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En el barrio Obrero de Cali está ocurriendo algo que merece nuestra atención, no solamente por las obras que transforman sus calles, fachadas y espacios públicos, sino por lo que puede suceder con la vida que allí se ha tejido durante generaciones. El Obrero no es cualquier barrio, en sus casas, talleres, tiendas y esquinas se fue formando una parte entrañable de la ciudad popular, entre familias trabajadoras, pequeños comerciantes, músicos, bailarines y vecinos que hicieron de las músicas afro mulatas una manera de encontrarse y reconocerse. Allí la música no llegó como atractivo turístico ni como mercancía cultural, fue creciendo con la vida cotidiana, entre conversaciones, celebraciones, dificultades y afectos. Por eso, cuando hablamos de renovar el Obrero, conviene preguntarnos qué es realmente lo que se quiere transformar y qué se desea conservar.
La pregunta adquiere especial importancia para la vida urbana en una época de reestructuración de las economías industriales y de las actividades productivas tradicionales; en ese contexto los grandes capitales inmobiliarios, financieros y comerciales encuentran nuevas oportunidades de rentabilidad en el suelo urbano, la vivienda, las infraestructuras y los territorios de valor cultural. Se trata de una transformación profunda en la manera de producir y gobernar las ciudades, donde el espacio destinado a la vida colectiva comienza a ser tratado, cada vez más, como un activo económico. Una de sus expresiones es la gentrificación, mediante la cual barrios populares adquieren nuevos atractivos para la inversión y el consumo, mientras se modifican sus actividades, sus relaciones sociales y las posibilidades de permanencia de quienes los han habitado.
Esta tendencia, que ya conocemos por las experiencias de distintas ciudades latinoamericanas, nos ayuda a comprender lo que está en discusión en el Obrero. La intervención promovida por la administración distrital busca consolidar un recorrido patrimonial y turístico alrededor de la salsa, con expectativas institucionales de recibir 150.000 visitantes anuales y alcanzar una valorización predial del 40 % en el área intervenida. Son proyecciones, no resultados comprobados, pero permiten reconocer una orientación del proyecto en el que la cultura popular aparece estrechamente vinculada con las posibilidades de aprovechamiento económico del territorio; lo paradójico es que aquello que hizo valioso al barrio, construido pacientemente por sus habitantes, puede terminar convertido en un atractivo comercial del cual otros obtengan las mayores rentabilidades.
Aquí encontramos un problema que no se resuelve simplemente mejorando los diseños, cumpliendo los cronogramas o escuchando las inconformidades ocasionadas por las obras; lo que merece discutirse es la filosofía misma de una renovación que parece conceder mayor importancia a la valorización inmobiliaria y al consumo turístico que a las condiciones sociales que han hecho posible la existencia del barrio. Una cosa es reconocer la salsa como patrimonio vivo de Cali y otra muy distinta convertir uno de los territorios donde esa cultura se produjo en un escenario organizado principalmente para los visitantes. No se trata de oponernos a que lleguen nuevas actividades o de imaginar un barrio detenido en el tiempo, sino de reconocer que las transformaciones urbanas nunca son neutrales, producen beneficios, modifican relaciones de poder y pueden terminar favoreciendo a unos mientras debilitan las posibilidades de otros.
La gentrificación, además, no comienza necesariamente cuando una familia abandona su vivienda, puede instalarse lentamente en la vida cotidiana, cuando aumentan los arriendos y los pequeños establecimientos pierden capacidad de competir, cuando las empanadas y delicias de la fritanga caleña se encarecen, cuando cambian los usos de las casas y las calles o los habitantes dejan de reconocerse en los lugares donde transcurrió buena parte de su existencia. No disponemos todavía de información suficiente para establecer la magnitud de estos procesos en el Obrero, pero precisamente por eso resulta indispensable anticipar impactos indeseables; esperar a que desaparezcan los negocios tradicionales o se marchen las familias para reconocer el problema sería aceptar que la renovación puede avanzar sin que sus gestores se hagan responsables de sus consecuencias sociales.
De allí la necesidad urgente de construir una estrategia de permanencia para el barrio Obrero, no como un complemento asistencial de las obras, sino como una orientación fundamental de la política urbana; un plan elaborado con residentes, arrendatarios, pequeños propietarios, comerciantes, trabajadores y organizaciones culturales, que permita conocer sus condiciones de vida, hacer seguimiento a los precios del suelo y los arriendos, proteger las actividades económicas populares y establecer instrumentos efectivos para que sus habitantes puedan continuar viviendo y trabajando allí.
Lo que sucede en el Obrero nos invita a pensar en una discusión mayor sobre el futuro de Cali, una ciudad que necesita recuperar sus territorios deteriorados, mejorar sus infraestructuras y fortalecer sus economías, pero que no puede hacerlo subordinando la vida popular a las exigencias del mercado inmobiliario y turístico. La ciudad no está hecha solamente de edificios, calles y equipamientos, también está hecha de vínculos, recuerdos, trabajos, encuentros y maneras de compartir el mundo; cuando esas relaciones se deshacen, no basta con conservar las fachadas o instalar estatuas para decir que hemos recuperado un barrio; por eso, más que preguntarnos cuántos visitantes llegarán o cuánto aumentará el valor de sus predios, tendríamos que preguntarnos quiénes podrán seguir viviendo, trabajando, bailando y haciendo barrio cuando termine la intervención. Cali no necesita un barrio Obrero renovado para otros, aunque se precisa siempre un vecindario de puertas abiertas; requerimos una transformación que permita a sus gentes permanecer y seguir construyendo su propia historia. Renovación urbana sin gentrificación es lo que necesitamos, es cuestión de concretar el derecho a la ciudad.
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