extraer a Nicolás Maduro dejó claro el alcance del corolario Trump a la Doctrina Monroe: la decisión es intervenir para asegurar el control de los recursos de la región y alejar a terceras potencias. El objetivo es apropiarse del petróleo y los minerales de Venezuela, lo dijo con toda claridad en su rueda de prensa Trump, y acabar con la influencia de Rusia, China, Irán y Cuba. Lo que no es claro, es cómo se pudieron equivocar tanto Maduro y sus asesores para creer que podían burlarse del poder arbitrario del tío Trump y no entender el daño que le hicieron a toda la región.
La dramática operación cambió por supuesto el destino de Maduro para siempre, pero sobretodo afecta el futuro de la región durante años. El golpe a la autonomía de Venezuela es un golpe a la autonomía de América Latina. Maduro facilitó la reactivación de la Doctrina Monroe olvidada durante las últimas tres décadas. América Latina había perdido toda relevancia para Estados Unidos, hasta que el auge de China los llevó a replantear su doctrina de seguridad y el valor estratégico de la región.
Es importante reconocer que la supervivencia de Estados Unidos como potencia global se debe en gran medida a su visión estratégica. Cuando el presidente Roosevelt estableció un primer corolario de la Doctrina Monroe -ya con Panamá en sus manos y el canal en curso- lo hizo porque entendió que no podía permitir que sus competidores europeos tuvieran el canal a tiro de cañón. Ocurrió cuando Inglaterra, Alemania e Italia bloquearon militarmente a Venezuela para exigirle el pago de una deuda. Roosevelt envió su fuerza naval para impedir que Europa impusiera su voluntad, pues debilitarían el poder norteamericano. Los europeos tuvieron que levantar su bloqueo ante la amenaza de la intervención estadounidense. Estados Unidos consolidó el privilegio de controlar la región, argumentando que era necesario por la inestabilidad de las republiquetas latinoamericanas.
Ahora Trump agregó su propio corolario a la Doctrina Monroe para tumbar a Maduro. Los intelectuales republicanos que elaboraron el Plan del segundo gobierno Trump saben cómo su país se convirtió en potencia y desarrollaron el nuevo corolario para los tiempos actuales: las riquezas petroleras y de minerales de Venezuela (y del resto del continente) le pertenecen a Estados Unidos y las potencias extranjeras deben mantenerse al margen.
Un poder que nubla la visión
El gobierno Maduro recibió todas las señales por parte del gobierno de los Estados Unidos para actuar a tiempo. Tuvo la oportunidad de negociar antes que los republicanos aplicaran el corolario Trump. Tal vez creyó que el escudo geopolítico que establecieron con Chávez aseguraba la no intervención. Tal vez pensó que podía dilatar el proceso hasta el siguiente gobierno como lo hizo bajo Biden. Tal vez creyó que era mejor una derrota digna que una vergonzosa sumisión.
Seguramente Maduro explicará sus razones en el juicio de Nueva York, pero lo cierto es que el chavismo cometió un error que afectará a toda América Latina durante décadas: al facilitar el restablecimiento de la injerencia imperial debilitaron la autonomía de cada uno de los países del Continente. Estados Unidos aseguró sus intereses en América Latina que pierde la autonomía ganada y el poder negociador que se derivaba de esta posición.
Bajo el liderazgo de Brasil y de México la región había logrado una posición equidistante frente a las potencias. Posición que le permitía beneficiarse de la mejor oferta de cada una, al tiempo que tomaba distancia de los conflictos de la competencia entre ellas. La región obtenía beneficios al escoger según el caso los avances y ofertas que más le convinieran en cada caso, para beneficio de su población y no de las potencias.
La posición autónoma la han manejado con maestría brasileros y mexicanos. Saben con sus cancillerías profesionales hasta donde pueden llegar y cuando un paso equivocado puede interpretarse como una amenaza para Estados Unidos. Cuba, en cambio, ha pagado el costo de su autonomía radical antinorteamericana. No ha querido dar un giro en su política exterior para dejar de ser una amenaza para la seguridad de Estados Unidos a pesar de los costos que paga su población. Al desaparecer la Unión Soviética el valor estratégico de Cuba desapareció. Las nuevas potencias saben que es imposible convertir la isla en una base frente al territorio estadounidense.
La Venezuela chavista-madurista, a pesar de tener la historia de Cuba al frente, asumió el mismo camino confrontacional, pero cincuenta años después de Cuba. Se acercó a los adversarios de Estados Unidos e inclusive a sus enemigos, y poco a poco se convirtió en una base de apoyo para las potencias que le compiten. Con su diplomacia petrolera durante la bonanza impulsó gobiernos afines en varios países consolidando el viejo sentimiento antinorteamericano de la izquierda tradicional, sin impulsar ningún plan de desarrollo que justificara su pasión ideológica.
Llegó la Venezuela chavista al punto de distorsionar el sentido de Unasur, un esfuerzo liderado por el Brasil de Lula para consolidar en un organismo un poder regional inexistente por la falta de coordinación básica entre los distintos países. La región tiene poca relevancia en la política global en buena medida por su atomización que es del interés de Estados Unidos. Si ese poder regional se consolida como quería Brasil, Estados Unidos no controlaría la región sino negociaría con ella. La Venezuela chavista se tomó Unasur y logró extinguirla.
El sentido de la unidad latinoamericano que promovió Bolívar, lo distorsionó la visión superficial de la izquierda populista del chavismo
Prefirieron quedarse en los clichés socialistas, en la confrontación trasnochada de la guerra fría, en la improvisación y la imposición arbitraria de políticas que destruyeron la capacidad de generar riqueza para distribuirla mejor entre la población.
El chavismo-madurismo le dio un duro golpe a la autonomía latinoamericana y al modelo socialdemócrata. Desaprovechó la inmensa riqueza que generó la bonanza petrolera y permitió que la corrupción, el desgreño administrativo y la obsesión ideológica fuera la norma. Por eso la ilegítima, inadecuada y arbitraria intervención de la ultraderecha republicana en Venezuela genera un sentimiento contradictorio de rabia y aplausos. Tardaremos años en digerir el nuevo fracaso de la izquierda latinoamericana y padeceremos años la nueva era del dominio imperial, con nuestra voz silenciada por la estupidez de gobernantes impreparados.
Anuncios.
Anuncios.


