A partir de los años sesenta, la carrera espacial enfrentó una feroz competencia entre los Estados Unidos y la Unión Soviética para ver quién era el primero en conquistar el espacio. Por supuesto, las dos superpotencias, en plena Guerra Fría, se jugaban el honor y el prestigio. Que si los Sputniks o los Apolos, que si los Saturnos o los Soyuz. Se lanzaron un sinfín de cohetes experimentales no tripulados y otros tripulados por perros, gatos o monos hasta que, por fin, en el año 1961, el comunista Yuri Gagarin logró orbitar nuestro planeta a bordo del Vostok 1. «Por aquí no veo a Dios» fue la célebre frase que pronunció el cosmonauta cuando estaba en el séptimo cielo. Seguro que no lo veía porque él mismo se había convertido en Dios.
Los americanos envidiosos tenían que superar el listón; realmente fueron humillados y necesitaban cobrarse la revancha. Ante el tremendo reto y con las espadas en alto, el presidente Kennedy prometió que antes de terminar la década de los sesenta los EE. UU. enviarían una misión tripulada a la Luna. Se gastaron miles de millones de dólares en planificar tal odisea; se dilapidó una cifra exorbitante con la cual bien se hubiera podido pagar el presupuesto de educación y sanidad de todos los países del Tercer Mundo durante 10 años. Cuentan las leyendas que viajar a nuestro satélite, situado a 400.000 kilómetros de distancia, era uno de los sueños que obsesionaba al ser humano desde la época de las cavernas, y una raza superior elegida por Dios lo hizo realidad.
Pero hubo un fallo inesperado, por trivial que parezca, y es que la letrina del Orión dejó de funcionar. Y ustedes se pueden imaginar lo que esto significa en un espacio tan reducido de 9 metros cúbicos. Pobres astronautas allí hacinados aguantando un frío lapidario y sin poder abrir una ventanilla para airear el ambiente enrarecido por sus propios efluvios estomacales, las materias fecales y la temida diarrea espacial. Todos estos males producto de la antigravedad. ¿Quién va a arreglar el problema del sistema universal de gestión de residuos? Pues democráticamente se elige a la mujer astronauta que tiene más experiencia en esos oficios hogareños.
En la microgravedad las heces vuelan y también tendrán que orinar en bolsas; desde luego que esos olores fétidos y repugnantes convierten la nave Orión en una pocilga. Vaya, que este no es un viaje muy romántico que digamos porque, ante tal emergencia, habrá que ponerse hasta pañales. Y la otra pregunta es: ¿cómo calmar los instintos básicos? La sexualidad es un tabú, no se toca, porque al parecer los astronautas, al estar en el cielo, son considerados ángeles asexuados.
Ahora la misión Artemis II —bautizada así en honor a la diosa griega de la Luna— fue lanzada desde el centro espacial Kennedy en Cabo Cañaveral en un intento por emular los viajes a la Luna de hace más de 50 años. El Orión batirá el récord de mayor distancia alcanzada desde la Tierra al espacio exterior por un ser humano. Aunque existen probabilidades de ser absorbidos por el espacio profundo. En todo caso, ellos eligieron voluntariamente su destino y serán recompensados con homenajes póstumos en este velatorio interestelar. Pero su sacrificio no será en vano, pues sus nombres quedarán grabados en letras de oro en los anales de la historia.
Esta misión retrata perfectamente la arrogancia y la soberbia yanqui que, sin ningún remordimiento, ha despilfarrado miles de millones de dólares. Sin lugar a dudas, una sociedad decadente como la norteamericana necesita héroes y mártires, necesita noticias impactantes que les suban el orgullo y la moral. Con más de 36 millones de pobres, 700.000 homeless y unas 100.000 muertes al año a causa de la sobredosis de opiáceos o cocaína. Pero eso no le importa ni a los técnicos ni a los políticos porque la prioridad es cubrirse de gloria y unos drogadictos no van a impedir que EE. UU. renuncie a la carrera espacial.
Aunque esta vez la NASA se ha acobardado, tienen miedo y se niegan a alunizar emulando la proeza de hace 56 años, ni se repetirá esa mítica frase que pronunció extasiado el astronauta Neil Armstrong cuando sus sucias pezuñas pisotearon la superficie lunar: «…un gran salto para la humanidad…» (no sabemos a qué humanidad se refería, pues hay más de 1.200 millones de terrícolas que viven en situación de miseria extrema), ni clavarán la banderita con las barras y estrellas en el “mar de la tranquilidad” para festejar cantando el “national anthem”. Lo más humillante es que no hayan podido superar el programa Apolo de los años setenta. Así que la tripulación se tendrá que conformar con sobrevolar el lado oculto de la Luna.
El imperialismo yanqui necesita reafirmar su poderío con este tipo de fuegos fatuos que le confiere el título de la nación más poderosa, no de la Tierra sino del universo. Recluidos en la cápsula Orión (completamente computarizada) donde el espectro electromagnético afecta el cerebro, mareados, con náuseas, vómitos, insomnes, inapetentes y sus capacidades cognitivas abotargadas; psicológicamente atribulados, sedados a base de anfetaminas y barbitúricos porque, a pesar de las garantías tecnológicas ofrecidas por la NASA, están arriesgando el pellejo. Y por eso no es de extrañar que se desaten crisis de ansiedad y ataques de pánico. El instinto de supervivencia les juega una mala pasada, pues aguantar tantos días enclaustrados es algo muy traumático y, de repente, en la desesperación, se escape alguien por la escotilla de emergencia. Por eso es necesario drogarse con alcaloides para conjurar la paranoia.
¿Se justifica el viaje de la misión Artemis II?
Los portavoces de la NASA afirman que llevarán a cabo experimentos que contribuirían al avance de la ciencia y la tecnología. Algunos argumentarán que gracias a esas investigaciones científicas hoy gozamos de avances tecnológicos tales como computadores, teléfonos celulares, internet, televisión satelital o inteligencia artificial. Pero lo cierto es que las mayores investigaciones se han concentrado en perfeccionar la industria armamentística y sus infernales métodos de destrucción masiva. La seguridad ante todo porque desde el espacio nos están observando y nos tienen controlados.
Al ser los primeros en visitar la cara oculta de la Luna, tal vez repitan la hipócrita consigna de «venimos en son de paz en nombre de toda la humanidad». Los piratas cósmicos, sin remordimiento alguno, fueron los primeros en mancillar nuestra adorable y maternal Luna, la Luna de los enamorados, la Luna de los poetas ultrajada por esos monstruos sifilíticos y escleróticos. Pero esta proeza supone también unos peligrosísimos efectos secundarios al salirse de la protección magnética terrestre, que se manifestarán a largo plazo, pues las radiaciones interestelares aumentan el riesgo de cáncer, alteraciones del ADN, cataratas y problemas cardiovasculares.
La prensa mundial alaba la epopeya con titulares como: «ha sido la más grande hazaña de la humanidad», «la historia se dividirá en antes y después de Orión». En primera página se resalta el heroico comportamiento de cuatro cobayas que lograron batir el récord de la mayor distancia espacial alcanzando los 405.000 kilómetros. Pura propaganda muy bien diseñada por las corporaciones mediáticas USA para sublimar el ego imperial.
¿Tal vez los astronautas descubrirán el secreto para erradicar el hambre del planeta o luchar contra las injusticias que padecen millones de seres humanos que no tienen agua ni un techo y mueren como moscas por culpa de las plagas y enfermedades? A ver cómo explicamos que estos astronautas, tras décadas de investigaciones y de derrochar 93.000 millones de dólares, se fueron de safari a nuestro satélite tan solo para hacerle fotos a cráteres y meteoritos. Pero parece que han descubierto un valle verde como en Arkansas y un oasis de agua y hielo.
Debemos reconocer que nuestro planeta se encuentra en uno de los momentos más críticos de toda su existencia: el cambio climático, la extinción de las especies, las selvas desaparecen, los incendios arrasan millones de hectáreas de bosques, la contaminación atmosférica envenena nuestra sangre, los ríos no son más que desagües pestilentes y los mares agonizan cubiertos de plástico y basura. La destrucción que ha sufrido nuestro planeta en el último siglo ha sido devastadora. El capitalismo se ha ensañado sin compasión explotando los recursos naturales e imponiendo un sistema depredador que la condena a muerte. Nuestro planeta azul ya no es azul, sino que se tiñe de un color amarillento y putrefacto.
Seguramente están buscando otros planetas ante el inminente apocalipsis. Con razón tantos cohetitos y transbordadores Challenger o Discovery y estaciones espaciales. Y mírenlos allí enjaulados como pollos que llevan al matadero aguantando ese olor hediondo que expelen.
Ahora EE. UU. repite una vez más que van a aunar esfuerzos para privatizar la Luna, fundar una colonia y posteriormente construir una base de apoyo para el futuro viaje a Marte. Es una promesa que ha hecho Donald Trump como patrón galáctico. No habrá ningún rival que le haga sombra a los piratas galácticos que quieren dominar hasta el último rincón de la Vía Láctea.
No sé cómo van a explicarle a la opinión pública que los astronautas se han ido de vacaciones a la Luna en estos momentos en que el mundo está inmerso en una profunda crisis económica, recesión y guerra. No obstante, China proyecta mandar una misión tripulada a la Luna antes del 2030, la India no se queda atrás e incluso hasta Brasil ya ha lanzado algunos cohetitos al espacio y, en el colmo, Colombia quiere construir su Cabo Cañaveral criollo.
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