Opinión

¡A cohabitar!

Si es cierto que al Congreso lo eligen las maquinarias y al presidente la opinión, y hoy la opinión supera el poder de las maquinarias, preparémonos para la fórmula francesa

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febrero 27, 2018
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¡A cohabitar!
"Preparémonos para la cohabitación. (Sergio Fajardo, Dios sea loado; Gustavo Petro, Dios nos tenga de su mano)"

Si existe un descontento tan grande en la ciudadanía por el comportamiento del Congreso, cuyas maquinarias políticas permanecen intactas, y la opinión pública favorece a los candidatos a la Presidencia por firmas, no resulta improbable que el próximo Presidente de Colombia tenga una representación muy pequeña en el Parlamento. (Sergio Fajardo, Dios sea loado; Gustavo Petro, Dios nos tenga de su mano).

Es un fenómeno que ocurre en los regímenes semiparlamentarios, Francia, Portugal, Perú, en los cuales el presidente termina gobernando con un primer ministro de otro partido, como ha sucedido en Francia en un par de ocasiones. Muy a la francesa ese fenómeno se denomina cohabitación, algo así como un matrimonio sin amor unido por intereses separados que se complementan, como hay tantos. En 1986 el presidente socialista Francois Mitterrand, tuvo que lidiar con un primer ministro de la derecha gaullista, Jacques Chirac; situación que se invirtió en 1997 cuando el propio Chirac tuvo que lidiar con un primer ministro socialista, Lionel Jospin, hasta 2002. Al final fueron experimentos interesantes de equilibrio político.

En Colombia esa situación, que para el sistema presidencialista nuestro significa un conflicto grave, podría convertirse en una gran oportunidad. Un presidente elegido por la opinión, si mayores ataduras parlamentarias, tendría la posibilidad real de replantear las relaciones tradicionales con un Congreso al que nada le debe. Replanteamiento que sería el punto de partida real de la renovación de la política: cada institución cumpliendo con su deber, el presidente proponiendo sus políticas y el Congreso ejerciendo su labor de control político, aprobándolas o reorientándolas, sin compromisos burocráticos de por medio.

De otro lado, un presidente elegido de tal manera tendría la autoridad que le da el mandato popular de convocar a todas las fuerzas políticas, más allá de las consabidas coaliciones burocráticas,  para ejecutar la agenda de la lucha efectiva contra la corrupción que está en la mente de todos los colombianos: una legislación estricta de inhabilidades e incompatibilidades; la reforma a la justicia, cuyos males están sobrediagnosticados pero no tratados; las reformas a los sistemas de salud, de educación, de vivienda, de subsidios públicos, permeados todos ellos por el llamado patrimonialismo político, que en lenguaje llano y claro quiere decir que cada pedazo del Estado tiene un dueño que lo explota como si fuera  su propiedad privada. El ministro del Interior tendría que ser una persona con un respaldo parlamentario importante. ¡Y a cohabitar!

 

El ministro del Interior tendría que ser
una persona con un respaldo parlamentario importante.
¡Y a cohabitar!

 

 

Y el plan B, si lo anterior no funciona, es por supuesto la convocatoria de una Asamblea Constituyente, que se toma su tiempo, pero que puede realizarse sobre la base de los mismos votos de opinión que eligieron al presidente. Cualquiera que vea el tremendo desbarajuste institucional de hoy en día, puede concluir que ese es un sitio adonde iremos a parar sin remedio si lo que buscamos es un remedio.

No se puede subestimar la importancia y el tamaño de las maquinarias políticas. Bien manejadas, esto es cuando se trata de la elección parlamentaria, son más poderosas que la opinión pública.  En la elección parlamentaria de 2014 votaron 14,3 millones de personas, mientras que en la primera vuelta presidencial, en la cual hubo 5 candidatos, votaron 13,2 millones. Así que de una elección a otra se resquebrajan. Una vez elegidos con el respaldo de su candidato presidencial los parlamentarios son menos solidarios en movilizar votos a su favor. En cambio, en  la segunda vuelta presidencial, si la disputa es apretada, el voto de opinión se fortalece (2,1 millones  votos más que en la primera en 2014) porque la gente corriente puesta a escoger entre la espada y la pared sale al fin a votar. Así que puede ensayarse la hipótesis de que al Congreso lo eligen las maquinarias y al Presidente la opinión, y que hoy en día, después de todo lo que ha pasado, la opinión supera en número el poder de las maquinarias.

Si esa hipótesis es cierta, preparémonos para la cohabitación. (Sergio Fajardo, Dios sea loado; Gustavo Petro, Dios nos tenga de su mano)

 

 

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